La herida de Cassinga

masacre de cassinga 06 El 4 de mayo de 1978 quedó grabado en la memoria del sur de África. Aquel día, el cielo de Cassinga se vistió de gris y pájaros de muerte surcaron el espacio.

No hubo advertencia para la indefensa población refugiada. Tampoco existía escondite seguro para los niños, mujeres y ancianos que habitaban aquel maltrecho campamento. No había armas. No había militares. Solo hermandad. Solo sueños en cuerpos infantiles.

En segundos, la apacible vida del campamento cambió para siempre. Los ojos desorbitados —fuera de sus cuencas— no lograban explicarse el porqué. Solo el miedo. Solo el dolor. Sueños rotos por explosiones. Cuerpos mutilados. Gritos de espanto. Columnas de humo y el tronar de las bombas dieron la señal de auxilio.

A solo 16 kilómetros, los valientes no dudaron. A pecho abierto corrieron en auxilio de aquella gente inocente. Pero la masacre ya era irreversible. Sobre el suelo de cenizas calientes, más de 600 namibios muertos —la mayoría niños y mujeres— quedaron tendidos. Cassinga se convertía así en una herida imborrable.

Los soldados de las compañías 2 y 3 de la defensa antiaérea cubana no tenían orden superior de intervenir. No era su batalla. Pero la dignidad y el altruismo no necesitan órdenes escritas. La orden se la dictó la conciencia: defender a la población civil atacada por aviones enemigos. Rescatar con vida a niños, mujeres y ancianos era más que una consigna: era el grito en los pechos varoniles que se fundieron con el silbido del combate.

Fueron horas de angustia devastadora. Gritos de guerra marcando posiciones certeras de defensa. Una cruenta batalla que costó 16 vidas de valerosos cubanos. Ocho de ellos eran avileños.

Hoy sus cenizas descansan tras los mármoles grises del panteón. Solo físicamente. Porque su grandeza trasciende, su valor se multiplica y labra el camino para que el sacrificio de Cassinga continúe siendo puente entre Cuba y Namibia.

 


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