¿Y qué hubiera hecho Fidel?
Foto: Centro Fidel Castro Ruz
Las voces y los hechos reflejan que la impronta de Fidel Castro Ruz permanece viva, de un modo u otro, en los seguidores de la Revolución cubana y más allá de las fronteras nacionales
Los acontecimientos históricos de relevancia suelen conducir a jornadas de conmemoraciones, sobre todo en aniversarios cerrados. Ahora, en el “Año del centenario del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz”, resulta obvio que en el transcurso de los meses se sucederán los homenajes de diversa índole y alcance.
No me refiero, exclusivamente, a los múltiples eventos que se conciben desde diversas instancias con la intención de evocar la vida, el pensamiento y la obra del líder histórico de la Revolución, aunque pululan los encuentros de carácter científico, la referencia a fechas significativas de su fecunda trayectoria y los testimonios de quienes fueron sus contemporáneos. No faltan, además, actos y concursos, publicación de textos, exposiciones, simposios…
En otros ámbitos, aún más locales o discretos, las voces y los hechos reflejan que la impronta del conductor permanece viva, de un modo u otro, en los seguidores de la Revolución cubana y más allá de las fronteras nacionales, a pesar de los colosales esfuerzos —en el escenario virtual, sobre todo—, para silenciar o desvirtuar lo que a Cuba y la humanidad progresista pertenece como legado esencial.
Pero como obra humana al fin, los homenajes no escapan de formalismos y dislates. Digo los homenajes, los cuales en ocasiones desembocan en la intrascendencia; los que nunca debieron efectuarse; los que, incluso, hacen daño porque conducen a interpretaciones erradas, de la mano de la exageración, el idealismo o el desconocimiento.
Me queda claro que formular acertados acercamientos a una o varias facetas vitales solo puede desembocar en el éxito cuando las valoraciones consideran el tiempo y el espacio histórico en el que trascurrió la existencia del ser social que es cada humano, incluidos los grandes líderes, ninguno de los cuales, dicho sea de paso, ha estado, ni podría estar, exento de equivocaciones.
Así como en reiteradas oportunidades la historiografía nacional cayó en el vacío de mostrar a los padres fundadores —Varela, Luz y Caballero, Céspedes, Agramonte, Martí…—como si fueran dioses o estatuas, hoy atravesamos por la cuerda floja si hacemos dejación de una enseñanza básica: cada cual es hijo de su circunstancia, e insertado en ese tejido, piensa y actúa, jamás como actor infalible; en un complejo, enmarañado entramado en el cual se imbrican lo íntimo y lo social, la política y la economía, el arte y la ciencia, entre otras arterias.
En ese sentido, trasmitir las esencias del ser íntegro que fue nuestro Fidel no puede, ni debe entenderse como una mitificación. De ese modo le estaríamos haciendo un grandísimo favor al descrédito, y por esa vía, a los adversarios de la Revolución y el socialismo.
Ahí están, no obstante, los hechos y los yerros. Visibles estos últimos, entrelíneas, en la descomunal y a un mismo tiempo, bellísima caracterización de los atributos y virtudes que hiciera el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez de su amigo Fidel.
Lee LockwoodEn diálogo con los trabajadores de una fábrica de cemento (1964)
Quizás el más conocido error data del lejano 1970, nombrado en Cuba como el “Año de los 10 millones” en consonancia con el objetivo declarado de alcanzar una de las más grandes zafras en la historia del país, sin que las condiciones de entonces fundamentaran del todo la posibilidad del éxito.
La angustia, y la vergüenza de que aún su pueblo no tuviera conciencia de que la utopía no se confirmaría al término de la molienda, embargaban al jefe cuando el 19 de mayo de aquel año revelaba públicamente que no se cumpliría la elevada meta; en horas de la noche expresaba: “Ahora debo ir, mañana o pasado, a la televisión y explicar todo lo relativo a la zafra. Después lo que quisiera es meterme en el Pico Turquino, qué sé yo, meterme en el cañaveral más apartado, donde más malas sean las condiciones.”
Si se quiere apreciar el impacto de aquel fracaso, habría que volver sobre las líneas del valiente discurso que el siguiente 26 de julio pronunciara el héroe del Moncada, y al que me remito ahora, con el ánimo de ofrecer, mediante fragmentos escogidos, la imagen de un Fidel terrenal, inconforme, pero audaz, en constante diálogo con su pueblo, y que en aquella jornada en la Plaza de la Revolución planteara en la introducción de sus palabras que “…vamos a hablar de nuestros problemas y de nuestras dificultades, y no de nuestros éxitos sino de nuestros reveses.”
“Creo que nosotros, los dirigentes de esta Revolución, hemos costado demasiado caros en el aprendizaje. Y desgraciadamente nuestro problema (…), uno de nuestros más difíciles problemas es precisamente, y en eso estamos pagando una buena herencia, la herencia en primer lugar de nuestra propia ignorancia”.
Jorge Oller “…lo más difícil de cortar caña para nosotros no es cortar caña, sino cortar caña pensando en los problemas”, confesaba en 1970
En otra parte de aquella intervención reconocía que “…no fuimos capaces de librar la batalla simultánea” en otros frentes. Literalmente, el país se concentró en la fundamental, en la heroica meta. La inmensa mayoría de los cuadros políticos y administrativos empuñaron las mochas. Fidel y los ministros del Gobierno Revolucionario formaron parte de la gran ola; una avalancha en la que pudo más la pasión que el raciocinio.
De esas reflexiones, cuando el mal paso torcía o hacía más lenta la marcha, resulta fecunda la biografía de nuestro Fidel. No haría falta una búsqueda con lupa para encontrar su ejercicio crítico ante disímiles tropiezos, y, precisamente, porque de tales muestras nunca puede prescindir una revolución verdadera es que abogo por que se expongan con transparencia en ámbitos como las escuelas y barrios.
Es que siempre será mil veces preferible ofrecer a los receptores, y muy especialmente a las nuevas generaciones, la imagen de un Fidel gigante en su humildad, capaz de encabezar a las masas cuando La Habana parecía a punto de reventar con las manifestaciones antisociales del 5 de agosto de 1994, o de cuestionarse la supervivencia de la Revolución por causa de los errores internos, como lo manifestara en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, el 17 de noviembre de 2005:
“¿Puede ser o no irreversible un proceso revolucionario?, ¿cuáles serían las ideas o el grado de conciencia que harían imposible la reversión de un proceso revolucionario? Cuando los que fueron de los primeros, los veteranos, vayan desapareciendo y dando lugar a nuevas generaciones de líderes, ¿qué hacer y cómo hacerlo? Si nosotros, al fin y al cabo, hemos sido testigos de muchos errores, y ni cuenta nos dimos.
“Es tremendo el poder que tiene un dirigente cuando goza de la confianza de las masas, cuando confían en su capacidad. Son terribles las consecuencias de un error de los que más autoridad tienen, y eso ha pasado más de una vez en los procesos revolucionarios”.
Momentos antes, el autor de La historia me absolverá exponía a los presentes una conclusión personal: “entre los muchos errores que hemos cometido todos, el más importante error era creer que alguien sabía de socialismo, o que alguien sabía de cómo se construye el socialismo”.
Cuando el 3 de enero de este año, amanecimos con la terrible noticia de la agresión a la hermana Venezuela, el ciudadano común de este país se hizo más de una pregunta sobre las interioridades de aquel momento.
En mi caso, como muchísimos compatriotas, me asaltó la interrogante que encabeza estas líneas: ¿Y qué hubiera hecho Fidel? La respuesta no está en la obra de un infalible gurú, pero sí en los saberes de un coloso que también aprendía con los yerros propios y ajenos, el hombre que nos acompaña siempre, incluso, en los días y las noches con abundancia de nubarrones.