Cultivar el propio jardín
Fotos: Damián
El mundo no mejora solo, cultivar el propio jardín es, a la vez, acto de resistencia, filosofía de vida y gesto de amor al prójimo.
“Il faut cultiver notre jardin”.
— Voltaire, Cándido o el optimismo (1759)
Al filósofo Pangloss, el eterno maestro de Cándido, le habría bastado una tarde en casa de Ania Escolona Martínez para replantearse su célebre convicción de que todo marcha bien en el mejor de los mundos posibles.
No porque en este rincón del Consejo Popular Alfredo Gutiérrez Lugones, en Ciego de Ávila, las cosas marchen tan mal, sino porque aquí se ha descubierto algo más profundo: que el mundo no mejora solo, y que cultivar el propio jardín es, a la vez, acto de resistencia, filosofía de vida y gesto de amor al prójimo.
— Yo no tengo terreno —dice Ania con la misma calma con que una planta anuncia que va a crecer en la grieta de un muro—. Pero eso no significa que no pueda sembrar.
Y la frase no es bravata: es botánica aplicada. En su portal, en su patio, en cada recoveco útil de su vivienda, Ania ha dispuesto un ejército silencioso de pomos plásticos, latas, cacharras y recipientes rescatados del olvido.
En ellos germinan la berenjena, el cilantro, el romero, el ají cachucha, el jengibre, la cúrcuma longa, el tomate, el perejil. En vasos con agua, sin más tierra que la esperanza, brotan ya la remolacha y la zanahoria, aguardando los diez días que les tomarán estar listas para trasplantarse al pequeño solarcito vecino, donde también espera, paciente, la papa.
Nacer en una finca, aprender el mundo
Como el joven Cándido, Ania fue expulsada de su paraíso original. Nació en una finca de Holguín y durante dieciocho años aprendió que la tierra habla si uno sabe escucharla. Luego estudió agronomía a nivel técnico medio, y con esa doble herencia —la de la vivencia y la del aula— llegó a esta ciudad, a este barrio, a esta circunscripción 33, donde no hay parcela que le pertenezca, pero sí el conocimiento de que en cualquier recipiente puede comenzar la vida.
— La zanahoria no necesita tierra para empezar —explica, mostrando un vaso donde la base de la hortaliza flota apenas sobre el agua—. Recortas las hojas a cuatro dedos de la raíz, llenas el recipiente de manera que el agua no tape donde nacen las hojas, y en unos días ya ves cómo brotan. Esas hojas nuevas son altas en vitaminas C, K y E. No se desperdicia nada.
La escena recuerda al capítulo final de Cándido, cuando el protagonista, tras haber recorrido el mundo y acumulado todas las desgracias que la historia puede inventar, encuentra al fin su refugio en una pequeña granja turca. Allí, el anciano con quien dialoga le revela que el trabajo aleja tres grandes males: el aburrimiento, el vicio y la necesidad.
Ania no necesitó leer a Voltaire para llegar a la misma conclusión, aunque sus manos, siempre en movimiento entre recipientes y semillas, serían para el filósofo francés la demostración más elocuente de su tesis.
El insecticida de la abuela y la ciencia del pueblo

Pero Ania no se detiene en la siembra. Con la misma naturalidad con que un maestro dicta una fórmula, comparte su receta para el insecticida casero: medio vasito de ceniza, medio de borra de café y media cucharadita de canela en doce litros de agua. Nada de química industrial, nada que no esté al alcance de cualquier vecino. La solución huele a cocina y suena a sabiduría acumulada en generaciones.
Y después está el jugo. Coge las hojas de remolacha y de zanahoria, las lava, las pasa por agua caliente con bicarbonato, las lleva a la batidora junto al perejil o al limón, las cuela, las endulza con miel —nunca azúcar— y se toma un vaso en ayunas cada mañana. “Eso es lo que hay que tomar al día”, dice con la autoridad de quien conoce su cuerpo y su huerta como dos territorios del mismo mapa.
“Voltaire habría visto en ella a una de esas almas prácticas que no malgastan el tiempo en debates metafísicos sobre si este es el mejor mundo posible, sino que se dedican, sencillamente, a mejorarlo con sus propias manos”.
La filósofa de la circunscripción 33 no discute si el optimismo es una doctrina sostenible: planta la cúrcuma, prepara el insecticida, y en ese gesto cotidiano reside toda su metafísica.
Cultivar también es rellenar los huecos

La huerta de Ania no termina en su patio. Con la misma lógica con que aprovecha cada recipiente disponible para crear vida, también rellena los huecos de la calle frente a su casa.
“Necesitamos buscar medidas alternativas para poder vivir en una sociedad más bonita, más justa”, explica, y la frase resuena como un eco de aquel final de Cándido donde la pequeña comunidad descubre que solo la labor compartida, el trabajo concreto sobre la tierra concreta que uno habita, puede construir algo parecido a la felicidad.
Cuando la producción crezca —y Ania no duda de que crecerá— piensa vender los excedentes. No porque el dinero sea el fin, sino porque “también hay que aportar”.
La lógica comunitaria que atraviesa cada una de sus decisiones es antigua y nueva al mismo tiempo: lo que produce en exceso no se acumula, se comparte. Lo que sobra en conocimiento, se enseña. Lo que falta en el barrio, se repone.
Martin, el pesimista compañero de Cándido, habría sostenido que nada de esto cambia el orden profundo del mundo. Quizás tenga razón. Pero mientras los filósofos debaten, Ania Escolona Martínez trasplanta la berenjena, comparte la cúrcuma con la vecina que la necesita para el dolor articular y anuncia, sin grandilocuencia, que el solarcito ya tiene sitio para la papa.
El filósofo de Ferney escribió, en 1759, su consejo para la humanidad entera: hay que cultivar nuestro jardín. Dos siglos y pico después, en una circunscripción de Ciego de Ávila, una mujer que nació en una finca de Holguín lo practica cada mañana, en pomos plásticos, en latas, en la memoria viva de sus manos. Y lo que cultiva no solo crece hacia arriba: crece hacia los demás.
Nota literaria: Cándido o el optimismo es la novela filosófica más célebre de Voltaire (François-Marie Arouet, 1694‑1778), publicada en 1759. En su capítulo final, el protagonista y sus compañeros, tras haber sufrido todas las calamidades imaginables, encuentran la serenidad en el trabajo de una pequeña granja. La frase conclusiva —“il faut cultiver notre jardin”— se ha convertido en uno de los aforismos más citados de la literatura universal, síntesis del pragmatismo ilustrado frente a la especulación metafísica.