“Con el carbón nada es fácil”
Fotos: Michel Guerra
Si me hubiesen dicho que tendría que encender carbón con frecuencia para cocinar, no lo creería. Cuando pequeño, ese acto se reservaba para una ocasión especial, por lo general, fin de año. En esas fiestas, quien tuviera las mejores habilidades en la cocina era el designado para ello
Si me hubiesen dicho que tendría que encender carbón con frecuencia para cocinar, no lo creería. Cuando pequeño, ese acto se reservaba para una ocasión especial, por lo general, fin de año. En esas fiestas, quien tuviera las mejores habilidades en la cocina era el designado para ello.
No tenía la menor idea de cómo este material terminaba siendo el responsable de la cocción de los alimentos. Por eso, cuando pude conversar con este hombre, no dejé pasar la oportunidad.
Su nombre es Maximiliano Estrella Martínez y, al extenderme la mano, todavía tiene impregnado el rastro de su oficio.
Es productor agropecuario independiente, asociado a la Cooperativa de Créditos y Servicio (CCS) José Antonio Echeverría, y se dedica a la producción de carbón vegetal de marabú con destino a la exportación y al consumo nacional.
Esa es solo la definición técnica, la historia empieza mucho antes, y en un punto donde nadie imaginaría verlo.
“Realmente soy ingeniero en química” me dice, sin el menor asomo de ironía
Trabajó en el puerto de Palo Alto, en el Central Venezuela, en la Empresa Eléctrica como especialista de calidad, administró la fábrica de conservas La Trocha.
Viene de espacios más limpios, responsabilidades técnicas, oficinas. Hoy, en cambio, habla mientras el polvo fino del carbón se levanta en el almacén y se posa en la ropa, en el cabello, en la piel.
“Esto es un proceso igual que otro cualquiera” explica.
Para un ingeniero en química, todos los procesos son iguales. Lo dice convencido, pero el contraste es inevitable: de controlar parámetros industriales a velar hornos de carbón a la intemperie hay un buen trecho.
Maximiliano no heredó el oficio, llegó a él por necesidad y por decisión. Las circunstancias lo empujaron a buscar otra alternativa para sostener a su familia. Fue en el barrio La Caoba, en el municipio avileño de Venezuela, donde comenzó todo. Entre marabú y monte cerrado, aprendió lo que no enseñan en la universidad.
“Yo de esto no sabía nada” confiesa
Lo primero que hizo fue cortar marabú con quienes conocían el oficio, después, armar hornos. El marabú no es dócil: tiene espinas, se enreda, resiste, picarlo es apenas el comienzo.
Para levantar un horno que produzca 46 o 50 sacos de carbón, cada palo debe tener una medida similar; las curvas se corrigen a golpe de hacha.
“Yo pasé días enteros dando hacha desde por la mañana hasta las seis de la tarde, y por la noche, cuando lo enciendes, tienes que velarlo”, recuerda.
Velar el horno significa no dormir. Vigilar que la combustión sea la correcta, que no entre demasiado oxígeno, que no se arruine la hornada. Después viene recogerlo bajo el sol, cargarlo, transportarlo por caminos alejados.
“En el carbón no es fácil nada”, sentencia, y no parece exagerar.
Con el tiempo, entendió que no bastaba con producir. Había que agregar valor y ahí entra un término clave: el beneficio del carbón.
El beneficio es el proceso de clasificación y acondicionamiento del carbón para cumplir los estándares. Implica zarandearlo para separar el polvo y las piezas pequeñas, seleccionar los trozos según diámetro y longitud, eliminar impurezas, verificar que no tenga humedad, pesarlo correctamente y coser los sacos bajo estrictas normas.
Es, en esencia, convertir un producto rústico en una mercancía certificada.

“Esa máquina la hicimos nosotros” dice, señalando una estructura metálica que no tiene nada de improvisada.
La diseñó junto a su suegro. Buscaron referencias, estudiaron modelos, la modificaron varias veces hasta ajustarla a las exigencias del cliente. Hoy puede procesar un contenedor en apenas dos o tres días. El resto del mes, presta servicios a otros productores que no cuentan con infraestructura propia.
El almacén donde opera no es al azar. Está en una antigua instalación arrendada a la industria alimentaria: elevado, con muelle a la altura del contenedor, protegido de la lluvia y del robo.
Gracias a su vínculo con la Unidad Empresarial de Base avileña de Frutas Selectas, el carbón que pasa por sus manos viaja a España y Portugal.
Antes, se somete a análisis de laboratorio: contenido de ceniza, humedad, granulometría, tamaño, color negro brillante, sonido seco al golpearlo.
“El cliente final vino aquí —cuenta con orgullo— y vio la calidad de los contenedores que le llegaban allá”.
Este ingeniero químico que un día administró fábricas ahora sonríe porque su carbón se dispersa por la península ibérica.
En esta historia está implícita su familia. Su suegro, su esposa, su mamá —que llegó a cuidar carbón en el patio de su casa—, el hijastro. Todos han puesto algo: trabajo, recursos, confianza. Empezaron desde abajo literalmente, doblados picando marabú.
“El sacrificio más grande fue dejar de trabajar en los lugares bonitos —admite— y dedicarme a este, donde siempre ando sucio y tiznado”.
Se mira las manos y sonríe. La satisfacción, dice, no es solo económica. Es ver el crecimiento, la consolidación, la posibilidad de exportar. “Nunca pensamos llegar tan lejos”.
Cuando le pregunto qué aconsejaría a los jóvenes, vuelve a su esencia de ingeniero: información. Estudiar, investigar, preguntar, no lanzarse a ciegas. Habla de normativas, de imprimir documentos, de conversar con especialistas para debatir cada detalle.
“La desinformación siempre ha sido enemiga de los pueblos”, afirma con una convicción que va más allá del carbón.
Al despedirme, observo cómo supervisa el llenado de un saco. Lo golpea ligeramente: escucha el sonido seco que confirma su calidad. Parece un gesto simple, pero detrás hay años de hacha, sol, y polvo.
Entiendo entonces que el carbón que hoy enciendo en mi patio no es solo un combustible. Es el resultado de espinas, de hornos vigilados bajo la oscuridad, de manos curtidas, de cálculos técnicos.
Desde aquel día, cada vez que veo carbón —en un saco, en una hornilla, en la brasa roja que anuncia la comida— pienso en el ingeniero químico que cambió oficinas por tizne.
Pienso en el hombre que aprendió a convertir monte en exportación, y en cómo, detrás de cada chispa, arde también la historia de quien decidió ensuciarse las manos para que otros puedan encender el fuego.
