A naufragar se sobrevive. Bien sabemos los cubanos, hijos de este caimán dormido rodeado de mar. En términos náuticos, la deriva es un desvío del rumbo por efecto del viento, de la corriente, del mar.
En tierra firme, lo que hoy pretende desviarnos son otros obstáculos. Hemos renunciado durante un tiempo más o menos largo a motivaciones normales para actuar en consecuencia con lo que nos toca vivir, sin dejarnos ahogar por lo difícil de los tiempos.
De ese tipo de naufragios también sabe el colectivo de Caminos Teatro, que recientemente culminó una temporada de la obra Náufragos perteneciente a su repertorio, en el Teatro Principal avileño.
El mejor escenario es el de un buen teatro, pero la compañía que dirige Juan Germán Jones Pedroso se sobrepone a la ausencia de circunstancias ideales.
No fue un estreno. Esta obra —con sus modificaciones a lo interno— lleva par de años navegando por instituciones culturales del territorio, como la Sala Teatro Abdala, la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) y la Asociación Hermanos Saíz (AHS), en la Casa del Joven Creador.
Ser una puesta de pequeño formato le permite adaptarse a diferentes espacios. Llegar al anhelado coloso de grandes acontecimientos en su Aniversario 99 la convierte por sí sola en un acierto.
El público avileño necesita propuestas que permitan usar el mejor traje. Lo anterior significa cualquier prenda elegante de poco uso que permanece empolvada en el armario por falta de ocasiones. El avileño necesita propuestas culturales por las que valga la pena salir de casa, o asistir incluso después de un extenuante día de trabajo.
La representación en cuestión, que transcurre entre las paredes de una misma casa que puede ser Cuba, tiene como tema medular la emigración, defendida por personajes desde posturas diferentes.
También lleva a escena la realidad de familias desde una visión actual, así como la cotidianidad de jóvenes tras culminar la universidad.
Se aprecia sobre las tablas una escenografía sencilla que se siente íntima: una mesa con flores, sillas, una mochila, fotografías a modo de recuerdo, y tazas de café. En el desarrollo de la trama, los personajes presentan una serie de conflictos que terminan atrapando al espectador y haciéndolo participe de los dilemas.
Encomiable el desempeño de las actrices Alina Betancourt, Yanelis Velázquez y Beatriz Rodríguez, quienes durante los 59 minutos que dura la entrega, dan todo de sí, transitando intensos estados emocionales a la vez que permanecen en escena.
Destaca en Náufragos la organicidad que se presenta sobre el escenario. Quizás porque a muchos nos ha tocado decir adiós y ver partir de la isla que lo vio nacer a algún familiar o ser querido.
“Las despedidas siempre serán más amargas que el café, son un dolor que nunca abandona el pecho”, sentencia un fragmento del texto
Las actrices funcionan como una unidad independiente en el ensamblaje que supone la obra en su conjunto. Cada una, desde su respectivo personaje, lo defiende mediante diversos recursos: poniéndole peso a la gestualidad, las expresiones, y sellando con sus emociones la fuerza y coherencia de los parlamentos.
Romper la cuarta pared para bajar la carga dramática de una puesta en escena emocionalmente fuerte, debido a que evoca al recuerdo, a la nostalgia por los que han sido parte de nuestras vidas y ya no están en Cuba, es otro de los aciertos por parte del director.
En lo que la tensión baja las emociones que afloran, se propone un diálogo interno que lleva a reflexionar sobre las causas actuales de que esos vínculos estén separados por el océano.
La emigración es un catálogo infinito de causas donde caben tanto el vértigo del amor, como la certeza de que el presente no puede esperar.
Está quien huye de una sombra con forma de violencia, la familia que levanta un mapa con puntos suspensivos mientras espera una visa para volverse a abrazar, y el que simplemente un día echó a andar.
Al final, todas las rutas se resumen en lo mismo: un pie en el umbral de la incertidumbre, mientras lleva en la maleta la esperanza de sobrevivir.
“Los que se van no dejan de ser buenos porque se van, ni están perdidos, ni tienen la mirada débil o deslumbrada”. Expresiones como estas recaen sobre los jóvenes que “se han ido".
Honrar la vida pieza clásica del cancionero latinoamericano, popularizada por la emblemática Mercedes Sosa, funciona en la obra como el contrapunto musical que une a los que parten y a los que se quedan.
Para el emigrante que busca un futuro mejor, la canción es un manifiesto que diferencia el mero acto de “transcurrir” —en tierra ajena— del de construir con dedicación una existencia que merezca llamarse vida.
La melodía no se queda en el que cruza la frontera, envuelve también a los que permanecen, a aquellos que eligen honrar la vida desde el suelo que los vio nacer, empujando con sus manos el país que otros dejaron.
Cuando esta canción atraviesa la escena, lo que suena es la misma dignidad dividida en dos orillas: la de quien se va con la esperanza de empezar de nuevo antes de que sea tarde, y la de quien se queda con la convicción de que la tierra propia también merece su futuro.
Esta temporada de Náufragos tuvo una pequeña particularidad de éxito. Lejos de ir disminuyendo la afluencia de público al teatro, aumentaba discretamente por presentación cada fin de semana.
Podría decir que fue resultado de la difusión que se le realizó a las presentaciones por los medios de comunicación avileños, pero es una verdad a medias.
Lo que posibilitó este resultado, digno de reconocimiento y admiración, fue el compromiso irrenunciable del grupo a presentarse a pesar de que no hubiera corriente.
Hasta el último campanazo que indicaba el inicio de cada función, el equipo buscaba alternativas a los problemas que supone la actual situación electroenegética, y exigiéndose el doble para entregar una propuesta escénica con la mayor calidad artística.
Eso no fue resistencia, es voluntad, y de la que hacen falta que en todos los caminos
Naufragar, nos recuerda esta obra, no es el fin de la vida. Es, si acaso, el temor momentáneo antes de aprender a nadar en aguas que no se eligieron.
Asistir al teatro hoy es casi ritual. Entrar en la sala es permitirse limpiar el alma con la certeza de que afuera quedan los problemas de casa, pero adentro todavía es posible encontrarse con uno mismo, con el otro, con eso que llamamos humanidad.
La concluida temporada de Caminos Teatro fue un recordatorio de que el arte, cuando se hace con el oficio y la entrega de Caminos Teatro, es un lujo que no necesita electricidad para encendernos la emoción.
El público avileño, que respondió con esa fidelidad discreta, sabe que propuestas así no abundan. Por eso estaremos pendientes a los próximos pasos de este colectivo, atentos a cada nueva travesía que decidan emprender sobre las tablas.
Que sigan regalándonos momentos donde nos devuelvan la certeza en el diálogo, que sigan honrando la vida desde este lado del mar, con la misma lealtad que se han mostrado a sí mismos para que la función continúe.
Si algo dejó claro Náufragos es que, mientras haya un teatro dispuesto a abrir sus puertas y una compañía que trabaje para estar allí, el alma de los avileños tendrá todavía un puerto seguro donde anclar su fe.