Domingo, 23 de septiembre de 2018 4:24 AM

Hasta la última bala

—Tony, Tony, ahí vienen varios camiones llenos de soldados— gritó nerviosa Xiomara O’Hallorans. Antonio Guiteras Holmes saltó de la hamaca donde descansaba y ordenó concentrarse en el piso de abajo.

Se notaba el desconcierto en los semblantes de los combatientes ocultos en El Morrillo, Matanzas, en espera de salir hacia México para preparar una expedición armada con el fin de regresar a Cuba y lograr la verdadera independencia mediante la lucha guerrillera.

La voz del venezolano Carlos Aponte Hernández, veterano de la guerra sandinista contra la invasión yanqui, retumbó y entonces la calma regresó por unos instantes:

—Vámonos para el monte, en aquel cerro podemos hacernos fuertes.

Guiteras aceptó. Por una puerta lateral lograron salir. Las tropas del Ejército avanzaban en zafarrancho de combate. Aponte y Paulino marchaban a la vanguardia. El venezolano comprendió que los habían traicionado. Murmuró: “Nos han vendido como sacos de café”.

Caminaban en fila india. Guiteras era el último. Aponte, siempre atento a la seguridad personal del máximo dirigente de la Joven Cuba, le dijo a Paulino: “Vamos a llevarnos al compái”, y retrocedieron en busca de Tony.

Las primeras ráfagas, las cercas de piedra y los obstáculos de la naturaleza fueron dispersando al grupo. Guiteras, acompañado de Paulino y Aponte, continuó con la intención de burlar el cerco; los demás cayeron en manos de los uniformados con excepción de Alberto Sánchez, José Urquidi y el Chino Ramos.

“A lo lejos los soldados rompían fuego —narró Paulino. Nosotros seguimos por dentro de la maleza caminando. Cruzamos varias cercas de piedras. Guiteras iba cansado. Yo tomé su ametralladora y seguimos por la orilla del río hasta llegar a una especie de caseta o rancho de pescadores. Como a unos cuarenta metros antes de llegar se nos incorporó Felo Crespo. Aponte nos dijo: “Espérenme aquí que voy a buscar un baqueano (práctico)”.

En el centro del río había un bote al que desde la loma le hacían fuego. Yo me adelanté unos pasos. Vi a Aponte que discutía con varias personas y tomando de un hombre por un brazo lo encaminó hacia donde yo estaba” (1).

¿Quiénes eran aquellas personas que por azar del destino fueron testigos de un relevante episodio de la Historia de Cuba?

Se llamaban José Gallardo y Octavio Domínguez. Ese día, con la ayuda de sus hijos, cortaban la maleza para levantar un bohío y veranear como hacían todos los años. En un relato de los hechos Octavio dijo:

“…al amanecer llegaron mi hijo Jorge Octavio Domínguez y el señor Rogelio Gallardo, hijo de mi amigo. Este último vino en un bote y trajo con él a varios hijos y sobrinos suyos, de los cuales el mayor no tenía diez años. Casi al mismo tiempo comenzamos a escuchar los disparos. Al principio creíamos que eran cazadores o marineros que tiraban al blanco, pero pronto nos desengañamos advirtiendo que algo anormal ocurría porque pudimos percibir claramente el tableteo de las ametralladoras. En el medio del río Fermín Sangra y su primo Guillermo Fernández gritaban llamado a “Mandarria” —pseudónimo con que era conocido el marinero Felipe Bayote, encargado de la custodia de El Morrillo—, ya que habían sido heridos ambos. Con gran dificultad lograron arrimar el bote hacia el lugar donde estábamos nosotros. Con tiras de nuestras camisas les improvisamos vendajes y los curamos de primera intención.

“Estando en esa faena vimos descender por un camino, que los pescadores de aquel lugar denominaban Chinchorreros, a cuatro hombres […] Guiteras se sentó en una piedra como a unos 25 o 30 metros de donde yo estaba. Aponte y Paulino Pérez Blanco se separaron y se dirigieron hacia nosotros. Paulino se quedó un poco atrás y Aponte con un revólver en la mano, y en actitud un poco violenta, me dijo que lo acompañara, ya que necesitaba un práctico.

“Mi hijo Cuso —nombre con que conocemos a Jorge Octavio Domínguez— vino entonces con un machete en la mano, el mismo con el que estaba desmontando la maleza[…] Sacando un permiso ya que creyó que eran autoridades [y] fue a decirle que nosotros estábamos autorizados para estar allí. Aponte le respondió: ‘Eso no me interesa. Usted es el que me tiene que sacar de aquí’, y tomándole por el brazo salió caminando con él en dirección hacia donde estaba Paulino Pérez Blanco” (2).

Sin otra opción, el campesino obedeció. Apenas caminaron unos pasos y Paulino descubrió la presencia del enemigo: “Ahí están, pero espera, los voy a parar”, le dijo a su jefe y se atrincheró detrás de una cerca de piedra y enseguida salió una ráfaga larga de su ametralladora. Los soldados respondieron. El tableteo de las armas era ensordecedor. El cabo Marcelo Man fue abatido por un certero disparo de Aponte.

El fuego se generalizó. Aponte y Guiteras se ubicaron en lo alto de la cañada. Se aprestaron a pelear hasta la última bala.

“Compái, antes de rendirnos nos morimos”, dijo Aponte y apretó el gatillo de la ametralladora.

“Nos morimos”, reafirmó Guiteras. Y cuando cambiaba el peine de su pistola una bala le atravesó el corazón, una hizo impacto en la cabeza de Aponte y otra penetró en su costado. La vida se escapó en segundos. Los soldados continuaron disparando durante unos quince minutos. Con precaución se levantaron de sus posiciones y se acercaron a donde estaban los cadáveres.

Crespo, en el fondo de la cañada, revisó su arma que se le había encasquillado y gritó a Paulino: “¡Han matado a Guiteras!”.

Retratos de Aponte y GuiterasLos restos de los dos combatientes fueron sustraídos del cementerio matancero por José María García, un admirador de Guiteras, en el año 1937. Tras una exhaustiva investigación, en 1970 fueron hallados los restos escondidos tras una pared falsa, en dos cajas de zinc, de una vivienda del barrio de Pogolotti, en Marianao, Ciudad de La HabanaSin misericordia, los soldados arrastraron los cuerpos por un camino lleno de piedras y malezas hasta el río, distante a más de trescientos metros. Allí, Crespo, que había sido capturado, reconoció los cadáveres. El sargento Cintado, jefe de los soldados que causaron la muerte de los dos combatientes, registró y se apropió los pocos objetos de valor que poseía Guiteras.

“Después que bajaron el cadáver de Guiteras, varios soldados bajaron los cadáveres de Aponte y el cabo Man —relató Jorge Octavio Domínguez. En el bote de Sangra colocaron los cadáveres de los dos primeros. En el bote del hijo del señor Rogelio Gallardo colocaron el del cabo Man. Como este bote era de motor nos dio remolque hasta El Morrillo. Yo fui con los cadáveres de Guiteras y Aponte y los heridos Sangra y Guillermo Fernández hasta aquel lugar. Allí los desembarcaron. Vi a varias personas presas. Los cadáveres tendidos en la playa fueron una vez más reconocidos por los prisioneros” (3).

En el castillo, el comandante Basilio Guerra Molina increpó a los soldados por haber traído prisioneros, ordenó amarrarlos y conducirlos al monte para ejecutarlos. Mas la fuerte oposición de un capitán impidió el crimen. Los detenidos, antes de ser trasladados, observaron una escena repugnante: el chofer del capitán Carmelo González, el soldado Manuel Fuego Gómez, cerró aquella escena de dolor con una acción alevosa. El día anterior había conducido en un Ford al líder de Joven Cuba hasta Matanzas. Ahora se dirigía al bote en que condujeron los restos de los revolucionarios y mojándose las manos en el agua mezclada con sangre, expresó en tono burlón: “Déjenme lavarme las manos aquí”.

Fuentes:

1-Bohemia, 18 de agosto de 1946.

2-Ídem.

3- Ídem.


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