Miércoles, 24 de abril de 2019 6:01 AM

Patrañas contra el Titán de Bronce

antonio maceobohemia.cu Difícil, para no calificar de imposible, debió resultar para el pensamiento de los colonialistas españoles, militares y políticos, sobre todo, el hecho de que Antonio Maceo Grajales, un hombre negro, sin formación académica, venciera a oficiales de vasta experiencia, a tropas bien armadas, con entrenamiento y suficiente alimentación. Aquello parecía absurdo. No estaba en la lógica de los manuales, escritos por eruditos.

Ya que no podían derrotarlo en los campos de batalla, trataron de disminuir sus éxitos mediante campañas difamatorias. Una de las incontables falacias relataba un hecho que, supuestamente, había ocurrido en Ciego de Ávila y fue narrada por un hispano residente en Argentina, quien pidió el anonimato. Reproducida por Rafael Guerrero en su obra Crónica de la guerra de Cuba (Barcelona, 1896) bajo el título de “Antecedentes de Maceo”; la historia del veterano español decía:

“Cuando se apresó el Virginius yo estaba en Santiago de Cuba—dice nuestro compatriota—siendo ayudante de campo del general brigadier Ampudia. Se me confió una comisión reservada, partiendo á bordo del vapor de guerra Isabel la Católica con oficios para Puerto Padre, de cuyo punto tuve que pasar escoltado por fuerzas del batallón de infantería de Asturias á Gibara, á fin de encontrarme con la columna que mandaba el coronel Esponda, y no encontrándole en ese puerto, salí á marchas forzadas hasta Holguín.

“Entregados les pliegos, se vino en conocimiento, que en el punto denominado Paso del Aura, estaban los filibusteros mandados por Pancho Varona, el guerrillero Sanguilí (sic) y Vicente Gómez (éste último mulato).

“El tal general MACEO ERA EL SIRVIENTE QUE TENÍA GÓMEZ.

“Puesta la columna del coronel Esponda en movimiento, sorprendimos en la madrugada los bohíos del enemigo, tomando prisionero á Maceo, el cual nos 'prometió entregar á su amo Vicente Gómez, con tal de que no lo fusilasen y, en efecto, se convirtió en Judas‘."

EL RUMOR SE EXTIENDE

Maceo nunca sirvió a las órdenes de ningún Vicente Gómez, nombre, al parecer, inexistente en la nómina de altos oficiales del Ejército Libertador.

Pero el imaginativo testimoniante no terminó allí su ignominia. Cuenta que pasado un tiempo se trasladó hacia la trocha de Júcaro a Morón. Bajo las órdenes del comandante Tizón, jefe de una guerrilla, exploraba los contornos de la fortaleza militar cuando conoció que, a ocho kilómetros del poblado de Ciego de Ávila, acampaba una fuerza insurrecta.

“A marchas forzadas salimos y copamos el campamento, pues los mambises no tenían escapada posible por los fuertes y fortines bien dotados y municionados.”

¿Sabe el lector a quién encontró el activo oficial?, pues a Maceo otra vez. Y nuevamente lo capturaron junto a dos de sus hermanas, “una de ellas con dos negritos y la otra con uno, hijos de la manigua”.

El Maceo de ficción, manso, traidor, no dudó en delatar la posición de sus compañeros de lucha, según el libelo.

“Estando la tropa para hacer el rancho, se recibió un propio con oficios del Exmo. Sr. brigadier don Pablo Beylo, pidiendo la inmediata incorporación de nuestra columna por estar reunido en gran número el enemigo en el arroyo de Caimán, y como el práctico de primera clase de nuestra columna se hallaba gravemente herido y otro de segunda no conocía bien el terreno, tuvimos algunos momentos indecisos, pero tenemos que agradecer al general Maceo su ofrecimiento de servirnos él de práctico, lo cual cumplió tan exactamente que, bajo promesa de liberad con sus dos oscuras hermanas y no menos oscuros sobrinitos (…)”

El desenlace, negativo para los mambises, como era costumbre en los partes de guerra y comunicaciones oficiales:

“Fué cosa de media hora lo que tardó nuestra bizarra columna en apoderarse de machetes, caballos y 255 prisioneros, fuera de los muertos que no pudieron retirar.”

Remataba el texto con otro dardo al decir que Maceo aspiraba a ser Presidente de la República de Cuba, una vez obtenida la independencia.

Artículos similares abundaban en la prensa hispana. Formaban parte de la guerra mediática de entonces. Y no solo tenían en la mira al lector europeo y cubano. Así lo demuestra el cierre de la crónica glosada: “¡Y estos son los hombres que tanta simpatía despiertan en la gran república norteamericana!"


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