Jueves, 24 de mayo de 2018 2:06 AM

Maestra de aulas improvisadas

Desde hace trece años a Ana María Hernández Fernández resulta imposible seguirle el rastro. Cuando explica que es maestra, pareciera quedar resuelto el asunto con tan solo llegar hasta la escuela avileña donde se supone imparta sus clases. Mas un simple adjetivo —ambulante—, no solo desdibuja la idea de fijarle en sitio exacto, sino que explica mucho de las aulas improvisadas en salas, cuartos y cocinas, y de las tantas familias, no consanguíneas, de las que ya se considera un miembro más.

Aunque sus inicios en la Enseñanza Especial hablan del lugar donde habitualmente se encontraría un educador, un pequeño cambio en la hoja de ruta la llevó a escribir otro capítulo en la historia de su vida profesional. Entonces, durante cuatro años, perdió la cuenta de sus visitas al Hospital General Provincial Docente Doctor Antonio Luaces Iraola y no porque tuviera que tratarse una dolencia ni asistir a un familiar enfermo. Del verdadero motivo de su ir y venir dan fe los médicos y enfermeras que, en más de una oportunidad, actuaron como sus cómplices, pues si bien casi nada conocía ella de medicina, lo que sí sabía hacer era evitar que los pequeños pacientes enfermaran de ignorancia.

Luego vino, probablemente, la etapa más difícil en sus días de maestra, pero no por ello tiene que detenerse a pensar para reconocerla como la mejor de todas. Poco importa a Ana María que tres veces por semana, como mínimo, tenga que salir con láminas y libros en mano a tocar las puertas de sus alumnos, aunque eso signifique ir de un extremo a otro de la ciudad, que sus estudiantes no aprendan al ritmo de otros o que, tal vez, convenga volver en otra ocasión, puesto que para esta resultó oportuna la terapia ocupacional y la clase, en cambio, debe esperar.

Dice que nada le aterra más que las cámaras y los micrófonos, y respira aliviada al escuchar que vengo del periódico. Aun así, le pone nerviosa someterse a una entrevista; por eso, al narrar sus vivencias en la atención ambulatoria, prefiere que sean su alumna Naila de la Caridad Pérez Terry y su madre Olga Lidia quienes le acompañen, pues, a fin de cuentas, en lo que tiene para contar también hay mucho de ellas.

De los 14 niños que Ana María ha enseñado a lo largo de 13 años, quizás sea Naila a la que mejor conoce por el tiempo que llevan juntas. Cuenta la profesora que llegó a la casa de los Pérez Terry cuando, por prescripción médica, les indicaron a los padres que su hija de cinco años no podría asistir a la escuela, al padecer Síndrome de Waardenburg, una enfermedad genética que provoca trastornos de tipo estructural y pigmentario.

“Cuando el médico dijo que mi niña no iría a la escuela me derrumbé. A los pocos días, Ana María se presentó en la casa como la maestra de Naila y empezamos a conocernos. Han pasado cinco años y si de algo le voy a estar eternamente agradecida es de poder ver hoy como mi hija escribe su nombre, algo que nunca imaginé”, rememora Olga Lidia.

inter maestra ambulanteAlejandro GarcíaAl término de cada clase Naila estampa en la libreta su nombre como recuerdo de uno de los mayores logros de su maestra.

Para la madre resulta imposible mencionar algo que la maestra no se haya propuesto con su pequeña sin haberlo cumplido, como tampoco ha podido descifrar el secreto de tanta complicidad entre ambas. Solo sabe que Ana María siempre encuentra la manera de darle la vuelta a los encuentros para lograr su propósito, aunque ello signifique dejar a un lado las libretas y consentir que Naila le rehaga su peinado y su arreglo de uñas.

La lista de retos a enfrentar cuando se educa de manera ambulatoria pudiera parecer interminable, mas para Hernández Fernández conquistar el cariño y el respeto de los familiares, así como lograr que sus alumnos le presten toda la atención, supone los mayores desafíos.

“No solamente debes interrelacionarte con el niño sino, también, con la familia y no todas tienen las mismas características. Creo que del vínculo con la familia parte todo. Primero llegas, hablas con las personas de la casa y luego te pones a impartir tu clase.”

Por tal motivo, puede que Olga Lidia diga que Ana María es su hermana, aun cuando no comparten apellido ni corre por sus venas la misma sangre. Tantos son los argumentos que tiene para dar la primera que las palabras parecen no agotarse cuando define a quien no solo viene a enseñar, sino que participa por igual en la celebración de un cumpleaños y hasta dormiría en un hospital de ser necesario.

Como en cualquier realidad, algún que otro trago amargo ha debido resistir, sin embargo, para Ana María nada logra empañar la satisfacción que se siente tras lograr que uno de sus niños lea, escriba o haga su primer número. Con orgullo enseña las libretas de Naila, mientras aclara que detrás del uno, que ahora veo estampado en algunas páginas, se esconde todo un mes de continuo esfuerzo.

¿El secreto? Infinito amor, entrega y mucha, pero mucha paciencia, al menos, esa es la fórmula que hasta el momento le permite hablar de tantos logros y la que —recomienda— no debe faltarle a ningún maestro de Enseñanza Especial.

Al cumplir Naila sus 16 años, Ana María habrá culminado con su educación. Seguro otra alumna llegará y otra familia también será conquistada, mas de la casa de los Pérez Terry la maestra no podrá librarse tan fácilmente porque, según Olga Lidia, con ellos “tiene que morirse”.


Comentarios  

# barbaro martinez 17-01-2018 16:27
obra de la REVOLUCION.
DERECHO de todos los ciudadanos,que no queda en palabra muerta de la constitucion como en muchos otros paises.
en los rincones mas humildes ves una escuelita y ademas un medico de la familia.
al ser algo cotidiano no le damos el VALOR que tiene.


brmh
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