Viernes, 16 de noviembre de 2018 5:35 PM

Fidel, en presente

Noventa años después de un nacimiento ya es mucho tiempo en un mundo donde la gente suele morirse antes, de cualquier cosa. Y si, además, se llega a nonagenario sobreviviendo a más de 600 atentados, durmiendo tres o cuatro horas de noches interminables, discursando por días las verdades, empujando a una Isla que tenía escasas posibilidades para flotar y casi todas para naufragar…la vida a los 90 o a los 92 es casi un milagro que la muerte difícilmente paraliza.

Entonces los verbos comienzan a conjugarse de modos extraños, y el condicional y el subjuntivo pierden las lógicas del español; cumpliría o cumpliere se quedan en presente del indicativo y se conjuga: cumple. Fidel cumple 92 años. Esa sería (es) la oración y no otra. No otra cuando la vida, por intensa e inmensa, alcanza a la muerte y sigue de largo, sobrepasándola.

Porque de varias maneras Fidel pudo quedarse muerto, llegar solo a los 90 y regocijarse en el mérito de quien fallece consciente y “tarde”, según la esperanza de vida de los países que presumen de su “eternidad” frente al soplo de vida que experimentan muchos al borde de los 60. Pero escogió trascender y terminó derogando sus verbos en pasado, tejiendo de acontecimientos sus días hasta lograr la inmortalidad en los otros, que lo mantienen vivo.

Típico de él: podía prever el futuro. Hubiera sido cartomántico millonario o precursor de pensamientos avanzados, y ya sabemos lo que fue. Lo que es. Lo que representa adentrarse en una piedra que, por más grande que parezca, no deja de ser un pedazo de roca arrastrado desde algún lugar de la Sierra, donde los ríos le dan la forma que quiera. Así, al natural, quedaron ambos.

Y así, como quien emprende un cauce hacia un destino previsible, son las hebras que tejen su postvida, a las que tampoco hubo que pulirles nada para que trascendieran. Podrían desenredarse sin adjetivos, solo verbos en acción.

Contar que nace en una hacienda de ricos que antes fueron pobres y, quizás por ello no dejaría de combatir la pobreza sobre la que se erigen los ricachones. Que confunde el hambre con el apetito y, al percatarse de su triste confusión, se despoja de los eufemismos con una fuerza tal que, luego, al llamar las cosas por su nombre, dejaría a muchos temiendo semejante franqueza. Que cuando parece suicida frente a un cuartel no es menos valiente que cuando se defiende del mismo ataque con un alegato.

Que si promulga una Ley y otra y otra y otra…, y se agencia el descrédito de la mitad del mundo por radical, y el crédito de la otra, por soñador, fue tanto para hablarnos de posibles como para dejarnos ubicados en la parte de quienes siguen soñando aún con ese futuro. Bendita herencia.

Que, incluso, cuando se hizo muy anciano y continuó llegando al pueblo con sus reflexiones, supo apartarse del poder oficial para asumir exclusivamente el moral, que siempre ha sido superior.

Podríamos narrar increíbles instantes que nos llevarían a entender por qué 92 años después se rehúsa al pasado, se desecha la muerte y se piensa en el 13 de agosto, en un lugar de Birán, en Lina dando de su vientre tanta luz… En la historia empezando, otra vez, en presente.


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