Martes, 25 de septiembre de 2018 3:06 AM

El juego que Fidel le ganó a Kate en Punta Alegre

Reliquia a bordo de un recorte de periódico, casi ilegible, y en la imborrable memoria de un hijo agradecido

Han transcurrido 33 años y cada vez que José Armando Jorge Toledo pasa junto al estadio de béisbol de Punta Alegre, en el litoral norte de la provincia de Ciego de Ávila, a su memoria acuden, inevitablemente, dos imágenes bien queridas: la de José Rafael Jorge Torres, su padre, y la del Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz.

Y no es porque uno haya lanzado la pelota y el otro la haya bateado para dejar inaugurado uno de aquellos juegos en los que la presencia del líder de la Revolución Cubana dejaba bien abajo la emoción de las mejores jugadas o el resultado final, por reñido que se comportara el partido.

Las remembranzas tienen relación con un suceso que estremeció a ese pacífico poblado de pescadores y parranderos. Corría el mes de noviembre del año 1985. Con vientos cercanos a los 200 kilómetros por hora, el huracán Kate se ensañó contra todo cuanto halló a su paso. Y hasta allí llegó Fidel, horas después, como expresión de ese hábito consustancial a él, para acudir, rápidamente, a los lugares más afectados por desastres naturales o meteorológicos.

Cuenta José Armando que, “rodeado de damnificados y con profundo pesar, el Comandante dijo algo así como: ‘Este ciclón los ha dejado a ustedes casi sin nada, sin casas, sin cine, sin escuela, sin central…’

“De los vecinos que habían acudido a su alrededor salió una voz que dijo: “Peor estuvo usted, Comandante, cuando desembarcó procedente de México, y sin embargo guapeó hasta vencer.

“Dicen que Fidel buscó con la mirada al hombre que le había dicho aquello y, al identificarlo, se le acercó para saludarlo. Ese hombre fue mi padre, quien trabajaba como rotulista en la unidad de transporte.

“Pero el asunto no concluyó ahí. Por la noche, El Comandante pidió que le llevaran a mi padre hasta Ciego de Ávila. Quería conversar con él. Entonces le preguntó por qué había dicho aquella frase. Y mi padre le respondió: porque lo noté un poco afligido, Comandante, y en Punta Alegre nadie quiere verlo así.

“Deben haber hablado sobre otras cosas; tú sabes cómo preguntaba Fidel. Pero lo que yo siempre recuerdo es que en un momento determinado le dijo a mi padre: ‘¿Qué necesitas para reparar tu casa, qué te hace falta?’ Y mi papá le dijo: ‘Nada, Comandante; no me hace falta nada material; en todo caso un poco de planchas de zinc para volver a ponerle techo al estadio y algunos implementos deportivos para que la gente siga practicando deportes’.

“No había transcurrido una semana y a Punta Alegre llegó una rastra con lo que se necesitaba para techar el estadio, además de guantes, pelotas y otras cosas. Mi padre saltaba como un niño. No podía creer lo que estaba viendo. Ese era Fidel. Así era y sigue siendo.”

Cuentan que los mismos pobladores se convirtieron en techadores y reparadores del estadio.

Con toda la sensibilidad que merece, aquel intercambio entre el Comandante en Jefe y un modesto obrero ocupó espacio en las páginas del periódico Granma.

Tal vez el recorte de aquel trabajo, pulido por los dobleces del tiempo, de los dedos y hasta de los ojos leyendo y releyendo líneas, sea la reliquia que con más celo y orgullo guarda José Armando en su hogar.

Más de tres décadas después, otro poderoso huracán, Irma, volvió a enfilar contra Punta Alegre. Entre las víctimas directas de sus ráfagas estuvo, otra vez, el estadio. Y, nuevamente, manos de pescadores y parranderos, manos de pueblo, repusieron el techo, quizás sin saber que, de hecho, estaban restituyendo la obra que en noviembre de 1985 Fidel no vaciló, ni un instante, en devolverles, viva, a los entonces niños y jóvenes: hoy bien adultos, convertidos ahora en padres y abuelos de los niños y jóvenes actuales.


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