Crisis del agua: de la advertencia a la quiebra

Los informes internacionales refirieron, durante décadas, una inminente crisis de los recursos hídricos. Las advertencias alarmaron, pero a la vez llevaron un mensaje de esperanza, sustentado en la posibilidad de revertir el panorama con medidas adecuadas, de manera que los ríos volvieran a fluir y los acuíferos a recargarse.

Sin embargo, a principios de 2026, el Instituto de Naciones Unidas para el Agua, el Medio Ambiente y la Salud (UNU-INWEH, por sus siglas en inglés) publicó un informe que redefine por completo el problema. La conclusión es contundente: el mundo ha entrado en la era de la quiebra hídrica global.

No se trata de un cambio semántico. Según Kaveh Madani, director de ese centro y autor principal del estudio, la “quiebra” implica una combinación letal de insolvencia e irreversibilidad: la extracción y contaminación de las aguas supera la capacidad para renovar el vital líquido, al tiempo que ocurren daños en ecosistemas clave —acuíferos, humedales, glaciares— hasta un punto en que su restauración es prácticamente imposible o económicamente prohibitiva.

Las cifras que respaldan el diagnóstico son escalofriantes: 2 200 millones de personas carecen de agua potable segura, y 3 500 millones no tienen acceso a saneamiento gestionado de forma segura. La magnitud de la crisis se revela con crudeza al observar que 4 000 millones de personas —más de la mitad de la humanidad— experimentan escasez severa de agua al menos un mes al año. A ello se suma que cerca del 70 por ciento de los acuíferos principales del mundo están en declive y más de la mitad de los grandes lagos pierden volumen desde 1990.

No es un fenómeno aislado. Como pieza fundamental que se extrae de un engranaje, ese colapso arrastra consigo a sectores enteros de la economía y la estabilidad social.

El sector agrícola, que consume aproximadamente el 70 por ciento del agua dulce extraída a nivel global, es el primero en sufrir las consecuencias. La escasez y la salinización de los suelos amenazan ya a más de 170 millones de hectáreas de tierras de regadío, poniendo en riesgo la producción de alimentos con alta demanda y básicos, como el trigo, el maíz y la soja. Estas circunstancias provocan un alza en los precios y desestabilizan los medios de vida de millones de personas, principalmente pequeños agricultores.

El impacto se extiende a la generación de energía, pues las centrales térmicas y nucleares requieren enormes volúmenes de agua para su refrigeración, y a la industria tecnológica, donde centros de datos esenciales para la economía digital dependen de sistemas de enfriamiento hídrico.

La Organización Mundial de la Salud y el Banco Mundial han advertido que, de no mediar una acción radical, las regiones más afectadas podrían sufrir pérdidas de hasta el seis por ciento de su producto interno bruto para 2050. Pero más allá de las cifras macroeconómicas, la crisis tiene un rostro humano: las comunidades rurales, los pueblos indígenas, los pobres de las ciudades y las mujeres son severamente afectados, de forma que se acentúan las desigualdades y se agravan los conflictos por el acceso al recurso.

Las respuestas tradicionales de emergencia quedaron obsoletas. El llamado de las agencias de la Organización de Naciones Unidas (ONU) es a transitar de la “gestión de crisis” a la “gestión de la quiebra” . Esto implica un cambio de mentalidad radical: dejar de insistir en recuperar el pasado, para empezar la adaptación a un futuro con menos agua.

A nivel global, la estrategia pasa por una combinación de acciones simultáneas, lideradas por numerosas organizaciones, que consideran la prioridad de detener los perjuicios, antes de construir más infraestructura hidráulica. Esto significa frenar la sobreexplotación de acuíferos que aún funcionan, restaurar humedales —auténticas esponjas naturales— y proteger las cuencas forestales que regulan el ciclo del agua.

A ellos se suma la transformación de los sectores productivos. La agricultura debe liderar la transición, con el desarrollo de sistemas de riego eficientes y cultivos resistentes a la sequía y capaces de aumentar sus rendimientos bajo esas condiciones, tras sufrir modificaciones genéticas. Asimismo, a nivel global la gestión integrada de los recursos hídricos promueve una planificación que considera el nexo entre agua, energía y alimentos, alejándose de la gestión por sectores aislados.

En este contexto se plantea como referente la experiencia de China, que logró mantener estable su consumo total de agua durante cinco años, a pesar del crecimiento económico, lo que demuestra que es posible desacoplar el desarrollo del uso intensivo del agua mediante sistemas de gestión como la figura del “jefe de río” y una férrea disciplina de conservación.

El camino es empinado. La brecha entre la retórica y la acción sigue siendo enorme. Según la ONU, casi la mitad de los países que reportan sobre el Objetivo de Desarrollo Sostenible número seis (agua y saneamiento) tienen al menos un ecosistema de agua dulce en estado de degradación.

Además, persisten retos estructurales como una infraestructura obsoleta, fundamentalmente en países en desarrollo, donde la pérdida de agua por fugas supera el 40 por ciento. Mientras, el norte global depende de soluciones intensivas en energía (como la desalinización) que perpetúa una huella de carbono insostenible.

Madani advierte que la falta de voluntad política es quizás el mayor obstáculo. Las crisis (sequías o inundaciones) abren ventanas de oportunidad para la reforma, pero se requiere que la ciudadanía, los científicos y los medios ejerzan presión para que esos momentos de conciencia se traduzcan en cambios permanentes.

La “quiebra hídrica” es diagnóstico de realismo. Reconoce que la normalidad conocida ya no existe. Aceptarlo constituye una oportunidad para construir algo nuevo.

La tecnología ofrece herramientas sin precedentes, desde la inteligencia artificial para predecir sequías hasta la biotecnología para cultivar alimentos con menos agua. Las soluciones basadas en la naturaleza, como la restauración de humedales, muestran que la mejor infraestructura a veces es la que ya existe. Ejemplos como el de China demuestran que, con decisión política y una cultura de conservación, es posible estabilizar la demanda de un recurso finito.

Como resume el lema de la campaña de ONU-Agua, ese líquido es indispensable para sobrevivir y un puente hacia la paz, la prosperidad y la estabilidad. Por tanto, cambiar la relación con ese fluido —de usuarios abusivos a administradores responsables— resulta esencial, no para retornar al pasado, sino para asegurar un futuro a los 10 000 millones de personas que comparten el planeta.

Con celebraciones como los días mundiales de los Ríos, los Glaciares y del Agua, fijados el 14, 21 y 22 de marzo, en ese orden, cada año y en este mes ─cuando transcurre el periodo de sequía en naciones como Cuba─ numerosas organizaciones internacionales activan las alarmas, con la certeza de que el agua escasea y el tiempo de accionar, de manera consecuente, también se agota.