¿Vivir entre ruinas?

La difusión en Facebook de fotos que atestiguan el abandono del edificio tradicional del Instituto Superior de Diseño en la capital cubana despertó un cuestionamiento: ¿están los cubanos destinados a vivir entre ruinas?

Lo digo porque, esa desidia increíble que sacrifica hasta el patrimonio científico de la citada institución, se hace extensivo también a Ciego de Ávila y, por ende, a Primero de Enero. Diversos inmuebles yacen en la actualidad atrapados por el olvido, por el canibalismo social que todo lo engulle y lo devuelve reducido a ruinas y escombros.

En el municipio de Primero de Enero, al nordeste de la provincia avileña, la historia se derrumba lentamente. Las paredes carentes de puertas y ventanas del antiguo Sindicato azucarero, la fachada desvencijada de la vieja policlínica (antigua casa de los Araoz) y tantos otros inmuebles emblemáticos, son hoy el paisaje cotidiano de una comunidad que parece haberse acostumbrado a convivir junto a las ruinas.

El caso del edificio del Sindicato duele, especialmente. Allí, bajo techos que sucumben ante al saqueo de maderas preciosas, aún constan los bustos de Enrique Varona y Jesús Menéndez. Precisamente aquel inmueble recibió la visita de los legendarios dirigentes obreros, en especial, el General de las cañas, quien supo defender la dignidad del trabajador del citado sector y visitó el territorio violeteño en tres ocasiones, en los años 1943, 1944 y 1947.

La tarja conmemorativa, empotrada en la fachada del lugar, situado en las cercanías del central Primero de Enero, rememora aquellos días de gloria que hoy se debaten entre la remembranza y el olvido. 

Consta el mensaje claro que deja al descubierto, para conocimiento público e intergeneracional que, el citado local, sirvió de foco permanente para el accionar del sindicato azucarero, donde se organizaron mítines y huelgas, tanto por el pago del diferencial, como por el aumento de salario y a propósito de la huelga por la aplicación de la restricción azucarera, según confirman los archivos en el Museo municipal.

Hoy, sus efigies —la de Enrique Varona y de Jesús Menéndez— dispuestas en la zona desde 1964, intentan sobrevivir en medio del abandono, mientras el robo de cada porción de madera preciosa se lleva consigo un pedazo de identidad.

En las añoranzas populares aún convergen las veces que el inmueble sirvió de sede para la superación de amas de casa, obreros y campesinos. También, como anfitrión de las fiestas de múltiples quinceañeras en Primero de Enero, además de albergar la dirección del sindicato que agrupa a los azucareros.

¿Por qué hemos caído en esta tendencia a vivir entre las ruinas? La respuesta viene a ser compleja, mas duele en la conciencia colectiva. No se trata solo de falta de recursos —aunque estos ahora son, en extremo, limitados—, sino de una ausencia de planificación sostenida, de educación patrimonial y, sobre todo, de voluntad para proteger lo que les pertenece a todos.

El peligro de las sociedades que descuidan su historia es que terminan siendo conglomerados sin memoria, sumidos en la fragilidad, sin pasajes de ayer que redefinen el hoy y construyen el mañana.

Enseña la praxis que cuando un niño crece viendo cómo se desmorona el símbolo de la lucha azucarera, por ejemplo, y se deja morir el patrimonio histórico, aprende que, a juzgar por los actos, el pasado no importa. Y esa lección, a la larga, erosiona el futuro.

No se trata de restaurarlo todo con lujo —y eso los cubanos lo saben bien—, sino de preservar lo mínimo: evitar el saqueo, consolidar estructuras en riesgo, recuperar los bustos y las placas, contar las historias.

Cada ladrillo derruido en Primero de Enero es una pregunta inerte sin responder: ¿qué clase de legado estamos dejando si permitimos que la memoria se convierta en escombros?

Mientras a estos sitios repletos de historia la supervivencia les pende  a un “después” o sujeta al “plan de presupuesto para reparar” que nunca alcanza, contrasta cómo algunos inmuebles reviven mediante el cambio de uso, proceso para que, los locales involucrados, asuman funciones habitacionales y otros usos, en correspondencia con lo aprobado en los instrumentos de ordenamiento territorial y urbanismo.

La ruina bien puede evitarse. Es el resultado de decisiones postergadas, de miradas cortas y de una resignación que duele más que los propios escombros. Urge un cambio de enfoque: que el patrimonio no sea un gasto, sino una inversión en identidad; que las autoridades locales, junto al pueblo, tracen un plan urgente de salvamento, aunque sea modesto. O de lo contrario, seguiremos siendo un museo al aire libre de nuestro propio descuido.

La actual situación económica de la Isla conlleva al incremento de las indisciplinas sociales y al hurto en los sectores estatal y privado. Pero ello, no justifica que los malhechores saqueen las construcciones en desuso y alimenten así, esa fatídica crisis de los valores éticos y morales.

Además, se vale prevenir la sentencia probable de terminar en ruinas para locales, incluso patrimoniales, como la actual sede de la Empresa Municipal de Comercio y Gastronomía y la majestuosa vivienda de Mery y Guille, prácticamente intacta desde sus tiempos fundacionales en la primera mitad del siglo XX.

Recuperarlos sería más que un acto de restauración física; una oportunidad para sanar heridas sociales, recuperar la identidad y generar nuevas oportunidades para las comunidades.