Luces, cámara... ¿comunicación?

Nada genera más expectativa que un spot de cine recorriendo la señal nacional de la televisión. Uno imagina salas a reventar, butacas que crujen, rositas de maíz y ese instante mágico en que las luces se apagan. 

Cuando una campaña promocional anuncia proyecciones “en todas las provincias” y detalla programación específica en cines, el espectador asume, con lógica, que las condiciones mínimas están garantizadas. 

Pero, ¿qué sucede cuando uno acude al lugar indicado, en el día y la hora señalados, y se topa con las puertas cerradas y ni un alma a la vista? Esa pregunta, que contiene una dosis de desconcierto y otra de enfado legítimo, es la que hago más veces de las que quisiera.

La Ley de Comunicación Social (162/2023) y su Reglamento ponen sobre la mesa un modelo de gestión donde la máxima dirección de cada organismo es responsable de diagnosticar, planificar y evaluar su comunicación. 

Se trata de transparentar la gestión, fortalecer el vínculo con la población y, sobre todo, no dejar a la gente sola. La norma no obliga de manera explícita a tener perfiles en redes sociales, pero sí establece como función de los especialistas promover esos canales y mantener informada a la ciudadanía. 

En la provincia tenemos ejemplos que confirman que esa ruta es posible y fructífera. La Empresa Comercializadora de la Música y los Espectáculos (Musicávila) y la Empresa Avileña de Materiales de la Construcción (Avilmat) llevan su comunicación al orden del día, y no por casualidad ambos colectivos ratifican su condición de Vanguardia Nacional. 

Fuera de ese pódium, la página en Facebook de la Empresa Acueducto y Alcantarillado de Ciego de Ávila, aún en medio de roturas y ciclos de abasto que se desajustan, informa con bastante oportunidad. 

En contraste, un colega recordaba hace poco el canal de Telegram de la empresa eléctrica, donde antaño se podía conocer en tiempo real la afectación de circuitos y la programación de apagones; realidad que hoy resulta distante.

Con esos antecedentes, casi de casualidad, acudí al cine Carmen en una tarde de estreno. La cartelera anunciaba Nora, la última película de Roly Peña que narra la historia de una joven agente de la Seguridad cubana infiltrada en una organización de derecha en Miami. 

Un filme con todos los ingredientes para atraer al público: espionaje, conflictos éticos, una protagonista que carga con el peso de la doble vida. Sin embargo, el termómetro real de la expectativa se medía mejor en la ficción que en la butaca. 

La proyección comenzó incluso antes de la hora pactada, y al recorrer la mirada por la sala —con capacidad para más de 200 personas— apenas se contaban 60 espectadores. Sesenta valientes que, bajo el intenso calor de una tarde sin aire acondicionado, demostraron que las ganas de cine pueden más que el sofoco.

Ellos no tuvieron la culpa de que la institución no hubiera desplegado una promoción eficiente ni articulado una mínima difusión en medios. Sencillamente, quizás se enteraron porque pasaron, vieron el póster y decidieron entrar. 

¿Ese es el sistema de comunicación que aspiramos a tener?

La escena no es un hecho aislado. Semanas atrás, también espoleado por aquellos spots televisivos que anunciaban la primera Muestra y Concurso de Cine Nacional, acudí al Carmen. Para mi sorpresa, no había nada ni nadie. El cine parecía un edificio en pausa.

Y no valía usar los apagones como excusa: había corriente en aquel circuito. En otras provincias, los cines proyectaban las muestras; aquí, la pantalla seguía en blanco. Nadie, desde la dirección provincial, reajustó la actividad, la reprogramó o, como mínimo, colocó un cartelito en la puerta. 

Las direcciones provinciales de entidades tienen potestad suficiente para adaptar lo que no encaje con su situación; lo que no deberían es suspender sin más, condenando el acontecimiento a la inexistencia.

La paradoja se vuelve más filosa cuando reparamos en que, en esta misma provincia, la realizadora Arletty White Morales participó con sus audiovisuales en esa primera muestra nacional.

Su obra sí se presentó en varios cines de La Habana, mientras que su propio terruño, el que la sigue en el espacio D’Cine de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), no pudo seguirle el curso.

“Nadie es profeta en su tierra”, reza el dicho, y se cumple con una precisión que duele. 

Mientras tanto, en fechas recientes llegó a las provincias el ciclo de Cine Histórico coordinado por la Unión de Historiadores de Cuba y el Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica, con títulos imprescindibles como Muerte al invasor, Girón y Mi amigo Fidel, que sí se han exhibido en centros de cines, instituciones y comunidades de todo el país. 

Es decir, cuando existe voluntad de coordinación, el cine sí encuentra el camino hacia los barrios y las zonas de silencio, aunque sea con una laptop y un proyector. El problema no es de alcance geográfico, sino de constancia comunicativa. 

Se entiende que el Centro Provincial de Cine realice actividades fuera de la institución, en comunidades alejadas, pero la pregunta sigue flotando: ¿dónde y cómo se reflejan? Hoy, lo que no deja constancia en redes es como si no existiera.

No se trata de cargar toda la responsabilidad sobre una sola plaza, pero las instituciones deben contar con personal —preferiblemente, comunicadores— dedicado a esta función. 

¿Existe un equipo de comunicación en la dirección provincial de cine avileña? Porque si existe, su latido apenas se percibe. Y si no existe, urge crearlo. 

Tampoco alcanza con abrir canales en redes sociales para atiborrarlos de efemérides y conmemoraciones, cumpliendo con la estadística de publicaciones mientras la información precisa, la que la gente necesita para organizar su tiempo de ocio, brille por su ausencia. 

La comunicación no se mide en postales, sino en respuestas, en capacidad de anticipar y en transparencia para enmendar.

He asistido a estrenos memorables en esta misma sala. El último a gran escala que recuerdo fue El Regreso, la ópera prima de Blanca Rosa Blanco como directora, y también otros más recientes movilizaron al público juvenil, como la polémica y foránea Barbie de Greta Gerwig. 

Por eso me rehúso a pensar que menos de un centenar de avileños eran los únicos interesados en disfrutar una cinta aclamada, aunque su horario —las dos de la tarde— cayese dentro de la jornada laboral. Muchos hubiesen hecho malabares para escapar un rato si hubieran sabido que la función estaba confirmada. 

Seguro había decenas como quien escribe: gente que veía noticias de estrenos en otras regiones del país y se preguntaba cuándo le tocaría a su provincia, para luego llevarse un sabor amargo como el de un café frío y luego recalentado.

A pesar de la compleja situación electroenergética, ninguna provincia ha renunciado a sus cines ni a su programación cultural. Más bien el trabajo se ha basado en acomodar y reajustar los espacios para que la cultura no se apague. 

El propio Centro Provincial de Cine expuso en su balance anual de febrero pasado logros en comunidades de difícil acceso, subrayando el valor del cine como puente de comunicación y herramienta de identidad cultural. 

Ese esfuerzo en los Consejos Populares y en las zonas de silencio es genuino y merece aplauso, pero queda empañado cuando en el centro mismo de la ciudad capital la comunicación se desploma sin previo aviso. 

Una institución que se proclama comprometida con llevar la magia del séptimo arte a cada rincón no puede permitirse el lujo de que su propia sala principal parezca un rincón olvidado.

La realidad de Ciego de Ávila puede ser la de otras provincias donde el sectorial del audiovisual y los cines no están en su mejor momento, pero eso no consuela. Al contrario, exige ponerse las pilas para que el prestigio acumulado no se deteriore. El cine Carmen merece recuperar su brillo, pero eso no se proyecta sin comunicación. 

La próxima vez que un spot televisivo anuncie un estreno nacional, ojalá no tengamos que depender del boca en boca, de la casualidad de un póster en una vidriera o del estoicismo de unos pocos dispuestos a sudar la butaca.