Los parques también mueren

Hay ciudades que se leen por sus parques. En ellos late la memoria colectiva, el orgullo cívico, el gesto de una sociedad que decide nombrar sus plazas con los nombres de quienes admira. Un parque no es solo césped y bancos: es una declaración pública de lo que un pueblo valora.

Por eso duele tanto lo que ha ocurrido con el parque Salvador Allende, en la intersección de las calles Marcial Gómez y Chicho Valdés, en pleno corazón de Ciego de Ávila. Lo que debería ser un espacio de dignidad y recuerdo se ha convertido, sin eufemismos posibles, en excusado y basurero públicos. Los laterales del conjunto escultórico acumulan excrementos. Frente al monumento, la basura regresa antes de que el camión recolector doble la esquina. Veinte minutos bastan para que la desidia rehaga su obra.

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El relieve del expresidente chileno —ese rostro con anteojos, austero y pensativo, esculpido en el muro blanco— contempla desde su deterioro lo que ocurre a sus pies. La pintura se descascara. Las escaleras de acceso, cubiertas de mugre y desechos, son la antítesis de la rampa que alguien, en algún momento, tuvo el cuidado de construir. Esa rampa, pulcra y funcional, hace más cruel el contraste: alguien pensó en la accesibilidad, pero nadie piensa en el respeto.

¿A quién corresponde custodiar estos espacios? La pregunta no es retórica. Detrás de ella hay una cadena de responsabilidades que involucra al gobierno municipal, a las entidades encargadas del mantenimiento urbano, a los Consejos Populares y, no por último con menos implicación, a todos los que pasamos junto a ese parque y miramos hacia otro lado. El deterioro no ocurre de golpe: ocurre en la acumulación silenciosa de omisiones.

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Pero sería injusto reducir el problema a la falta de escobas o de vigilancia. Lo que se pudre en el parque Salvador Allende no es solo cemento o azulejo: es algo más difícil de reponer. Una crisis económica puede explicar la ausencia de pintura fresca; no puede explicar, en cambio, la indiferencia ante el sitio donde se honra a un mártir. Eso pertenece al territorio de los valores, y los valores no se decretan ni se asignan en el presupuesto municipal.

El parque de Salvador Allende no es un caso aislado. Otros espacios de la ciudad comparten su suerte en distinto grado. La tendencia existe, y nombrarla es el primer paso para revertirla. Porque si los parques son memoria, su abandono es también una forma de olvido. Y los pueblos que olvidan a quienes honran corren el riesgo de olvidarse, también, de sí mismos.

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La solución no puede esperar al próximo plan de mantenimiento ni a la próxima campaña de embellecimiento. Exige voluntad sostenida, corresponsabilidad ciudadana y, sobre todo, la convicción de que la dignidad de un espacio público no es un lujo: es un derecho y una obligación compartida.