Hitler y Trump llaman a la puerta

En ocasiones los actos que denotan lo peor del ser humano se entrecruzan como prueba de que en el fondo, o en las raíces, se encuentran causas similares o parecidas a diferente escala. Hechos que de modo simultáneo acontecen en diversos, y a una vez disímiles, escenarios del planeta. 

Y cuando me refiero a escenarios, no solo estoy pensando en los que ahora resultan los más publicitados en el planeta: Venezuela, Gaza, Groenlandia, Minnesota… Preocupan, además, los “ruidos” locales, esto es, los que se escuchan al interior de nuestros hogares, o en plena calle.

Usted puede, incluso, chocar con una pelea entre adolescentes en medio de un parque. La razón del enfrentamiento: una chica en disputa, mientras los amigos se empeñan en filmar cada detalle para situarlo en las redes sociales en la Internet, como el más suculento y espectacular suceso, “por amor”, del momento.

No pueden extrañarnos semejantes cruzamientos, si algunos admiradores de las soluciones hitlerianas —seamos realistas, no unos pocos—, aplauden el “audaz” golpe de Donald Trump, que ha puesto en entredicho los cimientos del orden internacional.

Esos y otros aplausos en favor del más fuerte, el que aplasta y mata, penetran en nuestra sociedad con libertad casi absoluta, desde la producción digital de contenidos apocalípticos, o la reproducción mecánica a cargo de niños y jóvenes de los comportamientos más cercanos.

Es obvio que la violencia puede ser de orden económico, psicológico, emocional, violencia física, sexual, social…, pero las causas históricas y sociales que la desencadenan han sido bien identificadas, estudiadas y conceptualizadas hasta la saciedad.

Sin adentrarme en las definiciones de academia, un acto tan deleznable, dado su carácter terrorista y criminal, como el bombardeo selectivo, la eliminación física de más de un centenar de personas, y la captura de un jefe de estado, se justifica y hasta se ensalza porque el agresor necesita apropiarse por la fuerza de lo que es propiedad del otro, en otras palabras y en este caso, robarse el petróleo venezolano. 

Por ese mismo camino y más allá de las asociaciones, lo cierto es que están de moda las “decisiones imperiales”, aplicadas a diestra y siniestra, ya sea con una u otra arma mortífera.

Quizás como nunca se recurre a los instrumentos cortantes, especialmente los cuchillos, a la hora de dirimir disímiles conflictos. Hasta asistir a una fiesta suele acompañarse del arma letal para “acabar con Troya”, si es preciso.

Otras muestras de violencia son más sutiles, pero se advierten en la cotidianeidad con absoluta impunidad. En ese sentido, sobresale el recurrente empleo de un lenguaje verbal donde predominan palabras y frases que implican desprecio, burla, discriminación…  

Aunque restringido al acoso escolar, estudios recientes establecen que jóvenes que ejercen la violencia “también están reproduciendo violencias vividas en sus hogares o comunidades”.

Pero a ello habría que agregar una tercera reproducción: la que llega a los sentidos a través de la percepción sostenida, acrítica y descontrolada, de contenidos generados desde terceros, casi siempre desconocidos.

Pululan las historias de héroes de las pantallas (léase, sobre todo, celulares) que exterminan a comunidades enteras, capaces de borrar de un golpetazo a incontables víctimas, no importa cuál sea su grado de culpabilidad. 

Y no es casual que algún que otro osado grave en sus músculos el rostro de Adolfo Hitler, o el de su oscuro continuador estadounidense, mientras los efectos a corto, mediano y largo plazos están a la vista.

En cuanto a las consecuencias, la propia fuente advierte que: “Si no se interviene, sus conductas pueden escalar, generar daño a terceros e incluso derivar en comportamientos delictivos más adelante. En ambos casos —víctima y victimario— el acoso (…) compromete el desarrollo humano y social, y exige una respuesta jurídica preventiva, restaurativa y educativa”.

Mas, en este punto, agrego que la respuesta ha de ser multifactorial, no solo jurídica, debe expresarse en y desde la familia, la escuela, la calle, los centros de trabajo, en fin, donde quiera que existan fuerzas capaces de encarar a los continuadores, a veces émulos inconscientes, de Hitler, Trump y otras aborrecibles compañías.

A quienes debemos formar y educar sobre bases humanistas y éticas, con infinitas dosis de amor, debiéramos contarles aquellos actos comunes y corrientes de los torturadores fascistas que se hicieron habituales durante los años terribles de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945).

En este punto, dejemos que el relato descarnado llegue en voz del sitio digital a cargo de Amnistía Internacional para que haga la presentación de Auschwitz, el mayor campo de exterminio del sistema nazi.

“… funcionó como un centro de exterminio masivo, entre otros factores, por su posición estratégica como nudo ferroviario. Vagones de mercancías, diseñados para el transporte de ganado y en los que viajaban hacinadas hasta 80 personas, trasladaban a prisioneros y prisioneras desde Italia, Francia, Hungría, los países bálticos, Alemania y Polonia.

“Para muchas personas, la muerte llegaba en cuestión de horas. Nada más bajar de los trenes, exhaustas y desorientadas, eran sometidas a una selección: quienes eran consideradas ‘no aptas para trabajar’ (bebés, personas ancianas, embarazadas, enfermas o con discapacidad) eran enviadas directamente a las cámaras de gas, donde eran despojadas de sus pertenencias, rapadas y asesinadas con Zyklon-B, un pesticida que provocaba la muerte por asfixia.

“Quienes eran consideradas ‘aptas para trabajar’ se enfrentaban a la muerte a fuego lento. Estas personas eran explotadas en tareas que iban desde el mantenimiento del campo hasta trabajos directamente vinculados al exterminio, incluidos los realizados por quienes fueron obligados a formar parte del Sonderkommando.

“Otros prisioneros y prisioneras fueron sometidos a experimentos dirigidos por médicos nazis, entre ellos el doctor Josef Mengele, conocido como el ‘ángel de la muerte’”.

Tun, tun, tocan a la puerta de las familias cubanas Hitler y Trump. No cometas el error de abrirla, y si ya lo hiciste, ¡expúlsalos de casa!

Del Holocausto a la Declaración Universal: cronología del proceso

• 27 de enero de 1945: Liberación de Auschwitz. Las tropas soviéticas liberaron el campo; imágenes y testimonios del horror nazi conmocionaron al mundo.

• 26 de junio de 1945: Se firmó de la Carta de las Naciones Unidas. Se creó la Organización de las Naciones unidas (ONU) con el objetivo de “preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”.

• 1946: Se creó la Comisión de Derechos Humanos de la ONU y se inició el proceso para redactar una declaración universal.

• 1947–1948: Se redactó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En su redacción participaron representantes de diversas culturas y tradiciones jurídicas.

• 10 de diciembre de 1948: La Asamblea General de la ONU aprobó la Declaración con 48 votos a favor, 0 en contra y 8 abstenciones. 

Fuente: https://www.es.amnesty.org/