Cultura, con C de Crisis

Se va la corriente. No hay combustible para el transporte. La inflación licúa aún más los salarios. La vida se precariza. La incertidumbre y las frustraciones marcan el espíritu de una época. Son realidades con las que las grandes mayorías de este país chocamos a diario, realidades que definen —y son, a su vez, definidas por— una severa crisis multifactorial que lastra la economía cubana y debilita importantes estratos de su sociedad.

Ante un escenario así, la vida cotidiana se ha vuelto un ejercicio de resistencia, donde establecer prioridades puede resultar duro. Sin embargo, en medio de las carencias energéticas, la asfixia económica y la emigración, hay quienes se niegan a aceptar que la actividad cultural sea de lo primero que se postergue, porque la cultura no es un lujo, sino el hilo que mantiene unidas a las comunidades cuando todo lo demás se deshilacha.

¿Cómo se mantuvo la labor cultural en otros periodos de crisis? ¿Qué enseñanzas deberían desempolvarse y hasta qué punto la situación actual necesita soluciones nuevas? ¿De qué manera desaprender los métodos de trabajo condenados al fracaso y la ineficacia? ¿Es posible mantener viva la cultura con recursos ínfimos?

En busca de respuestas, Invasor conversó con tres gestores del mundo de la cultura avileña, no para buscar recetas ni consignas triunfalistas en las que ya nadie confía, sino para comprender si, cuando los recursos escasean, lo que realmente sostiene la creación es la voluntad de no parar ni rendirse.

De cualquier forma, en estas líneas intentamos contar cómo se hace cultura cuando no hay luz, cuando no hay combustible, cuando todo parece estar en contra. Y por qué, a pesar de todo, se sigue haciendo.

Reinventarse con recursos ínfimos

El primero en dialogar con Invasor es el escritor Larry Morales, moronense que fue presidente fundador de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) en Ciego de Ávila y actual presidente de la filial provincial de la Fundación Nicolás Guillén.

Su memoria alcanza hasta aquel otro periodo de carencias extremas, cuando él y apenas siete artistas más —casi todos de la cabecera provincial— echaron a andar la organización en estos predios. En medio de apagones y con muy pocos recursos, recuerda, concibieron solo dos eventos.

Porque en tiempos así, la experiencia le ha demostrado que el eventismo es fatal: la alimentación, la transportación y los aseguramientos lo tornan muy difícil; pero el evento, añade, se puede modificar o incluso sustituirse por un equivalente.

Entonces crearon el evento literario Roque Dalton y el de artes plásticas Color y Mar, ambos con un impacto tremendo que aún perdura en la memoria cultural avileña. Lograron traer a la viuda y los hijos del poeta salvadoreño, y los alojaron en una casa de visitas bastante humilde porque la situación económica no daba para más.

“Ese evento me marcó como escritor y como organizador —dice—. Luego me he preguntado cómo pudimos hacer aquello.” Pero si el Roque Dalton fue un reto, más lo fue Color y Mar, diseñado entonces por su vicepresidente, Rafael Borroto.

Consistía en convocar a pintores avileños, de otras provincias e incluso del extranjero para que vinieran a pintar a Ciego de Ávila. Ellos garantizaban los lienzos, la pintura y los implementos; los artistas asumían el compromiso de dejar su obra en la provincia.

A cambio, el grupo hotelero Cubanacán se ocupó de toda la logística del evento y luego colocó aquellas pinturas en sus principales instalaciones turísticas.

Hoy, desde la presidencia de la filial provincial de la Fundación Nicolás Guillén, a Larry Morales le ha tocado enfrentar otro duro periodo de crisis: el actual. No han suspendido ningún proyecto, aunque sí los han modificado.

Explica que le indicó a cada coordinador cómo mantener su quehacer sin necesidad de electricidad, combustible y otros recursos escasos; cambiaron para el día los que se realizaban en horario nocturno.

Así mantienen activos proyectos como Cuerda Rota, Estoy poniendo la hamaca, Yambambó, Barcas de cristal, y otros. Su método, resume, consiste en determinar las cuestiones materiales imprescindibles y aquellas sin las cuales aún es posible trabajar, y a partir de allí redefinir las reglas del juego.

“La cultura está ahí para llenar los espacios vacíos, para consolar —afirma—, y mantenerla viva está siendo un reto grandísimo.”

“Hoy las tertulias se hacen como en el siglo XIX, porque Domingo del Monte no tenía equipo de audio. Un día tienes combustible para la planta y otro no; un día te prestan la planta y al siguiente no. Entonces, ya no queremos audio. Seguimos haciéndolo todo, y con calidad.”

No contentarse con el “no hay”

De aquella capacidad de reinventarse durante el Periodo Especial guarda una memoria viva Odalys Margarita Sánchez Méndez, quien se desempeñó entonces como directora municipal de Cultura en Ciego de Ávila y hoy preside la filial provincial de la Sociedad Cultural José Martí.

Su testimonio es una lección de resiliencia y una invitación a no rendirse. Muy joven en aquel momento, recién llegada de ser cuadro profesional de la Unión de Jóvenes Comunistas y de los Comités de Defensa de la Revolución, confiesa que al frente de la Dirección Municipal de Cultura aprendió muchísimo.

El Periodo Especial fue un momento impactante porque no existía experiencia previa, ni siquiera parecida, a lo que hubo que enfrentar.  Las instituciones culturales debían seguir prestando servicios. Había que adecuar los planes de actividades y la programación a unas circunstancias extremas, donde llegaron a registrarse hasta veintisiete horas seguidas sin electricidad.

La respuesta fue creativa y contundente: se sustituyó el equipamiento de las agrupaciones musicales que dependían de la electricidad por formatos acústicos; en la sala-teatro Abdala, las funciones continuaron iluminadas solo con faroles y velas; la banda municipal de conciertos llevó su música a los parques avileños —Maceo, Martí, Alfredo Gutiérrez Lugones— moviendo los instrumentos en triciclos; las agrupaciones campesinas se presentaban en el Portal de la Casa de Cultura y en el portal de la librería de la calle Independencia; el grupo de títeres Polichinela no abandonó las escuelas.

Odalys reconoce que eran otros momentos. Había una preparación diferente, no existía el éxodo actual y se contaba con muchísimos artistas jóvenes dispuestos a superar las carencias y los obstáculos para seguir haciendo y creando.

Había, además, una efervescencia: la voluntad de mantener la actividad cultural en medio de la crudeza del Periodo Especial, de crecerse ante las dificultades, de no paralizar nada. Pero también advierte: las condiciones materiales del país eran entonces menos tensas que las de hoy, y se contaba con recursos para desarrollar la labor.

Sin embargo, insiste, aquella experiencia debe servir para fortalecer el espíritu y los deseos de hacer, no para contentarse con el “no hay”. Habrá que unir más voluntades, lograr mayor comprensión sobre el quehacer de los artistas, accionar más en las comunidades y buscar alternativas que mantengan a las personas con la esperanza viva de que vamos a salir adelante, de que esto se va a resolver, de que vamos a triunfar.

“Es tremendamente difícil —señala—, pero no imposible, porque los cubanos llevamos ese espíritu martiano de la resiliencia.”

No suspender, modificar

La conversación con Odalys dejó en el aire una pregunta: ¿cómo están resistiendo hoy, en medio de esta crisis, quienes además heredan aquel espíritu de no rendirse? La respuesta la tiene, entre otros, la Asociación Hermanos Saíz (AHS) en Ciego de Ávila, que no se ha detenido.

Alejandro Quiñones Almanza, su presidente, lo explica con claridad: han intentado mantener todas las actividades que organiza la Casa del Joven Creador, adaptando la vida orgánica de la Asociación a los nuevos tiempos.

Incluso, señala, han surgido nuevos espacios. “Siempre pensamos que se podían y se debían hacer cosas diferentes a lo habitual, y la propia experiencia cotidiana nos lo demostró”.

La crisis, paradójicamente, ha traído nuevos creadores a la Asociación. Los espacios se han multiplicado, fundamentalmente en el ámbito musical. Un lugar ha sido clave en esta resistencia: el Café Barquito.

Gestionado por Trabajadores por Cuenta Propia que cuentan con paneles solares, se ha convertido en un puntal para la vida artística de la AHS. “Nos ha tocado vivir un poco menos la carencia de energía eléctrica”, reconoce Quiñones.

Pero la preparación para tiempos de crisis, explica, viene de antes. La experiencia de la COVID-19 fue una escuela. Terminaron el evento Trovándote de 2020 el mismo día en que se declaró la cuarentena.

A partir de ahí comenzaron a buscar alternativas para mantener activa la Asociación sin salir de los hogares: hicieron videos para redes sociales. Cuando se permitió salir, organizaron miniconciertos en el portal de la Casa del Joven Creador, pensados para los transeúntes, como una forma de aliviar el dolor colectivo.

En estos tiempos, la AHS no ha suspendido ninguno de sus eventos. Los ha modificado, sí, pero no los ha detenido. El recién finalizado Trovándote es un ejemplo: lo dedicaron a celebrar el Día del Trovador con jóvenes creadores locales, homenajearon a Pepe Sánchez y proyectaron el documental que grabaron durante la edición de 2020.

Las dificultades no doblegan al creador

Cuando el Periodo Especial apretaba con sus horas interminables sin luz, Larry Morales escribía en un pasillo, sobre un sillón de niño, con una tabla apoyada en los brazos. Adentro de la casa, dice, la oscuridad era tremenda, incluso de día.

Vivía entonces alquilado en una suerte de buhardilla sin ventanas, y sacaba la máquina de escribir al estrecho pasaje que lo separaba de las casas vecinas. Allí, a mano o a golpe de tecla, trabajó durante un año el guion de Más allá del mar, la película que Pastor Vega le había pedido.

“Olvídate de la técnica —le dijo el cineasta—, escribe como si fuera una novela y yo me encargo del resto.” Larry, desde luego, no lo hizo así: buscó asesoramiento y entregó el guion.

La película obtuvo después el segundo lugar en el XV Festival Internacional de Cine Latinoamericano. Para él, aquella experiencia encierra una verdad que ahora, en medio de otra crisis, vuelve a imponerse: las dificultades no pueden doblegar al creador.

Así lo entienden nuestros artistas, promotores e intelectuales. En medio de apagones que parecen no tener fin, de caminos cortados por la falta de combustible, de un éxodo que se lleva talento y fuerza, hay quienes se niegan a aceptar que la cultura sea lo primero que se rinda. No porque ignoren la crudeza de la crisis, sino porque saben que, si la cultura se detiene, algo se rompe que quizás no pueda volver a soldarse.