D'Morón Teatro y el Proyecto Reverbero demuestran que el arte comunitario no es un lujo prescindible, sino el nervio más vivo de la identidad local
Luis Raúl Vázquez Muñoz/Juventud Rebelde Hay escombros que no son solo ruinas. Cuando Orlando Concepción González y la compañía D'Morón Teatro llegaron al casco histórico del municipio moronero para rescatar el deteriorado teatro Reguero, no estaban simplemente restaurando una infraestructura.
Estaban ejerciendo, quizás sin nombrarlo así, lo que Roberto Fernández Retamar llamó, en su célebre ensayo, Calibán, la capacidad del ser latinoamericano de tomar la herramienta del colonizador y convertirla en instrumento de su propia liberación. El arte, en este caso, era esa herramienta.
“El primer impacto que ha tenido el proyecto es un impacto de transformación”, afirma Concepción González, director general D'Morón Teatro y del Proyecto Reverbero.
No habla solo de paredes reconstruidas o de butacas repuestas. Habla de una comunidad que cambió su manera de mirarse a sí misma. “Se logra un espacio digno para poder establecer cualquier tipo de actividad artística”, explica, con esa convicción apabullante de quien sabe que los cimientos más sólidos no se miden en metros cuadrados sino en conciencias movilizadas.
Detrás del Proyecto Reverbero late otro proyecto anterior y paralelo: Crecidos por la Cultura, una metodología de acción participativa y transformación comunitaria que D'Morón Teatro ha aplicado durante quince años en comunidades desfavorecidas de la provincia de Ciego de Ávila.
Quince experiencias documentadas. Quince formas distintas de demostrar que la cultura no adorna la vida social, sino que la sostiene.
En Retamar, Calibán no es el monstruo que la cultura dominante quiso ver. Es el sujeto que vive en la misma isla que Próspero, pero que desarrolla estrategias propias de sobrevivencia y de afirmación.
Crecidos por la Cultura es, en cierto modo, esa misma lógica aplicada al territorio: entrar a los espacios más vulnerables, no para redimirlos desde afuera, sino para activar desde adentro los recursos simbólicos y humanos que ya existen.
Rolando Valle de Posada, viceintendente de la Asamblea Municipal del Poder Popular, viene del mundo de la historia y de los museos. Lo llama “el pulmón cultural de la ciudad” no como metáfora decorativa, sino como diagnóstico funcional.
Ha impactado más allá del perímetro físico del Complejo Reguero: ha llegado a niños con síndrome de Down, a personas con diversidad funcional, a adultos mayores, a jóvenes que antes no tenían un espacio de referencia cultural propio. “No tenemos que pedir apoyo de ningún municipio”, dice con orgullo Concepción González. La autonomía cultural como expresión de soberanía.
Resistir en tiempos de crisis: el arte como argumento
El contexto importa. Cuba atraviesa una de sus etapas de mayor tensión material en décadas. Concepción González no lo esquiva: “La cultura es uno de los organismos que sufre más esta crisis económica que estamos viviendo”.
Sin embargo, inmediatamente agrega: “En las estrategias que se han ido buscando hemos ido logrando avanzar”. Esa frase condensa la esencia de lo que Fernández Retamar llamó la condición calibanesca: no la resignación ante las circunstancias adversas, sino la capacidad de apropiarse de ellas.
D'Morón Teatro no esperó a que las condiciones fueran favorables. Construyó las condiciones mientras actuaba.
Hay algo profundamente político —en el sentido más noble del término— en el hecho de que el Proyecto Reverbero haya establecido eventos fijos: la tarde de la Trova el último domingo de cada mes, la noche mexicana el primer viernes. No son efemérides. Son rituales de pertenencia.
Para mayo de 2026, la compañía proyecta celebrar los 40 años de D'Morón Teatro a través del teatro callejero (su sello más impoluto) y aún sueña con una jornada de danza en homenaje a Vivian Díaz Hevia.
El futuro aquí no se improvisa: se planifica con la terquedad de quien sabe que la cultura es también una forma de decir que estaremos aquí mañana.
Calibán, en la lectura de Retamar, no está solo. Su resistencia es colectiva, enraizada en una identidad que se forja en el vínculo con otros. D'Morón Teatro tampoco está solo. El Proyecto Arcoíris de la comunidad del Plan Hortícola, el Proyecto Yambambó de la Fundación Nicolás Guillén, el trabajo comunitario integrado del Consejo Popular, conforman un ecosistema que se nutre mutuamente.
“Cuando se ha necesitado Reverbero en un lugar, ahí ha estado Reverbero, cuando se ha necesitado Yambambó, ha estado Yambambó”, resume el viceintendente. No la competencia entre proyectos, sino la red.
“Desde el punto de vista económico, no son grandes aportadores”, reconoce Valle de Posada con franca honestidad, pero añade, de inmediato: “Son proyectos que, desde el punto de vista social, humano, de la transformación de la espiritualidad de las personas, de la preservación del patrimonio, influyen mucho”.
Eso es exactamente lo que Fernández Retamar quiso decir cuando reivindicó a Calibán frente a Ariel: hay formas de valor que el modelo dominante no sabe calcular, porque no tiene las categorías para hacerlo.
Michel Guerra
El Proyecto Reverbero lleva pocos años de implementado, pero ya ha demostrado algo esencial: que la cultura en tiempos de crisis no retrocede a un lujo, sino que avanza hacia una necesidad.
Orlando Concepción González tiene claros sus próximos diez años. “El proyecto está pensado a implementarse en 10 años” dice, con la serenidad de quien siembra. Sembrar en crisis es también un acto de fe en el futuro. Y la fe, cuando se expresa colectivamente a través del arte, tiene otro nombre: resistencia cultural.
Calibán aprendió el lenguaje de Próspero. Pero, en Morón, Calibán construyó su propio teatro.