Acompañaba a Daniel mientras miraba sus animados, en ellos, unos perripadres se divertían cada día con sus dos niñas, que son pura travesura y no paran de hablar e inventarse juegos.
En un momento el padre se siente engañado y les dice “no nací ayer”, para terminar explicando el significado de esta frase: “he vivido mucho, no puedo ser engañado fácilmente”, les dijo.
Entonces las niñas deciden jugar, a que ese, sería el primer día de vida de su padre y deben responderle sus dudas, enseñarle todo lo que debe saber.
El juego era una verdadera fiesta, el padre mostraba asombro ante un banco que no respondía a sus preguntas, al hecho de que todo era llamado por un nombre; la función de un friegaplatos, los árboles, la brisa. En un instante las niñas le ofrecen una hoja para que disfrute de ella; y al mirarla contra la luz del sol, él se mostró maravillado.
El juego termina y ya el padre no había “nacido ayer”, ya vuelven a la realidad, ya lo conocía todo, según las niñas.
Entonces él regresa para el patio, y desde la ventana ellas con su madre lo miran sentado bajo el árbol, contemplando fascinado, una hoja contra la luz del sol.
Pienso en la vida adulta. En el trepidar de los días, en una vorágine indetenible, que la inmensa mayoría de las veces, no nos deja hacer un alto para contemplar, dónde se esconde la belleza.
Creemos saberlo ya todo, por lo menos lo que vamos necesitando para vivir cada día, lo que tantas veces operamos como autómatas, sin necesidad ni de plantearnos otra mirada a lo que ya conocemos. Creemos saberlo todo, pero no disfrutamos de casi nada.
Y así estamos como el padre del animado. No nacimos ayer, hemos vivido ya mucho, sabemos qué es el sol, los árboles, sus hojas, pero nunca nos detenemos a contemplar sus colores, la maravilla que resulta aquello a lo que le ofrecemos un baño de luz.
Así es con todo. Con esas cosas que por pequeñas encierran toda la grandeza que las hace únicas. La pequeña conversación de temas que se escapen de lo que vivimos cada día. Escuchar una melodía y descifrar todo su sentido. Volver a mirar las escenas de una película que nos enterneció, regresar a las páginas de aquel libro inolvidable.
Nos cuesta mucho, porque el tiempo no alcanza, porque los ánimos se han esfumado, porque toda la energía se desvanece enfrentando situaciones límites cada día.
No vemos al amigo para morir de risa con historias pasadas, no sabemos de los tíos y primos, muchas veces no se visitan padres y hermanos; porque todo se torna imposible, y llegado a ese estado lo único que sobrevive son las excusas.
Los días pesan como siglos. La cuota de preocupación y de desesperación, tantas veces, no nos permite regresar al recuerdo hermoso, al gusto por la belleza que habita en los detalles, a nuestros encuentros que por irrelevantes y normales que pueden parecer son de una importancia inestimable. Nos alejamos de nuestra antigua manera de mirar y disfrutar cada segundo y nos sumergimos en un bucle donde no dejamos un solo instante para el disfrute sencillo, natural, a nuestro alcance.
Si imaginamos que nacimos ayer mismo y estamos sin conocer nada; si intentamos retomar nuestra capacidad de asombro, a mirar toda la creación como si nunca nuestros ojos hubieran tocado tal belleza. Si retomamos nuestros postergados sueños, a veces guardados bajo siete llaves; y si conscientemente comenzamos a devolverle el verdadero sentido a nuestra existencia, quizás dentro de poco nos sorprendemos debajo de un árbol disfrutando la belleza de una de sus hojas, contra la luz del sol que, sin darnos cuenta, cada día nos alumbra y calienta.