Solo basta con unirse

Comienza un año para el que, por encima de muchos anhelos, casi de manera unánime se deseó paz; porque la armonía es tan necesaria como la salud, el amor y cualquier manera de prosperidad. Los sueños de muchos se vieron rotos ya desde su mismo comienzo, y los de otros tantos no dejan nunca de estar amenazados.

Puede hasta el canto de un ave romper con la serenidad más suprema, un ladrido, una música estridente que llega de cualquier parte, y enseguida algo inquietante se activa dentro de nosotros. El mundo está imposible de habitar, dicen algunos. Paren este tren que me bajo, expresan otros.

Todo porque cada día suenan tambores de conflictos, se activan las alarmas y, hasta para los que hacen derroche de fuerza espiritual, resulta complejo alinear los sentidos y conservar la tranquilidad.

Que la paz se rompa es muy fácil, puede pasar en menos tiempo del que se pestañea, o se hace un chasquido de dedos y, casi siempre, para recuperarla basta con que esa sea la voluntad de muchos que saben que uniendo sus fuerzas y determinación puede lograrse revertir el caos, volver al paso sereno de la vida.

Hace unos días me contaron una historia sencilla pero inmensa, insuperable, como todas las obras con las que se consigue, desde la ayuda a un solo ser en apuros, devolver la tranquilidad en un lugar, y demostrar que no todo se ha perdido en este mundo, porque, muchas veces, solo es suficiente con unir las voluntades para cambiar el panorama, por siniestro que este sea.

Cuentan que, en una mañana de agosto de 2014, la estación Stirling en la ciudad de Perth, Australia, vibraba con su ritmo habitual. Pasajeros subiendo al tren, otros despidiéndose con la mano, trenes entrando y saliendo con precisión mecánica. Pero, en medio de esta escena cotidiana, ocurrió algo extraordinario: un hombre dio un paso para subir al tren y su pie resbaló, deslizándose directamente al estrecho y peligroso hueco entre el vagón y el andén.

En un instante, la rutina del día se rompió. Quedó atrapado. El miedo reflejado en su rostro, la respiración agitada mientras intentaba desesperadamente sacar su pierna, sin éxito, sonó como una sirena de combate. El personal de la estación corrió a ayudarlo, pero, incluso con su esfuerzo combinado, nada funcionaba. Cada segundo que pasaba se sentía más pesado, era una tensión espesa, como el aire antes de la tormenta.

Entonces ocurrió algo que reveló lo mejor de la naturaleza humana. Sin que nadie diera instrucciones, los pasajeros comenzaron a alinearse junto al tren. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos —completos desconocidos entre sí—, se pusieron hombro con hombro, unidos por un único propósito urgente: salvar una vida. Juntos empujaron.

Cada músculo se tensó, cada respiración contenida. Los rostros se endurecieron con el esfuerzo, el sudor apareció, los corazones latían con fuerza. Lentamente —casi imposible—, el tren comenzó a inclinarse. Solo cinco, tal vez diez centímetros, pero fue suficiente: con ese pequeño movimiento, el hombre finalmente pudo liberar su pierna del hierro que amenazaba su vida. Se quedó en silencio, mirando alrededor como si despertara de una pesadilla.

No hubo aplausos, ni celebración dramática, solo un suspiro colectivo de alivio, un reconocimiento silencioso de que algo extraordinario había ocurrido. Luego, con calma, todos retomaron sus trayectos, como si nada hubiera pasado. Pero algo sí había ocurrido. Y era innegable que se trataba de algo muy profundo.

Hasta hoy el incidente se recuerda como un símbolo mundial de cooperación humana, un recordatorio de que la verdadera fuerza no proviene del acero ni de las máquinas, sino de la unidad de personas ordinarias cuyos corazones se alinean en un momento de compasión compartida.

Salvaron la vida de un desconocido cuyo nombre ni siquiera conocían y, al hacerlo, dejaron una lección atemporal: la verdadera humanidad se manifiesta cuando las personas se unen como una sola y cambian el curso cruel de las desgracias en armonía, serenidad y paz.