A la energía que nos mueve a intentar nuevos comienzos, a insistir en aquello que nunca habíamos emprendido, a no perder el hábito de perpetuar lo que ya hemos practicado siempre, solo se me ocurre compararla con el fuego.
Porque es una fuerza superior y ardiente, pues se necesita de una llama interior siempre encendida para que los deseos de hacer no mengüen a cada instante, ante cada tropiezo, ante las dudas de cómo nos saldría, cómo seríamos mirados; ante el miedo al fracaso, al tiempo que no alcanza, a las oportunidades que sean escurridizas.
Porque tiene que ser cálido el espíritu para que nos impulse, para que no volteemos la mirada cuando se nos presente el momento de crecer; para que no nos conformemos con lo logrado o lo aprendido, si algo muy adentro nos dice que podemos seguir, aunque las cuestas sean empinadas y las escaladas muy difíciles.
Por eso, a aquellos seres que suelen aparecer, a veces de la nada, a instaurarte una duda, a decirte que midas las consecuencias, con temores infundados que ni tú tenías, esos embajadores por cuenta propia de los malos augurios, de las sospechas silenciosas; esos que ni saben cómo es que llegaste hasta aquí, de dónde sacaste las fuerzas, o si realmente seguiste porque no querías rendirte, a esos yo los llamo apagafuegos.
Y son una especie que no es tan rara de encontrar, cada día veo que aparecen, que creen tener todas las claves y las llaves, pero del desaliento; que, sin que nadie les pregunte, los convoque, evoque ni invoque, llegan más rápido que un tren bala a intentar apagarte hasta las llamas más fuertes, las que más arden y explotan como fuegos artificiales; como si les molestara ese brillo, el ímpetu de muchos para seguir creciendo a pesar de cualquier adversidad, locos por apagar hasta las llamas que más tardaron en expandirse.
Como malos especímenes, vienen solo detrás de los buenos deseos, de los caros anhelos, de los deseos más bellos de los corazones, de las ansias más puras de crecimiento, verdad y fortaleza. Lo demás no les importa, no les roba el sueño.
Pueden ver a los mediocres, malvados e insolentes en medio de su desastre espiritual, pero eso no les duele, porque ahí no existe fuego que los encandile, luz que ciegue. Para eso no traen fórmulas de amor triunfante, ni consejos trasnochados, ni una palabra que los inspire para que puedan intentar ser mejores; porque ellos no avivan el fuego en las almas oscuras, intentan apagar el de las almas encendidas.
A esa energía que nos levanta, que no nos deja quedar quietos ni al borde del camino, como decía el poeta, ni a medio andar ni medio tibios; a esa energía que, aunque sabe de temores y dudas, las enfrenta, y no se acaba nunca, hay que cuidarla de esos seres que andan muy atentos para llegar, sin que nadie los llame, a intentar apagar tu fuego. Y, créanme, que muchos hasta lo logran.