¿Lo venderías también?

Aquella conversación podía escucharla claramente gracias a lo cercanas que estaban las muchachas, quienes tampoco hablaban en voz baja.

Una insistía en comprarle a la otra sus aretes, era tanto el interés que le ofrecía mucho más de lo que realmente pudieran costar. Por su parte la dueña se negaba aludiendo a los años que llevaba usándolos y que formaban parte importante de su vida y sus recuerdos.

¡Eso es bobería, sentimentalismo! Exclamó la interesada. Después agregó: ¡Te pago hasta el valor sentimental!

Confieso que me hubiera gustado escuchar la respuesta de la aludida, mas había llegado a mi destino y no tenía justificación para seguir escuchando conversación ajena. Quizás ella no le hizo ni caso a la expresión, tampoco la creyó tan despectiva y fuera de todo rango de armonía y convivencia entre seres humanos; pero lo que a mí respecta, sin ser la dueña de los aretes, he pensado bastante en esa actitud.

Aumentan los seres que verdaderamente están seguros de que pueden pagarlo todo, sea lo que sea, valga lo que valga. Aumentan quienes sostienen que con dinero todo es posible y que sí pueden solucionar lo que venga, en absoluto.

No faltan quienes viven antojándose de los bienes y objetos que ya forman parte de la vida de otros, porque es como si fueran los únicos que existen en la Tierra y hay que pagar cualquier precio para obtenerlos. Y hasta existen quienes ya hacen lo mismo secundando antojos de sus hijos, que siempre el juguete que prefieren es el de otro niño.

Sobran los ejemplos de personas que nunca se deshacen de aquello cuyo valor más elevado radica en el grato recuerdo que representa en sus vidas; porque fue un regalo de alguien que no está, porque hubo pactos tácitos en el acto mismo de obsequiarlo o, simplemente, porque sienten grato apego por sus bienes aún cuando no los convierten en el centro de su existencia.

Aunque no es mentira que muchos, de muchas maneras, le han puesto precio a sus sentimientos más profundos, a lo más puro que atesoraban en su espíritu, que cedieron ante el ímpetu de quién vino a tasarle y a concederle valor monetario al tan sublime valor sentimental; ya sea por verdadera necesidad económica o porque también los antojadizos pueden ser muy convincentes.

No niego que me gustaría saber la respuesta de la muchacha, si sucumbió a la altanería o simplemente la indiferencia fue su mejor respuesta y todavía luce sus bonitos aretes. Así mismo confieso que me encantaría saber si la joven, capaz de todo por aquella prenda, termina cediendo un día ante el ímpetu de alguien que, también, desdeñosamente, intente poner precio a sus sentimientos.