Con madres

De todos los mundos que me invento, en el que no quisiera habitar ni un segundo, es en el mundo sin madres. Y no hablo de esas que ya no están en esta vida, todas idas a destiempo, si entendemos que nunca es suficiente para tenerlas con nosotros. 

Hablo de un mundo donde los seres no habitaron un vientre, no salieron a la luz después de mucho anhelo en meses de felicidad y espera, y no bebieron de unos pechos salvadores, tibios y seguros de entregar buena simiente.

El mundo sin madres sería vacío. Puros seres que nunca escucharon el más duro de los regaños mientras recibían el “sana, sana, colita de rana” que cura todos los males, junto al aleccionador “te lo dije, que te harías daño”. 

Mundo vacío de nanas para dormir, de suspiros en medio de las madrugadas, de llanto envuelto con sonrisa cuando el termómetro desciende, cuando el estómago ha sanado, cuando el sueño es sereno y reparador.

Sin mujeres meciendo sillones mientras esperan la llegada de los hijos, o el mensaje o llamada donde anuncian que llegaron a su destino. Espacios sin orgullosas graduadas junto a ellos, después de años de desvelos para que se iluminaran la mente y el corazón de sus retoños.

No quiero sitios sin esos horcones fuertes donde se sujetan los hogares, pese a dificultades, penas y quebrantos. Esas que saben los trucos para encontrarlo todo, para encender el mundo con un beso y zurcir desde un pantalón hasta un corazón roto.

Las hadas de las fiestas, las magas para llegar a fin de mes; las maestras, psicólogas, enfermeras y celadoras, todo a la vez, en un solo ser que sabe dividirse, quebrarse y recomponerse cada día después de cualquier sufrimiento de su alma, porque si un hijo es tocado por el mal, ella es también tocada.

La mejor de la Tierra es la de cada hijo, esa que no se cambiaría ni por un imperio, la más dulce, dedicada y fiel; la que sabe descifrar un suspiro callado, una dolorosa queja, y el silencio más cruel. Porque las madres no dan hijos, ellas se replican en cada uno; para ser ellas mismas multiplicadas.

No quiero vivir en un mundo sin madres, ni media hora, medio segundo, porque no quiero dejar de pedir paz y seguridad para ellas, de escuchar ese “mamiti” en la voz hermosa de mis hijos, ni dejar de ver la mirada dulce y serena de quien me puso en este mundo. 

Porque no quiero ni pensar en que un día se pudiera prescindir de estos seres supremos a los que se les otorgó el don sagrado de dar y esparcir la vida; de habitar todos los espacios a la vez, y caer rendidas ante la sonrisa tierna de sus hijos.