Una madre que derrochó amor.

Manana Dedicaremos este escrito a una madre como Bernarda Toro Pelegrín, Manana (1870-1907), para rendir tributo a todas las que, parafraseando a la cantante, han cargado en su vientre dolor y cansancio, han peleado con uñas y dientes, han sido valientes en su casa y en cualquier lugar, a esas guerreras invencibles, luchadoras incansables, a todas, mi respeto y el de ustedes también, amigas y amigos de la Gran Red de Redes.

Esta cubana nacida en Jiguaní, al iniciar la Guerra de los Diez Años, junto a su madre, marchó a la manigua para trabajar, junto a su familia, en Charco Redondo que era nada más y nada menos que un campamento y prefectura mambisa.

Allí la conoció el Generalísimo Máximo Gómez Báez con quien, sin la presencia de un juez colonial sino, bajo la sencilla presidencia de un prefecto cubano, en un rancho de yaguas cobijado por guano, contrajo nupcias.

El matrimonio duró 35 años —hasta la muerte del Generalísimo— y tuvo que enfrentar riesgos, peligros, combates y extrema pobreza, pero aun en esas condiciones le nacieron 11 hijos, de los cuales sobrevivieron seis.

No hay dolor que se pueda comparar con el de una madre al perder un vástago y a eso se sobrepuso esta cubana —no una, varias veces—. El primer fruto, una hembra que se nombraba Margarita, no vivió mucho tiempo. Las privaciones de aquella dura campaña militar le arrebataron la vida a los pocos meses.

En Guantánamo, nacerá el segundo de sus hijos, llamado Andrés, como el abuelo paterno, quien tampoco pudo vivir mucho, murió con apenas once meses, pero ya la madre esperaba un tercer hijo, una hembra, a la cual llamó Clemencia, como la abuela paterna.

Historiadores de la vida de Máximo Gómez, recogen en varias de las fuentes consultadas que cuando la niña tenía un mes de nacida, fueron sorprendidas por el ejército español en el rancho donde la joven madre cuidaba a su hija.

No tuvo tiempo Manana más que para tomar a la niña y huir hacia el bosque inmediato. Perdida, extenuada, sin alimentos y temiendo caer en poder de los españoles fue encontrada dos días después por las fuerzas cubanas.

Más tarde, en un rancho junto al arroyo Toro, en La Reforma, se instala el general Gómez; allí, nace su hijo Francisco, pero la persecución española se hace muy activa. Son sorprendidos una vez más donde vive la insigne madre con sus dos hijos.

Sepan los amables internautas que tomó a Clemencia y huyó en una dirección. Sixta, quien la ayudaba en los quehaceres, salió hacia otro lado con Panchito en sus brazos. Pocas horas después son encontradas por los mambises Manana y Clemencia, la angustia duraría tres días, hasta que hallaron a Sixta con el niño, quienes habáin sobrevivido, gracias a que descubrieron, nada más y nada menos que un ¡nido de gallinas!

Bernarda acompañó a Gómez en todas las campañas en que participó. Vivió en refugios, bohíos abandonados, sufriendo, no pocas veces, la persecución del enemigo español y los rigores del clima de la Mayor de las Antillas. Soportó, sin una queja, una vida azarosa, llena de peligros, privaciones y necesidades, para ella y sus hijos.

Conozcan los lectores que siempre se mantuvo al lado de su combatiente esposo y fue su soporte moral en toda la contienda bélica, estuvo junto a él en momentos de alegría, de dolor y de tristeza. Lloró y guardó luto por la muerte de sus hijos, el propio Gómez escribiría en una ocasión a su hija Clemencia: “Tu madre jamás quiso abandonarme y me seguía a todas partes. ¡Cuánto no pasaría!”.

Ya en 1877 nace su segundo hijo varón y el tercero en orden cronológico —desde luego, descontando los dos que ya habían muerto—, se trasladan a Kingston, en Jamaica, estando Manana enferma. Más adelante Gómez es invitado por el gobierno de Honduras y se traslada hacia ese país, quedando ella en la capital jamaicana, donde nace otro hijo al que llamarán Urbano.

Posteriormente, se traslada con su familia a Honduras y allí las penas y las miserias se le multiplican, lo que provoca que fallezca su segundo hijo Andrés. Aquella sufrida madre enferma de gravedad nuevamente, pero la solidaridad de buenos cubanos llega a Honduras y le plantean al general Gómez la posibilidad de viajar hacia los Estados Unidos.

Recorrió ese país norteño y pocos meses después llevó o su familia a Nueva Orleáns, lugar donde nació su hijo Bernardo. Al año siguiente los envió a Jamaica, y en marzo de 1886, el propio general Gómez regresó junto ellos. Allí nació otro hijo, al que llamará Andrés, al igual que el abuelo paterno y que los otros dos hermanos fallecidos.

De Jamaica, la familia se trasladó a Santo Domingo, donde organizó un cafetal y una vega de tabaco a unas veinte leguas de Montecristi. En recuerdo al lugar donde había nacido su hijo Francisco, llamarán su nueva finca La Reforma. En ese sitio nace la más pequeña a quien llamaron Margarita, como la abuela materna y como la ya fallecida primera hija.

Cuando Gómez partió con el Apóstol cubano, Manana quedó al cuidado de los hijos y resurgieron las privaciones. En su diario, el Generalísimo, que ha dejado atrás a quien continuó siendo su mejor y más segura retaguardia, escribe: “¡Quién cuidará de los míos!¡Quién dará pan y cariño a mis pobres hijos!”. Y el mismo se responde: “Solamente su madre”.

Manana aprendió a torcer cigarros, por si la necesidad le demandaba un nuevo sacrificio, además se resignó a dejar partir a Panchito, quien se convirtió en ayudante del Titán de Bronce, Antonio Maceo, y cayó en combate junto a él, al tratar de rescatar su cuerpo.

Tomás Estrada Palma, quien fungía como delegado del Partido Revolucionario Cubano luego de la caída en combate de José Martí, ordena que se le entregue a la valerosa mujer, quinientos pesos oro, pero ella se niega a recibirlos y costó mucho trabajo convencerla para que los aceptara.

Sin embargo, rechazó la pensión que se le ofreció. “Las que hemos dado todo a la Patria: padre, esposo, hijos... apenas si tenemos tiempo para ocuparnos de las necesidades materiales de la existencia. Aun me queda mi hijo Maximito, de diecisiete años, que labrando la tierra me trae pan bastante blanco con que satisfacer las necesidades de la vida: aún nos queda con que contribuir mensualmente a la redención de la Patria y no debe gastarse en pan lo que hace falta para pólvora”.

Regresó a Cuba en 1899 y se mantuvo junto a Gómez, hasta el fallecimiento de este. Se integró a la junta patriótica de La Habana y falleció en esa ciudad capital en 1911.

Bernarda Toro Pelegrín, fue una mujer, una madre, de una generación que hay que recordar siempre como símbolo imperecedero de amor a la patria y su familia. Constituye ejemplo, no solo por el valor personal a la hora del combate, sino por ser el soporte moral de su esposo, hijos y hermanos durante 30 años de combate por la independencia de esta bella isla antillana.

Curiosidades

• Sepan, amigas y amigos que gustan de estas breves cápsulas, que en la jerga popular se dice: “De todos los regalos que la vida tiene que dar, una buena madre es el más grande de todos”.

• Los mitos antiguos aluden al hecho de que los griegos y los romanos celebraban el Día de la Madre honrando a la diosa Cibeles, personificación de la Madre Tierra (Gaia) y diosa de la fertilidad, y a Rea, madre de los dioses.

• La lactancia supone un gran desgaste para las nutrias marinas. Con necesidades energéticas excepcionalmente altas, debido a su pequeño tamaño corporal en el caluroso Pacífico, son vulnerables al agotamiento de sus reservas de energía en los meses posteriores al embarazo, pues alimentan a sus crías y a sí mismas.

• Las mujeres que han tenido tres hijos, pierden cuatro dientes más que las que han tenido dos o menos. 

• Las madres ballena azul para alimentar a sus crías —gigantescos bebés que crecen rápido y ganan 90 kilos al día— producen nada más y nada menos que ¡190 litros de leche al día!, con un contenido de grasa entre el 35 y el 50 por ciento, lo que les proporciona el sustento suficiente para alcanzar su peso adulto de hasta ¡180 000 kilos! Así como zumba y suena.