No existen fórmulas mágicas para el amor desbordado y radiante. Tampoco químicas, matemáticas o físicas; no existen tratados infalibles, consejos irrefutables, ritos sin descifrar, códigos secretos ocultos bajo siete llaves.
El amor exquisito e inmaculado llega y se instaura, como quien dice: llegué y ahora constrúyeme o déjame morir.
Es entonces cuando dudamos si dejarnos arrastrar por esa llama que parece nunca dejará de arder, por cada instinto, cada beso que se va, cada suspiro; o comenzamos a hurgar en todas las recetas que creemos sabernos de memoria, en cada gurú que cree tener la última verdad en materia de cercanía y apegos, en cada experiencia oscura que nos aconseja no avanzar, o cada recuerdo cálido del amor verdadero que nos incita a lanzarnos sin arnés ni cinturón.
Y ahí vamos, dejando estelas de lo que somos como polvo de estrellas que guíe al otro hasta nuestra alma, para que hurgue y encuentre ese lugar seguro donde queremos que se quede, habite y se sienta tan pleno que no haya fuerza en el mundo que lo haga alejarse.
Caricias tan suaves como la seda, noches de ensueño; conversaciones más suculentas que las sopas que apaciguan el frío y alejan la nostalgia, besos que te hacen creer que nunca antes tus labios fueron tocados.
Y todo el tiempo nos parece poco, o que vuela, se va como un suspiro y anuncia los amaneceres en que no quieres tener que alejarte o dejar ir, en los que el susto del amor se hace verdad y te descubres atrapado, pero es tal el frenesí que aceptas la dulce pérdida de libertad, la felicidad de fundirte con alguien en un solo ser.
El viaje al centro del amor es apasionante, pues comienza con una luz muy cegadora y va cobrando en el camino esa lucidez cálida y silenciosa que no le resta brillo, si no que lo hace fuerte, apacible y sereno; que no amaina los latidos del corazón, mas le imprime poder a la mente, y logra ese equilibrio tan exacto, como la maquinaria de un reloj antiguo, que nos hace insistir en él aunque el camino ya parezca cuesta arriba.
Es sublime el amor rosa, el de pies tibios tocados en madrugadas frías, manos temblorosas, mensajes dejados en cualquier bolsillo; pero ninguno vibra más que el amor que resistió el miedo y las dudas, los días más difíciles, las carencias, distancias, los olvidos.
El amor seguro de sí mismo, ese que no huye ante la primera borrasca, el que confía, sabe que detrás del nubarrón puede aparecer tímido el sol, que en medio del cruel frío una tenue llama va a arder, porque él mismo es fuego.
Él que creció bajo finísimas lloviznas, sobre tierra fértil, abonado con caricias puras, palabras de consuelo; que conoce de memoria los rincones más cálidos de los corazones; que puede con todos los quebrantos, con días oscuros, con malos pronóstico.
Amor supremo que resistió a los siglos, que presenció despertares magníficos, mágicos sueños; acompañó en las pesadillas, combatió el insomnio y sobresaltos en noches interminables de agonía.
Sin fórmula mágicas fue engendrado, sin inalcanzables ingredientes. Sin más certezas que las que dictan las almas que albergan el cariño tranquilo, la dulce sonrisa, el suspiro callado, la armonía.
Amor seguro que enciendes el mundo con un beso e iluminas todo; que conquistas cada día la salida del sol y das nueva vida a los cuerpos cansados, a los espíritus dormidos y que haces de cada mañana el mejor sitio donde plantar nuevas semillas.