Sol y pueblo

—Sol: ¿Qué miras Pueblo, que ya desde las cinco de la mañana te siento despierto, con los pies sobre la tierra caliente y la mirada fija en el oriente, por donde nace el alba?.

—Pueblo: Te miro Sol, porque hoy es Primero de Mayo y tú siempre has sido testigo de nuestras marchas. Hoy los avileños, como todos los cubanos dignos, salimos con la frente tan alta como el Turquino. El próximo 13 de agosto celebraremos los cien años del nacimiento del Comandante en Jefe Fidel Castro, aquel que nos enseñó que un obrero consciente es más fuerte que todos los imperios del mundo. Por su legado, por la defensa de la Patria y contra la guerra estamos aquí.

—Sol: Ya veo. Por eso tus banderas rojas y negras ondean. Por eso los niños van sobre los hombros de sus padres, y los ancianos, aunque caminan despacio, no faltan a la cita. Dime, Pueblo: ¿qué reclamas hoy bajo mi calor que ya empieza a apretar?

—Pueblo: Reclamamos lo que siempre Sol, pero hoy lo decimos con una sola voz: No a la guerra. Sí a la paz. ¿Acaso no ves que sobre esta Isla pesa un bloqueo que es un genocidio silencioso? Nos niegan medicinas, alimentos, combustible. Nos asfixian la economía, nos cercan la esperanza. Y, sin embargo, aquí estamos, otra vez en la calle, en la plaza, porque la paz que merecemos no es la de los cementerios, sino la de los pueblos vivos.

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—Sol: He visto muchas cosas desde lo alto. He visto imperios caer y guerras absurdas. Pero ustedes, los cubanos, tienen algo que me desconcierta: ríen cuando deberían llorar, cantan cuando otros callan. ¿De dónde sacan esa fuerza?

—Pueblo: De la hidalguía Sol. Esa palabra que llevamos en la sangre los cubanos, y los avileños no somos la excepción. Ser hidalgo no es tener títulos, es tener dignidad. Es no doblar la cerviz, aunque el viento sea huracán. Eso nos lo heredaron nuestros abuelos mambises, y eso lo encarnó Fidel en cada discurso, en cada madrugada de desvelo, en cada “Patria o Muerte, venceremos”.

—Sol: Háblame de Fidel, Pueblo. Porque, aunque alumbro todos los días, hay hombres que dejan una luz más duradera que la mía.

—Pueblo: Fidel era el sol de los pobres, el abogado de los imposibles. Nació hace casi un siglo, pero su voz aún retumba en cada fábrica, en cada escuela, en cada consultorio médico. Nos enseñó que un país pequeño puede plantar cara al gigante si sus trabajadores son dueños de su destino. Por eso hoy, cuando desfilamos, lo recordamos a nuestro lado. Va con nosotros.

—Sol: Y sin embargo, veo también cansancio en tus ojos Pueblo. No el de una noche en vela para la celebración de este Primero de Mayo, sino ese otro, el que deja huella después de meses y años de que te aprieten sin que te rindas. Te veo en las filas para el pan antes del alba, con el sereno aún pegado a la ropa. Te veo en las bicicletas que rodaron donde antes rugían autos. Te veo en el campo, al compás del trabajo; en la manera de estirar el carbón en los hogares para que dé para la próxima cena.

“También veo hidalguía Pueblo. Veo deseos de progreso en cada invento casero, en cada huerto improvisado, en cada niño que estudia con luz de vela si hace falta. Pero déjame preguntarte, con el corazón atravesado por esta misma fatiga que comparto: ¿no te pesa la resistencia? Porque verte así, firme, pero sonriendo, con caminar lento y seguro, me hace saber que el milagro no es que sigas de pie —el milagro es que aún tengas fuerzas para salir hoy, mañana y siempre, como lo has demostrado en casi 70 años.

—Pueblo: Claro que pesa Sol. Pero el bloqueo no es un castigo divino, es un crimen de Estado diseñado en Washington para rendirnos por hambre y desesperación. Nos llaman “dictadura” los que bombardean pueblos enteros. Nos acusan de “falta de libertad” los que nos niegan el derecho a comprar una jeringuilla, un respirador o un marcapaso. ¿Quién es el genocida aquí, Sol? Dímelo tú que lo ves todo desde tu altura.

—Sol: Lo veo Pueblo. Y me quemo de vergüenza ajena. Pero dime: en medio de tanto asedio, ¿qué festejas hoy?

—Pueblo: Festejamos la vida. Festejamos que, a pesar de todo, aquí no hay un niño sin médico, ni un anciano abandonado, ni un analfabeto. Festejamos que nuestras mujeres son ingenieras, científicas, maestras. Festejamos que este Primero de Mayo los avileños, como los buenos cubanos, decimos no a la guerra, mientras otros pueblos del mundo se matan por fronteras, por petróleo, o traicionan a los suyos. Festejamos la paz, pero una paz activa, combativa, revolucionaria: la paz que se conquista con la resistencia.

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—Sol: Entonces no me pidas que me vaya Pueblo. Quédate un rato más bajo mi luz. Quiero ver cómo termina esta historia de hoy.

—Pueblo: No termina Sol. Mientras haya un solo cubano con la frente en alto, la historia continúa. Y mientras exista el bloqueo, nosotros seguiremos marchando. Porque el Imperio puede negarnos todo, menos la dignidad. Y eso Sol, ni tú, con todo tu fuego puedes quemarlo.

—Sol: Me rindo Pueblo. No ante el bloqueo, sino ante ustedes. Sigan caminando. Yo les presto la luz. Ustedes pongan el coraje.

—Pueblo: Trato hecho Sol. Ahora déjame seguir. En la plaza cercana esperan los míos. Vamos a cantarle a Fidel en su centenario, a los trabajadores caídos, a la paz que merecemos. Y cuando caiga la tarde, nos veremos de nuevo. Tú te irás por el oeste, y nosotros volveremos a casa con la garganta rota de tanto gritar: ¡Viva la clase obrera! ¡Viva Fidel! ¡Abajo el bloqueo!

—Sol: Hasta mañana Pueblo. Y que sepas: nunca he alumbrado a nadie más digno que ustedes.

—Pueblo: Hasta mañana Sol. Y gracias por la luz. La oscuridad nos la pone el bloqueo. La claridad la ponemos nosotros.