Ramiro, una luz que no se apaga

Porque no cualquiera carga con la dignidad con que se escriben las historias de hombres de la talla de Ramiro Valdés Menéndez.

Duele decirlo, pero Ramiro ya no está. Duele porque su nombre era sinónimo de resistencia, de esa fibra que no se dobla ni con los años ni con los golpes. Duele porque su silencio se ha vuelto eterno, y su ausencia pesa más que cualquier discurso.

Lo conocimos como Comandante, como ministro, como vicepresidente. Pero los que supieron mirar más allá, los que se quedaron a su lado en las horas bajas, saben que antes de todo eso fue el muchacho de Artemisa, aquel que prefería desarmar una radio antes que correr detrás de un balón. Su niñez fue de pobreza y curiosidad; su juguete favorito, un destornillador y un montón de cables. Desde entonces supo que la energía no se inventa, se transforma. Y él mismo fue energía pura, transformándose en cada batalla.

En la Sierra, cuando el monte apretaba y el hambre era compañera de campaña, Ramiro no levantaba la voz: levantaba el ejemplo. Fue segundo jefe del Che, pero nunca buscó reflectores. Prefería la trinchera, el mapa, la estrategia. Allí aprendió que la libertad no se conquista con arengas, sino con método y sangre fría. Y cuando bajó de la montaña, ya no era el mismo; era un hombre que había medido la luz de la Revolución y había decidido que valía la pena quemarse por ella.

Pero no todo fue combate y fusil. Hay un Ramiro que pocos conocen: el de los ratos libres, el que se sentaba frente a un equipo de radioafición con la misma pasión con que otros miran el mar. Era su hobby, su vicio secreto: enlazar voces a través de las ondas, conectar puntos distantes, como si quisiera tender puentes invisibles entre la isla y el mundo. También le gustaba la fotografía, atrapar instantes, fijar la memoria en un papel. Decían que cuando viajaba a las obras eléctricas, llevaba su cámara y retrataba a los trabajadores, no a los edificios. Porque él, de pies a cabeza, era un humanista.

Su paso por Ciego de Ávila, por los parques solares, no fue el de un burócrata de visita. Era el del ingeniero que se arremangaba, que preguntaba por el rendimiento de los paneles y la inclinación exacta de los módulos. No buscaba culpas, buscaba soluciones. Se sentaba con los técnicos, compartía su café, escuchaba. Y cuando se iba, dejaba una enseñanza: la soberanía energética es tan sagrada como la política. Porque sin luz no hay hospital, no hay escuela, no hay futuro.

Su relación con Fidel era de esas que trascienden los cargos. Mientras uno soñaba los horizontes, el otro los trazaba en planos. Ramiro era el hombre de los números, de la viabilidad, del rigor. Pero también el de la lealtad más absoluta, esa que no negocia ni con el poder ni con el tiempo. Y cuando Fidel partió, él siguió en la brecha, con la mirada fija en Raúl, su hermano de causas, su comandante en la tierra.

Los años le fueron doblando el paso, pero nunca la mirada. Esa mirada suya, clara y profunda, seguía viendo más allá del presente. Cada parque fotovoltaico inaugurado era su victoria; cada joven ingeniero formado, su legado. No quería estatuas, quería resultados. Y los tuvo.

Hoy, cuando la noticia corre de boca en boca, hay un nudo en la garganta de Cuba. No es el luto oficial: es el dolor verdadero, el que se siente cuando se va un padre, un abuelo, un maestro. Los trabajadores eléctricos, esos que él tanto respetaba, lo lloran en silencio porque intuyen que se ha ido un pedazo de la historia viva.

Pero la energía no desaparece, se transforma. Y Ramiro Valdés Menéndez —asaltante del Moncada, expedicionario del Granma, combatiente de la Sierra, héroe de la República de Cuba y Comandante de la Revolución— ahora es luz.  

Luz en la memoria de quienes lo acompañaron, en la voluntad de los que continúan su obra.

No cualquiera carga con la dignidad con que él escribió su historia. Porque la historia no se escribe con tinta, sino con hechos. Y los hechos de Ramiro Valdés son de esos que no se borran, que pesan, que duelen y que, al mismo tiempo, nos sostienen.

Hoy nos toca despedir a un gigante. Pero los gigantes no mueren: solo cambian de forma. Y Ramiro, desde algún lugar, seguirá midiendo la luz y la libertad.