Martí no cabalga del lado del imperio

Que cada cubano tiene su propio Martí es, a estas alturas, una idea bastante manida. Como suele suceder con las grandes figuras de la Historia —las reales y las surgidas del imaginario colectivo—, al Apóstol de la Independencia de Cuba se le mira desde perspectivas, valores y experiencias de vida sumamente diversos y, en ocasiones, contradictorios.

Así, no extraña que existan tantas aproximaciones a José Martí como personas han entrado en contacto con su ideario. Y eso, a grandes rasgos, no está nada mal. El problema no es que cada uno imagine un Martí personal, íntimo, cercano, dibujado a medio camino entre la verdad histórica y la expresión de nuestros propios sistemas de valores.

Lo grave —lo gravísimo—, es dejar que la imaginación, los sesgos ideológicos y la propaganda política de cualquier tipo empañen el camino vital de quien, antes de figurar en la memoria colectiva y la veneración patriótica, fue un hombre de su tiempo, convencido de la utilidad de su sacrificio y dispuesto a ser consecuente con sus ideas hasta el final.

Lo digo porque últimamente está de moda utilizarlo para justificar cualquier postura sumisa frente a las amenazas de Estados Unidos. En estos días de chantajes, traiciones y promesas de aniquilación, pareciera que ciertos cubanos preñados de odio —que son, en todo caso, la negación más vulgar y descarada del pensamiento martiano— amanecieron un día tremendamente comprometidos con el Apóstol. Citan sin ton, ni son, a veces frases que nunca dijo, todo para justificar un escenario de cambio de régimen que implicaría, casi con total seguridad, la intervención militar de Estados Unidos.

Pero, ¿hubiera estado Martí de acuerdo en abrir las puertas del país a las tropas norteamericanas y permitirles extenderse todavía más por las tierras de Nuestra América? ¿Aplaudiría que se derribara un gobierno autóctono, sean cuales fueren sus deficiencias, por la mera satisfacción del caos y para encumbrar después a un gabinete peor? ¿Escribiría a favor de atar a Cuba económica y políticamente a los Estados Unidos? Un breve recorrido por su obra escrita nos convencería de lo contrario.

Por supuesto, Martí fue un admirador sincero del progreso científico y tecnológico de los Estados Unidos. No dejó de apreciar cuanto de bueno y prometedor podía ofrecer a la Humanidad ese gran polo del desarrollo capitalista que crecía en Nueva York y otras grandes ciudades. Pero también tuvo la lucidez suficiente para descubrir, entre el brillo de las candilejas y el ritmo trepidante de la vida material, que aquella sociedad tenía el alma metálica, artificial, envanecida, y que no serviría como modelo para los pueblos latinos del continente.

Esas sospechas quedaron confirmadas cuando comprendió la voracidad de los Estados Unidos y sus planes de someter al conjunto de repúblicas latinoamericanas del cual Cuba un día sería parte. En ese sentido, fue quizá uno de los líderes revolucionarios de su tiempo que más trabajó y conspiró contra la agenda imperialista estadounidense, algo que tampoco pasó inadvertido para las élites políticas de Washington.

Pero esta visión tan clara del enemigo exterior no lo convertía en un iluso sobre las dificultades internas de la lucha. Tampoco lo llevaba a idealizar el camino hacia la libertad como un proceso exento de dureza. Por el contrario...

El amor, la libertad y la dignidad son constantes en la obra escrita y en la oratoria de Martí. Y quizá tantas alusiones a lo virtuoso nos conducirían a pensar que fue una especie de santón, defensor de conceptos abstractos y totalmente opuesto a la violencia o a la limitación de alguna de esas libertades. A quienes piensan así habría que mostrarles algunas circulares firmadas por él y Gómez en la guerra.

Puede resultar contraintuitivo, pero muchas veces el camino hacia la paz está regado de pólvora, y el de la libertad se alza ayudado por la rudeza. Martí lo comprendía. Sabía que llevar la libertad, el amor y la dignidad al terreno de la vida diaria no sería tan sencillo, que haría falta mucho más que buenos deseos, indulgencia y llamados a la fraternidad.

Nadie que estudie con detenimiento la historia del régimen colonial en Cuba y la resistencia del mambisado puede creer que sobre la espiral de los hechos cotidianos hubiera sido posible practicar la libertad absoluta, el amor abstracto o dotar a las clases populares de condiciones de vida dignas.

Esos valores humanistas estaban allí, en el centro del proyecto martiano, pero sería ridículo pretender que fueran practicados sin limitaciones cuando del otro lado del campo de batalla esperaban amenazantes las bayonetas españolas.

La noción de Martí como defensor a ultranza de la libertad absoluta, o como promotor de un inexistente mundo de amor y comprensión, es una forma de tergiversar la complejidad de su ideario, y de amoldarlo a conveniencia para que parezca totalmente opuesto a cualquier proyecto político que decida defender la soberanía y el derecho a la autodeterminación del pueblo a costa de los mayores sacrificios. Ante ese Martí irreal, naif y aséptico, probablemente la Revolución Cubana no tendría razón de ser.

Pero el Martí que nos toca defender —ese que fue carne, humanidad y verbo encendido— tendría una opinión bastante distinta sobre el contexto actual. Se sentiría insatisfecho con el país que hemos podido ser, señalaría nuestros despropósitos y yerros, pero también sería capaz de ir a la raíz, de comprender las esencias del Proyecto. Y nunca, jamás, bajo ningún concepto, apoyaría a los imperialistas y a los cubanos que eligieron, para su eterna vergüenza, el lado incorrecto de la historia.

Contra ellos y su mala entraña sigue cabalgando Martí cada 19 de mayo, de cara al sol, con el ceño desafiante y la furia fundadora de la manigua.