Loma de Cunagua: domo de vida entre la llanura y el cielo



En la ruta desde Morón hasta Bolivia, sobre el tramo más hermoso del Circuito Norte, el paisaje se viste de verde profundo durante la primavera. Y allí, justo donde la carretera parece rendirse ante el horizonte, se alza solemne la Sierra de San Judas de la Cunagua.

La gente la llama simplemente Loma de Cunagua, y la identifican como una de las maravillas naturales de la provincia de Ciego de Ávila. Nace del llano con una soberbia callada, y es casi imposible que el viajero no detenga el paso para mirarla. Pero lo mejor no está en su silueta, sino dentro de ella. Por eso, no es casualidad que este 17 de junio se convierta en escenario del acto nacional por el Día Mundial del Medio Ambiente.

El geógrafo Daniel Joel González, director de Catastro en Ciego de Ávila, explica que es un domo salino y una elevación ovalada de 24 kilómetros cuadrados que alcanza los 338 metros sobre el mar, formada hace unos 30 millones de años, en el período Paleógeno.

Un domo salino —argumenta— guarda en su entraña un mineral blanco y soluble: la sal gema. Sobre él se alternan calizas y margas, rocas nacidas del antiguo vaivén del mar. Por eso los suelos de la loma, erosionados por la pendiente, son ferralíticos, pardos rojizos y pardos carbonatados: ideales para que crezca una vegetación generosa que alimenta, a su vez, una fauna diversa.

Declarada área protegida de significación local, posee en la actualidad la categoría de Refugio de Vida Silvestre. Antes, se le denominaba Refugio de Fauna, pero el nombre nuevo es más justo: aquí no solo se cuidan los animales, sino también los árboles, los helechos, las orquídeas y los procesos enteros de la naturaleza, gracias al empeño de la Empresa Provincial de Flora y Fauna, administradora del sitio, y con la colaboración de las comunidades cercanas.

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En sus laderas crecen la palma real, la jocuma, el ocuje, el jiquí, la yagruma, la guácima, el cedro, la majagua y el almácigo. En los espacios más húmedos se esconden helechos, enredaderas y epífitas tan delicadas como las orquídeas y el curujey.

La fauna es un pequeño tesoro de endemismo. Alberga cotorras, cateyes, gavilanes, tomeguines del pinar, totíes, grullas, palomas, sijúes cotuntos y plataneros, tocororos (el Ave Nacional), carpinteros verdes y churrosos, cartacubas, cabreros y zunzunes.

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Daylon Fundora Caballero, jefe del Departamento de Recursos Naturales, Ecosistemas Priorizados y Cambio Climático, en la Subdelegación de Medio Ambiente de la Delegación Territorial del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente, precisa los límites del refugio: abarca todo el domo salino y una porción al norte, dentro del Gran Humedal del Norte de Ciego de Ávila (GHNCA).

Allí se encuentra el palmar El Tres de Galán, quizás el más grande del centro de Cuba, y también con una de las poblaciones más numerosas de cotorras y cateyes. En solo 24 kilómetros cuadrados conviven cinco especies de palomas —dice Fundora Caballero—, entre ellas la paloma perdiz, endémica y en peligro de extinción. Eso es mucha vida para tan poco espacio.

Además, la loma ofrece refugio a lagartos y majaes. Estos últimos suelen asomarse en las pequeñas cuevas que la erosión ha labrado en la roca.

En la cima hay un mirador. Quien llega hasta él siente que merece cada paso de la subida. Desde allí se abraza con la mirada todo el GHNCA: un tapiz de azules y verdes que cambia con la luz. Es, sin exagerar, una de las vistas más hermosas de la región.

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Dos senderos invitan a recorrer la loma sin prisa: El Palmar de Las Cotorras y Los Tocororos. Ambos permiten ver de cerca a los psitácidos y al Ave Nacional, y regalan postales que cualquier viajero querría llevarse en su cámara.

La Loma también tiene sus peligros. Entre enero y mayo, la sequía trae el riesgo de incendios forestales. Por eso, cuidarla es una tarea compartida: velan por ella los guardabosques, especialistas y técnicos de la Empresa Provincial Flora y Fauna, los vecinos de las comunidades cercanas y trabajadores de las fincas aledañas.

Este 17 de junio, cuando se celebre el acto provincial por el Día Mundial del Medio Ambiente, la Loma de Cunagua no será solo un escenario bonito. Será, sobre todo, una lección viva: nos enseñará que proteger un domo salino viejo, con millones de años, significa proteger también sus palmares, sus aves y un bosque denso.  

Como dice un viejo campesino que vive a su sombra: “Uno no viene aquí a ver una montaña, sino a entender por qué, sin ella, la llanura estaría incompleta”.