Cuando la Dirección General de Educación de Ciego de Ávila convirtió su entrada en una pequeña biblioteca de regalo, puso en práctica una verdad que muchos olvidan: el libro no espera, sale al encuentro del lector
Hay gestos que dicen más que los discursos. Uno de ellos está ocurriendo desde hace poco en el portal de la Dirección General de Educación de Ciego de Ávila, donde una modesta pero significativa colección de libros fue dispuesta para quien quisiera llevarse uno. Solo uno, el de su preferencia. Literatura universal, literatura docente, textos que tocan la vida desde ángulos distintos. Ningún trámite, ninguna condición. Solo el gesto de extender la mano y elegir.
La iniciativa, impulsada durante la semana de receso escolar (Jornada de la Victoria), tiene un mérito adicional que no debe pasar inadvertido: no nació en el Centro Provincial del Libro y la Literatura, ni en el sistema de bibliotecas públicas o escolares, que son los espacios naturalmente concebidos para estas misiones. Surgió desde el corazón mismo del organismo rector de la educación en la provincia. Eso revela una convicción: que el fomento de la lectura no es tarea exclusiva de las instituciones del libro, sino responsabilidad de quienes forman personas.
Y vaya si hace falta esa convicción hoy. Vivimos tiempos en que la pantalla compite ventajosamente con la página impresa. Las redes sociales fragmentan la atención, la inteligencia artificial ofrece respuestas instantáneas y el pensamiento pausado, profundo, que exige la lectura, pierde terreno ante la velocidad de los estímulos digitales. En ese paisaje, promover el hábito lector no es un acto nostálgico ni decorativo: es una forma de resistencia cultural y pedagógica.
Porque leer es, ante todo, un proceso cognitivo de apropiación de la realidad. El lector no recibe pasivamente: construye, interpreta, cuestiona, imagina. Cada libro leído ensancha el vocabulario, afina el pensamiento lógico, desarrolla la empatía, ejercita la capacidad de concentración. Pero más allá de estas ventajas mensurables, la lectura hace algo que ningún algoritmo puede replicar: nos convierte en mejores seres humanos. Nos pone en el lugar del otro. Nos enfrenta a preguntas que no tienen respuesta fácil. Nos obliga a mirar hacia adentro.

Esa dimensión espiritual de la lectura es quizás la menos visible y la más poderosa. Un libro bien leído no solo informa: transforma. Puede aquietar la angustia, ensanchar la esperanza, devolver el sentido cuando el mundo parece carecer de él. En tiempos de crisis como los que atraviesa el país, leer es también un acto de resiliencia, una forma de sostenerse desde adentro cuando las circunstancias aprietan desde afuera.
Por eso resulta tan oportuno y tan necesario, que una institución educativa provincial haga suya esta bandera. El mensaje implícito en esa mesa con libros es poderoso: el conocimiento no se atesora, se comparte. La cultura no se administra desde lejos, se pone al alcance de la mano.
Leer es más que un placer: es una virtud. Una necesidad. Un derecho inalienable que no caduca ni se sustituye por ninguna tecnología. Ojalá ese gesto sencillo inspire a otras instituciones, en Ciego de Ávila y más allá, a hacer del libro no un objeto de vitrina, sino un compañero de vida al alcance de todos.