Hay presencias que no cesan aunque el cuerpo ya no esté. Hay ausencias que enseñan, por primera vez, cuán grande fue lo que tuvimos.
En el largo peregrinar de la existencia humana, siempre nos acompaña una figura. A veces camina a nuestro lado, tangible y cálida. A veces se aleja hacia territorios que los vivos no cartografiamos todavía. A veces —y esto es quizás lo más hondo— permanece velada, porque hay velos en la vida que no permiten ver con claridad lo que vale lo que se tiene, hasta que ya no se tiene.
Las madres cubanas conocen de velos. Conocen de silencios cargados y de madrugadas que ningún almanaque registra. Sobre sus hombros reposa un peso que pocas culturas exigen con igual severidad: el de sostener el núcleo esencial —la familia, los hijos, los hermanos, el esposo— en circunstancias que a menudo desafían cualquier comparación.
No es solo la carencia material, aunque esa también las desvela. Es la suma de todo: el apagón que sorprende a media cena, la cola que devora la mañana, el hijo que se fue lejos y cuya voz llega fragmentada por una llamada, el otro que se quedó y que hay que seguir alimentando de pan y de esperanza.
Y sin embargo, ellas no se quejan. O se quejan poco, y en voz baja, para que nadie las oiga flaquear. Asumen. Resuelven. Inventan. Hay en esa tenacidad callada algo que se parece al milagro, algo que el lenguaje cotidiano no alcanza a nombrar con justicia.
Hoy, para quienes celebran este día por primera vez con la ausencia irremediable de su madre —esa ausencia que no es olvido sino herida luminosa—, la fecha tiene otro sabor. Es un sabor agridulce, hecho de recuerdo y de gratitud tardía, de todo lo que quisimos decir y no dijimos, de los abrazos que postergamos creyendo que habría tiempo. Estos son días difíciles. Días en que el calendario duele.
Pero también —y aquí está la gracia— son días de esperanza.
Porque hay una convicción, antigua y resistente como la fe misma, de que el paso de la vida no es un final sino un salto. Un salto cualitativamente superior, dicen quienes han aprendido a mirar más allá de lo visible.
Un umbral hacia algo que aún no comprendemos del todo, pero que intuimos luminoso. Y en ese umbral, de alguna manera, en algún momento de este peregrinar que a todos nos incluye, estaremos juntos otra vez.
Quizás por eso el pueblo cubano —ese pueblo que nació del mar y del dolor y de la mezcla de razas y, de dioses— encontró en la Virgen de la Caridad del Cobre su alma madre. No es casualidad. Es reconocimiento. El reconocimiento de que la mujer, la madre, es el eje sobre el que gira lo más hondo de la identidad de un pueblo. Ella que aparece sobre las aguas, que cobija a los náufragos, que no abandona.
Ojalá que en medio de la relatividad de este tiempo —sus urgencias, sus vértigos, sus tentaciones de reducir todo a lo inmediato y lo medible— nunca perdamos ese camino. El que pasa por la madre. El que, a través de ella, nos conduce hacia la verdad más esencial: que nadie se salva solo, que la vida tiene sentido cuando se vive para alguien, y que el amor que una madre da —silencioso, sacrificial, inagotable— es la forma más pura que conocemos de lo eterno.
A todas las madres de Cuba: las que están, las que cuidan desde la distancia, las que ya cruzaron el umbral. A ellas, hoy y siempre, la reverencia más honda.