El que nació para maestro...

Osmany Morales Rodríguez dirige una secundaria básica en Ciego de Ávila con apenas treinta años. Dice que la vocación docente es un sacerdocio, y su propia vida lo demuestra: desde niño ponía a sus amigos del barrio a sentarse en almohaditas mientras él imitaba a sus profesores con un puntero imaginario

Hay personas que descubren su vocación tarde, después de muchos rodeos. Y hay personas que la traen puesta desde que tienen uso de razón. Osmany Morales Rodríguez pertenece al segundo grupo, aunque él mismo tardó un tiempo en reconocerlo plenamente.

Hoy dirige la secundaria básica urbana Pablo Elvio Pérez Cabrera donde trabaja, tiene una maestría en ciencias de la Educación, y habla del magisterio con la convicción tranquila de quien ha encontrado su lugar en el mundo. Pero la historia comenzó mucho antes, en una sala de la calle Eduardo Mármol, con almohaditas acomodadas en fila y un timbre instalado en el patio para simular los recreos.

— ¿Desde cuándo sabes que eres maestro?

— Desde que era muy pequeño. Vivía en Eduardo Mármol entre Abraham Delgado y Marcial Gómez, y en esa casa antigua de techo muy alto, con los muchachos de la cuadra —éramos diez o doce— organizábamos en la sala lo que llamábamos casas de estudio.

“Yo ponía las almohaditas en fila, cogía un puntero, tocábamos el timbre para el recreo, salíamos al patio a tirarnos los pepinillos y luego volvíamos al aula. Y quién era el maestro: yo. Imitaba a Irdeliza, a Reinaldo, a Maritza, los profesores de la Luz y Caballero. Lo que ellos decían en clase, yo lo repetía con todo el pataleo de aquel muchacho. Me creía el maestro. Y en cierto modo lo era”.

— Pero el camino después se complicó un poco.

— Sí, porque en el preuniversitario me enamoré de la Biología. Participé en concursos, gané medallas, fui a nacionales, y en un momento de mi vida quise ser médico. Cuando llegó el momento del ingreso, las cuarenta plazas de medicina se quedaron todas en el Instituto Preuniversitario Vocacional de Ciencias Exactas (IPVC).

“Ni Medicina ni Estomatología. Me quedé frustrado, no lo puedo negar. Pero entonces me dije: desde pequeño yo quise ser maestro. Si la medicina no fue, voy al pedagógico. Me presenté a Biología, pero el aula estaba completa.

“Empecé por Español y Literatura, que también me encantó mucho, y ensegundo año me pasé para Biología. Fui alumno ayudante, di clases a otras disciplinas del currículo, me gradué de título de oro y la universidad me abrió la puerta de la maestría. La vida me fue poniendo trabas, y cada traba me devolvía al mismo lugar”.

— ¿Y de ahí directamente a la secundaria?

— Empecé a trabajaren la Onelio Hernández Taño con diecinueve años. Estuve veintiún años ahí. Paralelamente hice contratos en la Facultad Obrero Campesina e impartí microbiología, fisiología, botánica, zoología en la universidad.

“Cuando me trasladaron a esta escuela como coordinador general, la directora salió de licencia de maternidad y me dieron la dirección. Y aquí estoy. Muy orgulloso de haberlo estudiado”.

— Usted habla del magisterio como sacerdocio. ¿Por qué esa imagen tan fuerte?

— Porque es exacta. Todo el mundo quiere un buen maestro para sus hijos, pero nadie quiere que sus hijos sean maestros. Pasa igual con la religión: todo el mundo quiere un buen párroco en su parroquia, pero a ver quién le dice a sus hijos que quiere que sean sacerdotes.

“Y sin embargo, el maestro hace algo muy parecido al sacerdote: lleva una palabra que forma, que educa, que transforma. Es una vocación, no un empleo. Y no se puede ejercer bien sin sentirla”.

— ¿Eso se puede enseñar o solo se nace con ello?

— Se puede cultivar, se puede acompañar. Por eso en la escuela tenemos trece círculos de interés, tres de ellos ya preparándose para instancias municipales.

“Tenemos monitores en cada disciplina desde septiembre. Hacemos festivales de la clase, de círculos de interés. Y trabajamos también con las familias en las escuelas para padres, porque ahí está uno de los problemas más serios: la familia que influye negativamente, que le dice al muchacho que el magisterio desgasta, que no paga, que no vale la pena. Si la escuela empuja hacia adelante y la familia empuja hacia atrás, el niño queda en el medio”.

— ¿Cómo se gana ese pulso?

— No siempre se gana. Pero no por eso dejamos de intentarlo. Lo que sí hemos aprendido es que la familia hay que integrarla, no ignorarla. Aquí los padres participan en higienizaciones, en desfiles, en grupos de trabajo preventivo.

“El mes pasado tuvimos personal de salud en los grupos de pioneros hablando de hepatitis con las familias presentes. Cuando la familia siente que forma parte de la escuela, su actitud cambia. No siempre, pero cambia”.

— Usted dirige la secundaria básica, que muchos consideran el eslabón más difícil de la cadena educativa.

— Es el más difícil, sin dudas. La adolescencia es un período de tránsito complejo: cambios anatomo-fisiológicos, psicológicos, biopsicosociales, todo al mismo tiempo. El muchacho que entra en séptimo grado no es el mismo que sale en noveno. Y lo que hace la escuela, si no se sostiene en la familia, se deshace solo. Por eso el vínculo familia-escuela no es un complemento: es una condición.

profe

— ¿Le pesa la responsabilidad de ser director tan joven?

— No me pesa, me obliga. Me obliga a prepararme más, a ser más riguroso, a no permitirme ser mediocre. Porque yo soy el resultado de una educación excelente y de maestros excelentes. Sin ellos, no sería lo que soy. Eso crea una deuda que solo se paga de una manera: siendo buen maestro. O en mi caso, siendo el director que esta escuela y estos muchachos merecen.

—¿Y qué le diría a un joven que está dudando entre el magisterio y otra carrera?

— Que si tiene la duda, probablemente tiene la vocación. Porque el que no la tiene, no duda: simplemente elige otra cosa. La vocación no es certeza desde el primer día; es un llamado que se va confirmando con los años, con cada clase, con cada alumno que aprende algo que no sabía. Yo tardé en reconocerlo, pero el magisterio me esperó. Siempre me esperó.