Un crimen que no se borra de la memoria avileña

terrorismoTomada de www.granma.cu Mientras Juan Armando amolaba su machete aquella mañana de abril en medio del cañaveral, pensó que con aquellos vientos fuertes y cambiantes cualquier chispa podía convertirse en una gran candela, que arrasara esa y las plantaciones circundantes.

Sus temores no eran del todo infundados porque ese fenómeno podía ser posible durante esa época del año.

Ya de pie, tras darse un largo trago del agua fresca de la botija y secarse el sudor, se dijo que era momento de continuar: él no conocía otra forma, honesta y dura, de ganarse el sustento. Pero, ¿aquel presagio de fuego a razón de qué?

A su espalda, a lo lejos, bajo un despejado cielo, el humo de las torres del central Venezuela, hasta hace poco conocido como Stewart, mostraba en plena faena a aquel gigante glotón, capaz de devorar 782 mil arrobas de caña de azúcar diarias, el tercero más grande de Cuba por su capacidad de molienda.

El 13 de abril de 1961 en la colonia El Cedro, perteneciente entonces a la Cooperativa Esteban López Hayné, en Ciego de Ávila, el incendio fue el terrible protagonista de la jornada.

Cuentan que las llamas alcanzaron dimensiones extraordinarias. Uno tras otro eran engullidos esos plantones de gran rendimiento azucarero.

Más de 300 hombres y mujeres, habitantes del lugar y del propio batey del ingenio, con sus dirigentes sindicales y administrativos al frente, lucharon afanosamente contra el siniestro a riesgo de perecer asfixiados.

Casi al anochecer de ese jueves solo restaban pequeñas zonas ardiendo, el fuego había sido dominado. Pero la alegría por esa victoria, en medio de la algarabía de personas con ropas algo chamuscadas, tiznes en caras y brazos, y rostros ardientes, de pronto se convirtió en zozobra primero y luego en dolor al notar la ausencia de cuatro trabajadores.

Al filo de la una de la madrugada fueron encontrados los cadáveres de los obreros horriblemente quemados: dos cubanos nombrados Santiago González Linares y Rogelio Pena Simón, y dos de nacionalidad haitiana, llamados José María Clomá y Eduardo Harga Fernández.

El dictamen forense fue claro al decretar la causa de la muerte: uremia aguda y la hora del deceso sobre las seis de la tarde.

“Rogelio Pena tenía el machete enterrado, sujetándolo con la mano derecha. Estaba de pie, retorcido y los demás a su alrededor. Fue terrible verlos así, quemados, rígidos, desfigurados, con los ojos desorbitados”.

Así describiría la imagen, en su testimonio uno de los contracandelas que encontró los cuerpos. Dicen también, sobre este terrible hecho, que para acomodar los restos mortales de estas víctimas en los ataúdes hubo que romperles los huesos.

El sepelio de estos obreros agrícolas, con una amplia participación popular, constituyó muestra de dolor pero a la vez de reafirmación revolucionaria.

En la despedida de duelo, el Capitán Jorge Enrique Mendoza Reboredo, delegado del Instituto Nacional de la Reforma Agraria en la entonces provincia de Camagüey, acusó públicamente al imperialismo y a la contrarrevolución de tan abominable sabotaje y los responsabilizó por la muerte de los trabajadores.

El acto terrorista en el que perdieron la vida estos cuatro obreros fue ejecutado por la organización contrarrevolucionaria 30 de Noviembre, por encargo de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Estados Unidos.

Días antes, el 27 de febrero de 1961, los usurpadores del nombre del mártir Frank País y de la gloriosa fecha de su muerte efectuaron en tierras avileñas explosiones con dinamita en el tendido eléctrico, que comprende del poblado de Caguasal a Las Pozas, en las millas 51,0 y 51,1.

Estas acciones desde inicios de 1961 en Ciego de Ávila se sumaron a otras como la introducción de armamentos, sabotajes y alzamientos. Formaban parte de un plan mayor en todo el país, como parte de una preparación del terreno o “ablandamiento” para asegurar la invasión mercenaria por Playa Girón.

En conversaciones con la Agencia Cubana de Noticias el historiador avileño José Martín Suárez Álvarez explicó que el acto terrorista del 13 de abril en la colonia cañera El Cedro ocurre en medio de un contexto en que los cubanos libraban dos históricas batallas: la Campaña de la Alfabetización y la Primera Zafra del Pueblo, que era decisiva para la economía nacional.

“Recordemos que la extinta Unión Soviética y otros países del llamado campo socialista, comprarían el azúcar que el gobierno norteamericano había privado de la tradicional cuota, que Cuba tenía en ese mercado históricamente, medida unilateral para asfixiar la economía”.

Cuando ocurre el fatídico hecho faltaban apenas 48 horas para el inicio del cobarde ataque a los aeropuertos cubanos, calificado certeramente por el Comandante en Jefe Fidel Castro como “el preludio de la invasión”, comentó Suárez Álvarez.

Ese propio día, mientras manos proletarias sofocaban el fuego en los cañaverales del actual municipio de Venezuela, se produjo también el artero sabotaje a la famosa tienda El Encanto, en La Habana, donde perdiera la vida la miliciana y trabajadora de ese establecimiento Fe del Valle, cuyos restos fueron encontrados calcinados una semana después.

En sus manos el historiador José Martín Suárez Álvarez muestra los papeles, ya amarillos por el paso del tiempo, de décadas atrás, de su propuesta, lamentablemente sin respuesta, para convertir a estos cuatro hombres humildes en los primeros mártires obreros avileños en defensa de la Revolución.

No obstante, se dé o no, ese acto de justicia histórica, lo cierto es que el pueblo honra su memoria como la de otros tantos miles que fueron víctimas del terrorismo contra Cuba, en la defensa de ideales de justicia social y de beneficio para las mayorías trabajadoras. Un sacrificio de dolor para tantas familias que no admite el olvido.