Las 72 horas que estremecieron al Imperio

Hay fechas que no se miden en calendarios, sino en el pulso de la dignidad. Los días 17, 18 y 19 de abril de 1961 pertenecen a esa estirpe: son el relámpago que partió en dos la historia de la ignominia en América.

Para entender lo que ocurrió en las arenas de Playa Girón no basta con mirar los mapas de la Ciénaga de Zapata. Hay que escuchar el latido profundo de la manigua, ese mismo que heredaron los carboneros y los descalzos de la Sierra.

Cuando las lanchas enemigas, pintadas con los falsos colores de la patria, rasgaron el silencio del mar Caribe, no vinieron a enfrentarse a un ejército de academia. Vinieron a estrellarse contra el alma de un pueblo que apenas dos años antes había bajado de las montañas.

Los invasores, entrenados por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en fincas extranjeras, creían que el mapa de Cuba se podía doblar con billetes y pólvora ajena. No calcularon el grosor de la roca viva de la Revolución.

Allí, en el corazón del humedal, se escribió la epopeya en tres actos. No fue un combate de trincheras frías: fue la guerra de los ojos conocedores del terreno. Los carboneros de la Ciénaga sabían leer la huella rota sobre el agua y el escondite exacto del pantano.

Los milicianos obreros, que aún olían a grasa de taller, empuñaban el fusil con la misma naturalidad que la herramienta. Los invasores esperaban una alfombra roja tejida por el descontento, pero se toparon con la mirada de acero de los barbudos y el gesto sereno de los alfabetizadores que, cartilla en mano, defendían la luz recién encendida de la enseñanza.

En esas 72 horas vertiginosas, el tiempo se midió por el estruendo de los viejos tanques que apenas sabían conducir los jóvenes artilleros, y por la estela de los aviones rebeldes que, casi sin piezas, rayaban el cielo para hundir al barco clase Liberty “Houston”.

En el puesto de mando, allí donde la estrategia se hacía carne de victoria, estaba el Comandante en Jefe Fidel Castro. No dirigía la guerra desde un buró lejano: la dirigía desde la primera línea, con la certeza martiana de que “el poder de erguirse mide a los pueblos”. Él, que había forjado la guerra en los riscos de la Sierra Maestra, sabía que aquella batalla era la prueba de fuego del carácter nacional.

Hoy, al recordar a los mártires que regaron con su sangre aquel pedazo de costa, lo hacemos con el pecho henchido de orgullo, pero sin lágrimas estériles. No murieron en vano. Su sacrificio fue el abono sagrado para que, seis décadas después, la bandera de la estrella solitaria siga ondeando como faro insobornable del socialismo en el hemisferio.

Aquellos avileños, cienfuegueros y orientales caídos nos enseñaron que el imperialismo y sus lacayos pueden tener los aviones, los barcos y el oro, pero jamás podrán comprar el coraje de quien defiende su tierra con el alma.

 invasion

Aprendió el Imperio en Girón la lección más amarga de su historia: subestimó el espíritu de un pueblo que prefiere morir de pie a vivir arrodillado. Hoy, ante nuevos asedios y bloqueos genocidas, esta generación levanta las mismas banderas de dignidad que flamearon sobre la Ciénaga.

Somos los hijos de aquellos carboneros y milicianos. Somos la continuación de aquella victoria.

Y en esta hora de conmemoración, resuenan con fuerza profética las palabras que el Comandante en Jefe pronunciara un año después de la gesta:
“El valor de un pueblo que defiende su tierra, la moral y la fuerza de una Revolución que defiende la justicia de su causa, no puede medirse.”