Ignacio Agramonte en el panteón de la gloria

El mayor general del Ejército Libertador Ignacio Agramonte y Loynaz cayó en combate, a los 31 años, el 11 de mayo de 1873 en los potreros de Jimaguayú, cercanos a su natal Camagüey, donde comandaba la legendaria caballería mambisa de la cual todavía se habla.

A pesar de su juventud ya lo acompañaba la identificación rotunda de “el Mayor”, por las cualidades guerreras que lo pusieron desde ese día en el panteón de la gloria de la Patria, al dedicarse por entero a la lucha por la independencia. Inicialmente desde la conspiración revolucionaria ciudadana y luego como primer soldado desde noviembre de 1868.

Una bala que entró en la sien derecha de Agramonte causó la muerte de aquel patriota extraordinario, de probada audacia y efectividad en todas las batallas, cuya huella aún relumbra en los apuntes de la historia de Cuba y hacen de él un símbolo de la juventud cubana en todos los tiempos.

Se difundió entonces que el enemigo quemó hasta las cenizas su cuerpo, las cuales aventó para no dejar rastro del héroe.

Valorando su moral, José Martí lo llamó “diamante con alma de beso”, pues vio la luz emanada de aquel joven nacido en la ciudad de Puerto Príncipe del Camagüey el 23 de diciembre de 1841, como vástago de una familia de abolengo, culta y librepensadora.

Alcanzó la madurez de un jefe militar con autoridad indiscutible con prontitud y cuando reconoció ciertas razones del presidente en armas, Carlos Manuel de Céspedes, con las cuales no estuvo de acuerdo, mantuvo una conducta leal y sin tacha.

Además, Martí valoró en él sobre todo su virtud, aunque en su primera juventud era impetuoso y hasta colérico.

La campaña libertaria lo condujo por sí mismo a una disciplina y nivel organizativo y de exigencias con sus subordinados realmente ejemplares, según reflejó el estudioso Enrique Collazo.

Es recordado asimismo como el Bayardo, por mostrar su hombradía de bien con el porte de persona valiente, corajuda, de modales de caballero pundonoroso, brillante en deportes como la caza con fusil y la esgrima.

En su vida breve dio lecciones en muchos ámbitos como el amor a la pareja, su amada Amalia, a la familia, el valor del decoro y la honradez y la práctica recta de la justicia.

La madrugada del 11 de mayo recibió la noticia de la presencia enemiga en los contornos de Cachaza, en los llanos de Camagüey.

Al frente de su tropa, se dispuso al combate, pero en el llano de Jimaguayú, a unos 32 kilómetros de la ciudad de Camagüey y en una zona rural bastante conocida por el jefe mambí, se produjo el encontronazo.

En su ciudad natal tuvo el haber de fundar la Junta Revolucionaria de Camagüey, a su retorno luego de obtener primero el título de Licenciado en Derecho Civil y Canónico en 1865, en la Universidad de La Habana, y luego el de Doctor en ambas materias en 1867.

Sobresalió por su estrategia como organizador de la Caballería Camagüeyana, que puso en jaque a los españoles en la región central, con uso de su genio, conocimientos generales y disciplina. Ya en 1871, estaba al mando de las tropas mambisas hasta la jurisdicción de Las Villas.

La historia cubana no soslaya las desavenencias de estrategia y método surgidas en la marcha de la Revolución con Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria e Iniciador de la primera guerra libertaria.

Los estudiosos en su mayoría consideran que Céspedes fue el que más cedió, a la hora de establecer las bases de la República en Armas; también Agramonte supo solventar con grandeza de alma y honradez.

El cabalgar de El Mayor se evoca hoy por miles de cubanos cuando clarines de guerra e intervención foránea amenazan a la Patria.

Son muchos los inspirados y muchos los que admiran el relato histórico que describe al bravo Mayor Agramonte, fulgurante y audaz, encabezar el rescate al brigadier Julio Sanguily, con muy pocos hombres, cuando este era conducido prisionero por una columna española numerosa. Pudo liberar a su compañero y aquella acción contribuyó a consagrarlo.

Por siempre brilla Ignacio Agramonte en la historia.