Caracas, el hogar y la partida

Lleva doce días en altamar. A esa altura, ya no siente el olor a salitre ni nota el balanceo constante de la embarcación. Desde que el Felicia zarpó de Nueva York, en su cabeza no paran los planes: establecerse, hacer unos ahorros, encontrar una casa decente... y por supuesto, mandar a venir a su mujer y al niño.

Para alguien como José Martí, curtido en los rigores de la soledad y el exilio, la idea de echar raíces —al menos mientras la Causa se lo permita— lo mantiene animado. Aquel viaje, uno más de su largo peregrinar por el mundo, lo entusiasma. El trayecto fue tan tranquilo como cabía esperar: “bajo un cielo siempre azul y sobre un mar siempre azul”, escribe en sus apuntes.

La primera escala del vapor fue la isla de Curazao. La segunda, Puerto Cabello, en la venezolana región de Carabobo. Y ahora, por fin, llega al puerto de La Guaira. Ante sí, más allá de las aguas prístinas de la costa, se alza la cordillera. Frente a aquellas vistas termina su viaje.

Lleva varias cartas de recomendación para la gente importante de Caracas, incluida una de puño y letra de Carmita Miyares, la generosa mujer que, junto a su esposo Manuel Mantilla, mantiene la casa-pensión neoyorquina donde vivía Martí.

Carmita tiene familia en Venezuela, y ahora Martí también está, de alguna forma, enlazado con esta. Dos días antes de partir, había sido padrino en el bautismo de la hija menor del matrimonio, una bebé rolliza llamada María.

Pero, además de aquellos documentos y de las esperanzas de mejoría, el joven Martí —quien aún no cumple los 28 años— arrastra consigo el peso de varias frustraciones. ¿Logrará reconstruir su hogar en este país nuevo? ¿Los choques con su esposa, la madre de su hijo, volverán a ocurrir o solo quedarán en el recuerdo de aquellos días tristes y desesperantes en Nueva York?

¿Ahora sí satisfará las expectativas de su familia, o de nuevo sentirá en la carne los duros reproches de su madre, Leonor? ¿Y Cuba? ¿No es cuestión de tiempo que la situación madure otra vez en la Isla, y estalle al fin la guerra?

Es muy difícil saberlo, como también es imposible penetrar en los pensamientos que la mente incansable de Pepe rumia mientras la diligencia lo lleva hasta la capital. Tampoco sabemos si al llegar, al anochecer, sin sacudirse el polvo del camino ni preguntar dónde se come o se bebe, el viajero irá hasta la estatua de Bolívar.

Lo que sí está claro es que el valle de Caracas, sus paisajes y su vida citadina, producen en Martí una impresión tremenda. Se siente demasiado en casa. El espíritu alegre y chispeante de la gente, más que a Guatemala o a México, debe recordarle a su Isla natal. “Yo nací en Cuba, y estaré en Cuba aun cuando pise los no domados llanos del Arauco”, había escrito años antes en una carta.

Pronto la vida le sonríe. Se le abren el aula y la tribuna para que despliegue en ellas sus dotes inigualables de maestro y orador. Su talento, su cultura exquisita y su verbo encendido son acogidos con calidez por la intelectualidad caraqueña y los círculos sociales más importantes de la urbe.

Comienza a impartir clases de Gramática y Literatura, envía artículos al periódico La Opinión Nacional, funda la Revista Venezolana y prepara poco a poco la llegada de la esposa y el hijo. Para este, fruto de la añoranza más tierna, escribe Ismaelillo, una de las obras fundacionales de la poesía modernista.

Sin embargo, la alegría no le dura demasiado. Como luego asegurará Jorge Mañach, uno de sus principales biógrafos, Venezuela también le muestra a Martí “toda la dimensión trágica de América”. Allí experimenta nuevamente los rigores del despotismo político, de la mano del presidente Antonio Guzmán Blanco, militante liberal en la teoría y gobernante autoritario en la práctica.

Para salvar a la América de semejantes personajes también trabajará Martí toda su vida, pero tiene mucho cuidado de no difundir sus opiniones acerca del caudillo venezolano.

Lo que sí hace, con pleno conocimiento y satisfacción, es estrechar su amistad con el pensador Cecilio Acosta, una de las mentes más preclaras del país y acérrimo opositor del presidente.

Su negativa a participar en las adulaciones palaciegas a Guzmán Blanco había condenado a Acosta a la miseria y el ostracismo. Sin embargo, eso no impidió que a su alrededor se congregara lo mejor de la joven intelectualidad caraqueña, que rápidamente ganó las simpatías del cubano.

“A pedir vengo a los hijos de Bolívar un puesto en la milicia de la paz”, dice en uno de sus discursos el joven Martí. Pero apostar por la paz no equivale a no tomar partido, ni a mostrarse complaciente con las arrogancias de un poder sostenido por la fuerza.

No sería coherente con la memoria de Bolívar, quien sí supo tomar partido por la independencia antillana, como años más tarde dejaría escrito Martí en el periódico Patria: “Los cubanos lo veremos siempre arreglando con Sucre la expedición, que no llegó jamás, para libertar a Cuba”.

Al morir Acosta, Martí le dedica un homenaje en el segundo número de la Revista Venezolana, algo que Guzmán Blanco no le perdona. El mensaje, transmitido por uno de sus edecanes, es tajante: o en el tercer número de la revista se publica un artículo elogioso sobre el presidente, o ya puede Martí recoger sus pertenencias y abandonar Venezuela.

Lleva solo seis meses en el país, y debe decidir entre coquetear con los déspotas locales o lanzarse una vez más al camino. Alguien con la historia personal de Martí jamás lograría vivir con la vergüenza de traicionarse a sí mismo, pero dejarlo todo otra vez implica que ha vuelto a fracasar en su intento de darle estabilidad a la familia. ¿Qué dirá su Carmen, que espera en La Habana, en casa de la Chata, para embarcar rumbo a Venezuela?

Elige volver a Nueva York y asume otra vez la decepción de la esposa. No guarda rencor hacia el país que fue su patria adoptiva por medio año. “Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo”, escribe en su carta de despedida al director de La Opinión Nacional.

Compra un pasaje con dinero prestado, califica los exámenes, recoge sus pocas pertenencias y toma una diligencia hacia el puerto de La Guaira. Lleva consigo el retrato de su hijo y el ramo de violetas secas que le regaló la esposa de un amigo. Pronto el horizonte será, una vez más, el mar.