El hombre que levanta otras manos
Yunior Sosa soñó primero con la lucha y después con arbitrarla. Desde un colchón en Baraguá hasta los campeonatos mundiales, ha construido una carrera en un oficio donde las decisiones pesan y los aplausos siempre son para otros
Foto: Tomada de la web de la United World Wrestling
Entre el 7 y el 10 de mayo, Yunior Sosa Naranjo participó en 57 combates del Campeonato Panamericano de Lucha de 2026. Fue juez en 17, árbitro del centro en 18 y presidente del colchón del Xtream Arena de Coralville en 22.
Tan solo cuatro días en Iowa, Estados Unidos, fueron suficientes para que el avileño demostrara, una vez, más su versatilidad. Domina todos los estilos de la lucha: femenina, libre y grecorromana. Y, además, incursiona en la lucha de playa como árbitro internacional.
A propósito, regresó hace unos días de un circuito mundial de esa modalidad. Es la nueva obsesión de un tipo incansable. Tiene 45 años y todo su interés puesto en ascender de categoría.
Lo cuenta sin dramatismo. Como quien enumera una posibilidad entre muchas. Viste con chándal y un pulóver rojo deportivo bastante ajustado a su atlético físico. Es un mediodía de principios de junio y, en las afueras de Radio Surco, se cubre del sol con gafas y una gorra alegórica al equipo Cuba. Yunior toda su vida, o casi toda, ha sido deportista o algo que se le parezca.
Pero hoy podría ser agricultor. Tractorista. Cualquier otra cosa. A veces el rumbo cambia por una conversación ajena, por una casualidad mínima, por una enfermera casada con un profesor de la Escuela de Iniciación Deportiva (EIDE) que, un día, llegó a una cooperativa en Baraguá para probar a diez muchachos.
Entre aquellos guajiritos estaba Yunior Sosa.
Tres décadas después, el hombre que pudo haberse quedado entre sembrados y surcos lleva una cuenta distinta. En una agenda anota cada torneo internacional al que asiste. Veinticinco eventos, hasta ahora. Mundiales, panamericanos, centroamericanos. Aeropuertos, hoteles, salas de competencia. Una geografía construida alrededor de un colchón de lucha.
Pero la historia de Yunior no es exactamente la de un luchador. O, al menos, no solamente. Fue deportista antes de vestir de negro y aprender a decidir combates. Cursó tres años en la EIDE y lo promovieron a la Escuela Superior de Perfeccionamiento Atlético. A finales del siglo pasado fue campeón nacional juvenil de lucha greco con 54 kilogramos y bronce absoluto en la división de 60.
Parecía avanzar por el camino lógico de quien ha dedicado la niñez y la juventud a entrenar. Entonces sufrió una lesión en el tobillo, le dieron baja médica, siguió entrenando, pero tuvo que renunciar al colchón. O no.
Hay personas que abandonan el deporte cuando dejan de competir. Otras encuentran una forma distinta de permanecer. Y a Yunior le ocurrió lo segundo.
A principios de los 2000, se graduó como licenciado en Cultura Física. Su contacto con el deporte se mantuvo. Solo cambió de forma. No hubo más entrenamientos de alto rigor, ni exigencias de medallas, ni aspiraciones de representar a Cuba. Asistió a momentos de frustración. El arbitraje fue salida y encuentro.
Recuerda que, cuando todavía era atleta, un entrenador llamado Hirán Álvarez le pedía arbitrar los modelajes competitivos. Él seguía usando la trusa de luchador, pero ya comenzaba a mirar el combate desde otro lugar. Sin saberlo, estaba aprendiendo un oficio.
“Me fue entrando el bichito”, dice.
Después apareció Enrique Oliva, árbitro y comisionado provincial de lucha, uno de esos nombres que suelen permanecer fuera de los titulares, pero definen futuros. Lo llevó a eventos nacionales. Le abrió puertas. Lo empujó hacia una responsabilidad que exige algo más que aprender reglamentos.
Porque arbitrar lucha no consiste, únicamente, en repartir puntos. Hay una imagen muy extendida del árbitro como una figura secundaria, casi administrativa, alguien que aparece en el centro de la escena sin pertenecer realmente a ella.
Yunior desmonta esa idea mientras habla. Un árbitro, explica, necesita conocimiento técnico, fortaleza física, criterio, capacidad de observación y una cualidad difícil de enseñar: carácter. Carácter para decidir. Carácter para que nadie nunca se haya atrevido a sobornarlo. Carácter para sostener un dictamen cuando miles de ojos esperan una explicación. Carácter para equivocarse.
Su primer año como árbitro nacional, el 2005, fue una confirmación temprana. En los Juegos Escolares le asignaron tres finales. No había pasado mucho tiempo desde que comenzó a ejercer y ya estaba dirigiendo combates por medallas de oro. Lo recuerda como un espaldarazo. Pero también como una advertencia. Mientras más alto se asciende, menos margen existe para la duda.
En 2010, tuvo delante una de esas bifurcaciones que solo se entienden por completo cuando han pasado los años. Estaba cumpliendo misión en Venezuela, y surgió la posibilidad de participar en los primeros Juegos Olímpicos de la Juventud, en Singapur. Aquella experiencia podía acelerar su crecimiento internacional. Sin embargo, la realidad económica pesó más y no quiso arriesgar. Decidió quedarse. La oportunidad pasó. El árbitro que ocupó su lugar terminó obteniendo poco después la máxima categoría…
Cuando vuelve a aquel episodio no hay resentimiento en sus palabras. Apenas la serenidad de quien aprendió que las carreras deportivas no avanzan, únicamente, por talento. También intervienen las circunstancias, el dinero, la familia, la casa, la cotidianidad que rara vez se exhibe en los currículos.
“Quizás hubiera llegado antes”, admite.
Y no llegó antes. Pero llegó igual. Canadá. Veracruz. Nueva York. Niza. Barranquilla. Lima. Roma. México. Cali. La lista crece.
En 2021, ocurrió uno de los momentos decisivos de su carrera. Durante un campeonato panamericano juvenil en México fue evaluado para ascender de categoría. Lo habitual es subir un escalón. Él subió dos. La comisión continental decidió promoverlo directamente a primera categoría. Además, fue reconocido como el árbitro más destacado del torneo.
El trofeo de Bota de Oro Continental permanece hoy en el Museo del Deporte de Ciego de Ávila. Y su dueño lo cuenta sin grandilocuencia. Quizás porque, en el arbitraje, los reconocimientos nunca alcanzan la visibilidad de los deportistas. Quizás porque está acostumbrado a trabajar en una zona discreta del espectáculo.
Los luchadores son quienes reciben las ovaciones. Los árbitros suelen llevarse los silencios o las quejas o los insultos. Jamás los elogios masivos. Y, sin embargo, una competencia internacional puede depender de ellos durante segundos decisivos.
Yunior habla de esos momentos con una mezcla de precisión técnica y responsabilidad moral. Explica que existen combates donde todo parece claro y otros, donde el resultado termina descansando sobre una valoración arbitral. Ahí no hay espacio para vacilar.
“Los combates fáciles los trabaja cualquiera”, resume.
La frase podría servir como definición de su oficio. Porque arbitrar significa tomar decisiones en tiempo real mientras la tensión aumenta alrededor. Significa advertir a un atleta antes de que la situación se descontrole. Significa perder challenges. Significa reconocer errores.
Cuando menciona equivocaciones no intenta esquivarlas. Al contrario. Recuerda una conversación reciente con el luchador cubano Oscar Pino. El atleta le mostró el video de una antigua final de la Copa Cerro Pelado. Yunior observó las imágenes y reconoció algo incómodo: una sanción aplicada por él había sido incorrecta e influyó en el resultado.
“Parte de esa derrota es mi responsabilidad”.
Lo sentencia y no parece una confesión, sino una lección. La misma que lo acompaña cuando entra a un campeonato mundial y siente nervios antes del primer combate. Porque los nervios no desaparecen con la experiencia.
A veces, cuenta, el subconsciente traiciona. “A veces la mente se queda en blanco. A veces uno se descubre arbitrando a figuras que antes observaba por televisión”. Nombra entonces a Jordan Burroughs, Helen Maroulis, Kyle Snyder, David Taylor, Abdulrashid Saduláyev… Leyendas. Y él allí. En medio. Velando por el cumplimiento de las reglas.
Hay una escena que todavía recuerda con especial claridad. Ocurrió mucho antes de que Mijaín López se convirtiera en la figura monumental que hoy representa para el deporte cubano. Yunior trabajó uno de sus combates. Cuando llegó el momento de levantarle la mano en señal de victoria, sintió que apenas podía hacerlo.
Dice que su estatura no le alcanzaba, pero no era eso. Tampoco era miedo. Era respeto. El mismo que hoy conserva para referirse al pentacampeón olímpico. “Es una persona humilde”, dice. Y luego vuelve a lo suyo. Porque los árbitros siempre regresan a su trabajo. Incluso cuando la conversación parece desviarse. Incluso cuando reaparece un tema: la lucha de playa.
Habla de ella con entusiasmo. Desde 2025 posee tercera categoría internacional en ese estilo. Cuba todavía desarrolla la especialidad, pero él sigue de cerca su crecimiento. Cree que terminará entrando en el programa olímpico.
A los 45 años, lejos de pensar en retirarse, se encuentra persiguiendo otro desafío. Quiere seguir ascendiendo. Quiere convertirse en educador internacional. Quiere llegar a Los Ángeles 2028.
Si se expresa sobre el futuro no parece un hombre que mira hacia el final de una carrera. Parece, en realidad, alguien que todavía está empezando. Quizás por eso sigue entrenando. Porque un árbitro también necesita resistencia. Necesita presencia física. Necesita salud para mantenerse activo hasta los sesenta años, el límite reglamentario.
“Todavía me queda pólvora”, asegura. Y uno le cree.
Le cree porque, después de casi dos horas de conversación, resulta evidente que Yunior Sosa pertenece a esa rara categoría de personas que han encontrado una vocación dentro de otra vocación.
Primero fue luchador. Después árbitro. Ahora también es formador, director de la Academia Provincial de Lucha y promotor de una modalidad que aún busca espacio en Cuba. Todo eso convive en el mismo hombre.
El muchacho que salió de Baraguá gracias a una prueba improvisada sigue ahí, aunque ahora viaje por el mundo y comparta escenarios con campeones olímpicos.
Quizás esa sea la verdadera medida de su trayectoria. No las medallas que no ganó. No los torneos que arbitró. Ni siquiera las categorías que alcanzó. Sino la capacidad de permanecer en el centro del colchón sin intentar convertirse en protagonista.
Porque el trabajo de Yunior Sosa consiste, precisamente, en eso: estar donde todos miran y, al mismo tiempo, pasar inadvertido. Hacer que el combate ocurra. Tomar decisiones que pueden cambiar destinos. Y después, abandonar la escena mientras otro recibe los aplausos.