El béisbol cubano necesita un jonrón con bases llenas en su gestión

Aún duelen como rectos al mentón con las manos amarradas las 36 carreras de los Diablos Rojos de México en el último juego de Cocodrilos de Matanzas en la Liga de Campeones de Béisbol.

Fue una seguidilla de golpes secos y potentes en el orgullo simbólico de un país que en su otra vida debió tener forma de un cuadro de pelota, más que de un bate largo y flaco que esta vez apenas sonó.

La mayoría de los criterios convergen en que la víctima trasciende al equipo de Matanzas; sería muy oportunista soltar cinco o seis ganchos más de críticas en el tan vapuleado elenco campeón de la pasada Serie Nacional.

Ni los jugadores ni el cuerpo técnico encabezado por Armando Ferrer imaginaron siquiera que iban a tener una experiencia tan desagradable y, digámoslo sin sonrojo, humillante.

Además del avasallador carreraje, quedarán clavados durante mucho tiempo en el imaginario de la afición cubana los 29 jits permitidos, entre ellos seis jonrones, y las 19 bases por bolas entregadas por un picheo que nunca tuvo dominio sobre los rivales durante el torneo.   

Parecía que el 20-3 propinado por Leones de Caracas a Agricultores de Cuba en la Serie del Caribe de 2023 era una excepción, uno de esos días malos que tiene cualquier equipo, pero ahora se confirma que aquello era un augurio, una señal más que debió interpretarse cual alerta para promover la postergada transformación integral en la gestión del béisbol cubano.

En un escenario económico tan complejo como el actual, cada decisión debe estar acompañada con una estrategia de aseguramiento logístico e innovador que implique menos erogaciones para un gobierno que tiene de por sí una carga pesada sobre sus hombros para sostener al país.

La política de bloqueo económico, comercial y financiero del gobierno de Estados Unidos contra Cuba tiene su reflejo también en el deporte, impactado por medidas asociadas a estimular el éxodo de jugadores y reducir las fuentes de ingreso para la sostenibilidad del sistema deportivo.

En medio de ese contexto, la voluntad política se enfoca en la defensa del béisbol, cuya práctica es patrimonio inmaterial de la nación y como deporte aglutina a los cubanos, independientemente de donde vivan.  

Esa resulta una razón más para optimizar cada recurso, aunar voluntades, sumar pensamiento científico y convocar a los mejores técnicos, incluso a jubilados y radicados fuera del país, pero identificados con el pasatiempo nacional.

Lo sucedido en la reciente Liga de Campeones debería asumirse como un parteaguas y aplicar el pensamiento dialéctico de Fidel justo en el año de su centenario e inspirados en su amor por el béisbol: cambiar todo lo que debe ser cambiado.   

Podrían servir de referente las experiencias de otros países, como Nicaragua, con una temporada beisbolera que articula un torneo masivo y otro de mayor rigor competitivo y espectacular, además de las tradicionales ligas caribeñas, con formatos y calendarios ajustados a las particularidades de cada nación.

Ofrece la nueva Ley del Deporte oportunidades para innovar en los modelos de gestión y contribuir al fortalecimiento del desarrollo integral del béisbol desde las categorías formativas hasta el alto rendimiento.

La más reciente actuación en México debe aportar lecturas que rebasen el juego entre las dos rayas de cal; también existe béisbol en las gradas, las oficinas, las plataformas digitales, las universidades, los medios de comunicación, en la memoria histórica…

Toca dignificar nuestro deporte nacional, exaltarlo al salón del orgullo de nuestro pueblo, devolver trofeos a sus vitrinas, jugarlo con dominio de los fundamentos, pero, sobre todo, emprender, con humildad, rigor y sin justificaciones, la transformación que sea necesaria para que nunca más un equipo cubano sufra semejante apaleamiento en uno de sus más sagrados orgullos identitarios.