En la prolongada relación de Eleazar Jiménez con el Comandante en Jefe sobresale la ronda de partidas e intercambios que sostuvieron una vez finalizada la XVII Olimpíada Mundial de Ajedrez
Cuando el 25 de julio de 1958 los presentes en el Ayuntamiento de Marianao eran testigos de la victoria del avileño Eleazar Jiménez Zerquera, flamante monarca del ajedrez en Cuba, Fidel Castro, con precisión de Gran Maestro, movía las escasas “piezas” con las que contaba el Ejército Rebelde, inmerso en la contraofensiva que decretaría el jaque mate de las tropas batistianas en la Sierra Maestra.
• Consulte aquí el primer trabajo de la serie Fidel con nuestros campeones
Ante Juan González de la Vega, el retador alcanzaba el título en horas de la noche y conmocionaba a la afición local, cuyo Club de Ajedrez anunciaría un homenaje “al nuevo campeón que tan en alto ha puesto el nombre de Ciego de Ávila”.
El balance final del match reflejaba 6,5 unidades para el ganador, como resultado de seis éxitos, cuatro derrotas y una división del punto en 11 enfrentamientos con el médico González.
Dos días después, el Diario de la Marina daba cuenta de la alegría entre los coterráneos del primer soberano avileño de las 64 casillas y apuntaba la gestación de un reconocimiento “con el concurso de instituciones sociales, profesionales, industriales y comerciantes”.
Entretanto, las montañas orientales devenían tablero diferente, poco menos que impenetrable para las fuerzas del dictador que, a cada intento de ataque, eran repelidas por los insurgentes, inferiores en número y armamentos, pero protagonistas de certeras tácticas de combate.
El gestor y conductor de aquellas acciones se revelaba como un estratega de la guerra irregular que, a la postre, causaría el derrocamiento del batistato.
Meses antes del fragor de los combates acontecerían otras batallas, algunas de ellas sobre los escaques. En México, los futuros expedicionarios del Granma se alistaban para la lucha armada, sin embargo, la policía federal detectaba el quehacer conspirativo que traería consigo las sanciones a una parte del grupo. Fidel y Ernesto Guevara provocaban las mayores sospechas y, en consecuencia, recaería sobre ellos el castigo más severo: un mayor tiempo tras las rejas.
En la lectura y la práctica del ajedrez ambos encontrarían productivas válvulas de escape en poco más de un mes de reclusión, del 20 de junio al 24 de julio de 1956: “(…) realmente Che había estudiado algo de ajedrez y yo jugaba más bien por intuición. Era un poco guerrillero y algunos partidos se los gané, pero él ganaba la mayor parte de las veces (…)” diría en entrevista concedida al periodista italiano Gianni Miná en 1987 (Un encuentro con Fidel).
FRAGUA DE MOVIDAS
Al menos dos grandes eventos internacionales concentraron la atención de los partidarios del deporte de las 64 casillas en la primera década de existencia de la Revolución: los torneos en memoria de José Raúl Capablanca, con frecuencia anual a partir de 1962, y la XVII Olimpíada Mundial efectuada en 1966.
Estos certámenes contaron con la asistencia de renombrados exponentes de distintas partes del planeta, incluidos varios campeones del mundo, contribuyeron a la elevación de la maestría de los jugadores locales y al fomento de una de las disciplinas que priorizó el naciente movimiento deportivo del país, al punto que fue una de las ocho contempladas en el programa competitivo de los Primeros Juegos Nacionales Escolares en 1963.
Para los más destacados ajedrecistas residentes en Cuba, a la cabeza de los cuales se situaba Eleazar, era virtualmente imposible permanecer al margen de semejantes acontecimientos. Al propio tiempo, el líder histórico de la Revolución y el internacionalista argentino-cubano dedicaban parte de su valioso tiempo a compartir y promover un deporte, quizás el ideal, para desarrollar el intelecto y la capacidad creadora del ser humano.
Abundan las referencias que vinculan al Che, el mayor impulsor de la práctica masiva del ajedrez en Cuba, a la fragua de cambios que no soslayaba la actividad deportiva en sus múltiples facetas. Su amistad con Eleazar rebasó lo puramente deportivo. Quizás, fue ese uno de los factores que estimularon los intercambios de Fidel con el oriundo de Ciego de Ávila, ciudad donde vino al mundo el 25 de junio de 1928.
Pero no hay que olvidar otro factor esencial: el prestigio y autoridad de Jiménez Zerquera, quien alcanzó el primer título de Maestro Internacional en Cuba entre los hombres, después de los tiempos gloriosos de Capablanca (campeón del mundo en el período 1921-1927), además de su condición de múltiple campeón nacional (1958, 1960, 1963, 1965 y 1967), entre otros lauros de su destacada trayectoria.
JAQUES Y CONFLUENCIAS
Como si cada tablero fuera un objeto traslúcido, capaz de generar visiones más nítidas y profundas del otro, Eleazar entendió mejor a Fidel en la medida que lo vio desempeñarse como un jugador más.
Decisiva resultó aquella noche sin tiempo para el reposo en que, el Comandante, satisfizo las expectativas en una extensa clase en la cual fue más allá de las movidas, al punto que amplió su bagaje ajedrecístico y probó fuerzas con los maestros del momento: él y el argentino Carlos Bielicki. Había concluido antes el duelo del líder con el soviético Tigran Petrosian, a la sazón campeón del mundo, coprotagonista de una simultánea gigantesca en la Plaza de la Revolución, al término de la Olimpíada.
Quien había compartido la lectura del Juramento de la Federación Internacional de Ajedrez en la inolvidable apertura de la lid universal que deparó a Cuba el pase al grupo principal y el lugar 14 del planeta, y en la cual, una vez más, había defendido el primer tablero de la selección nacional; sostuvo animados intercambios toda una noche con Fidel, experiencia decisiva en la cimentación de sus criterios acerca del conductor de pueblo que se desdoblaba en atleta.
• El 27 de octubre de 1966 el diario Granma hizo referencia a la lectura del Juramento en cinco idiomas por igual número de personalidades en la apertura de la Olimpíada de Ajedrez

Tal vez la discreción que caracterizaba al avileño lo condujo a no ofrecer detalles del suceso desde su perspectiva, pero años después testimoniaría apreciaciones que Jesús González Bayolo, periodista e historiador del ajedrez, reveló en su libro Fidel y el ajedrez.
Le aseguraría al reportero “que en su amplia experiencia como docente nunca había visto a alguien que asimilara tan rápidamente los importantes conceptos de tiempo y espacio en el ajedrez como Fidel Castro los captaba. Y tanto, que la velada terminó con una partida de Fidel con Bielicki que fue tablas, porque era tablas”.
“Siempre sentí admiración por Fidel —comentó Jiménez—, pero nunca había tenido una visión suya mediante el prisma del ajedrez, como sí la tenía del Che”.
“Su experiencia como jefe guerrillero la volcaba con talento natural sobre el tablero y esa noche comprendí de golpe la historia, comprendí cómo Fidel pudo conducir a un grupo de valientes a la victoria sobre un ejército que le aventajaba en hombres y armas”.
En cuanto a Fidel, además de encabezar el Comité de Honor, asistir a varias sesiones y efectuar simbólicas partidas que iniciaron y cerraron la gran cita, “con Eleazar y otros maestros (…) nos dieron las ocho de la mañana. Aprendí muchas cosas, sobre estrategia, dominio de la línea central, las diagonales, etcétera”, confesaría a la prensa el 20 de noviembre.
Otros jaques y confluencias llevaron firmas similares en el transcurso de varias décadas. Fidel jamás desistió de la idea de contribuir al desarrollo integral del juego ciencia en el país; el pentacampeón de Cuba y maestro de generaciones de trebejistas, le acompañó en el noble propósito hasta su deceso, el 5 de mayo del año 2000.
• Entre otros asuntos, el Gran Maestro Silvino García aborda en el siguiente audiovisual las simultáneas con Fidel Castro, y el papel del ajedrez en la Cuba revolucionaria.