25 obras se vieron las caras en la edición XXIV del salón de artes visuales más llamativo de Ciego de Ávila
Cuando Morón empieza a oler a café, a fritura doméstica y a conversaciones de portal, las puertas de la galería de arte Hugo Cortijo volvieron a abrirse para uno de esos rituales culturales que sobreviven, incluso, cuando el país parece desarmarse lentamente por dentro: el Salón Mi Gallo.
La inauguración de la nueva edición reunió a artistas, curiosos, estudiantes, viejos pintores de guayabera resignada y muchachos que todavía creen que el arte puede salvar algo.
Aunque nadie lo diga en voz alta, cada año, el salón funciona como una especie de pelea ceremonial: una valla de gallos simbólica donde las obras entran a competir por atención, belleza, ruido y memoria.
Algo semejante fue la descripción que diera Pedro Quiñones Triana, artífice de la mejor cultura que aún habita por la ciudad moronense y creador de collages hermosamente perniciosos.
En el Morón de Ciego de Ávila, el gallo no es solo un animal ni un adorno turístico. Es un símbolo de persistencia. De terquedad. De ruido vital. Y también de identidad.
Desde finales de los años noventa, cuando nació el evento, el salón se convirtió en una de las plataformas más singulares de las artes visuales en el centro del país.
Aquí han convivido pintura, grabado, instalación, fotografía, arte popular y todas esas formas híbridas que aparecen cuando los artistas tienen más imaginación que recursos.
Porque si algo define al arte cubano contemporáneo es, precisamente, eso: la capacidad de fabricar belleza aun cuando faltan lienzos, luces, marcos o dinero para el catálogo.
La XXIV edición del evento quedó inaugurada este viernes en medio de las actividades de la Semana de la Cultura Moronera.
Unas 25 obras de una veintena de artistas ocuparon las paredes de la galería entre acrílicos sobre lienzo, técnicas mixtas sobre cartulina, encajes, bordados, madera y chatarra, parches en yute y otras formas difíciles de clasificar, porque el arte cubano hace mucho tiempo aprendió a fabricar belleza incluso cuando escasea casi todo lo demás.
Había algo profundamente humano en aquella mezcla de materiales. Como si cada obra hubiera sido construida no solamente con talento, sino también con paciencia, inventiva y obstinación. En Cuba, a veces crear sigue pareciéndose demasiado a resistir.
Entre los autores presentes aparecían nombres como Jorge Báez, Yandy Pineda, Pedro Quiñones, Leonides Lazo, Raúl Rojas y, entre estos artistas que ya forman parte del paisaje visual de Morón y que regresan cada año a esta especie de pelea ceremonial donde las obras compiten por atención, conversación y memoria, emerge la obra descomunal de Félix Zayas Sarabia.
Quizás demasiado grande para este salón y casi lista para escalar a otros universos. Porque el Salón Mi Gallo nunca ha sido una exposición silenciosa ni demasiado heterogénea. Aquí los cuadros parecen discutirse entre sí desde las paredes de generación a generación.
No es casual el nombre.
Durante la inauguración, el jurado dio a conocer a los galardonados:
Gran Premio: Hermes Marty Sanchez, Provision para un profeta. Mixta/cartulina. Colateral: Unioón de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac) Morón.
Primer Premio: Pedro QuiñonesTriana. Punto de Vista. Collares/cartulina.
Segundo Premio: Raul Rojas Zamora. Daño antropológico. Mixta/cartulina.
Menciones: Jorge Báez González. Confusiones. Mixta-collage/cartulina.
Erika C. Meriño Richie. Collage.Mixta/ cartulina.
ARTESANÍAS
Gran Premio: Lidizie Caballero Vidal. Cecilia. Bordado/ tela. Colateral: Biblioteca Sergio Antuña.
Primer Premio: Felix Zayas Sanabria. No solo Múnich tuvo motivos. Mixta/madera.
Segundo Premio: Pedro Quiñones Triana. Vestido de novia. Parche/yute.
MENCIONES
José Villamarín Díaz. Cabeza de caballo. Talla en madera.
Liony Castillo Brito. Benz vel 1894. Escultura en chatarra.
Ddestacó el reconocimiento otorgado por la Fundación Nicolás Guillén a la obra Confusiones, de Jorge Báez González, un pintor de estilo definido, profundo y metafórico, cuya obra parece debatirse constantemente entre la lucidez y el desorden emocional. Los colores que emplea contienen tanta carga emotiva que desangran, estampan, esculpen, por sobre todas las superficies de esta isla.
La noticia se regó rápido entre los presentes, aunque en realidad el verdadero espectáculo estaba ocurriendo en otra parte: en los pequeños grupos que se formaban alrededor de las piezas, en los comentarios improvisados, en las discusiones técnicas disfrazadas de chisme cultural y en esa costumbre tan cubana de criticar una obra mientras se sigue mirando fijamente durante cinco minutos.
Porque quizás lo más importante del Salón Mi Gallo nunca ha sido el veredicto del jurado.
Lo verdaderamente valioso ocurre cuando la ciudad se detiene un instante a mirar arte. Cuando alguien entra “solo a ver” y termina encontrándose a sí mismo frente a un cuadro extraño.
Cuando un adolescente descubre que una pintura también puede parecerse a una herida, a una pelea o a una canción. Cuando Morón recuerda que todavía puede producir belleza.
El Premio de la Popularidad será anunciado el próximo 24 de mayo, durante las celebraciones por el aniversario 483 de la mercedación del hato de Morón.
Pero para muchos, el salón ya consiguió su premio principal desde la noche inaugural: volver a demostrar que incluso en tiempos difíciles todavía existen lugares donde la sensibilidad humana se reúne, conversa y resiste.
Y entonces el gallo vuelve a cantar.
Y el rojo acecha
Confusiones llega al XXIV salón Mi Gallo como una declaración de urgencia plástica. La obra de Jorge Báez González ocupa el plano con una energía que no pide permiso: masas negras que irrumpen desde el centro, líneas blancas que cruzan la superficie como grietas o como relámpagos, y ese rojo que aparece en los bordes —a veces como herida, a veces como fondo que todavía respira.
Técnicamente, la pieza transita entre la pintura gestual y el collage, con una textura arenosa que rompe la superficie e incorpora una capa táctil al discurso visual. El resultado es una obra que se lee de lejos y se descifra de cerca, en dos tiempos distintos y complementarios.
El título no es gratuito. Confusiones —con ese año pegado, 2026— ancla la obra en un tiempo concreto sin la pretensión de explicarlo. Es el gesto de quien sabe que nombrar el momento ya es suficiente. En ese caos de planos que se superponen y se niegan, Báez construye una metáfora del estado de las cosas: lo que va a la deriva, lo que empuja, lo que se hunde.
El rojo no grita, acecha. El negro no aplasta, contiene. Y esas líneas blancas, que podrían parecer espontáneas pero no lo son del todo, trazan algo parecido a un intento de claridad que el propio cuadro se encarga de interrumpir.
Báez González —miembro de la Uneac y figura activa en los proyectos culturales moronenses, incluida la sede local de la Fundación Nicolás Guillén tiene un lenguaje plástico que se ha ido depurando hacia la metáfora directa y sin concesiones.
El premio de la Fundación, en esta edición, no sorprende a quienes conocen su trayectoria: es un reconocimiento consecuente con una obra que piensa mientras duele. Confusiones no explica nada. Solo insiste, con toda la energía de sus planos en colisión, en que hay cosas que no pueden decirse de otra manera.