35 ediciones y una deuda pendiente con el talento propio en el Joseito Fernández

Del 24 al 26 de abril, Primero de Enero vivió noche de regocijo musical, aunque no todo fue color de rosas

El certamen cerró con aplausos, pero dejó una herida abierta: el territorio anfitrión casi no tuvo voz en su propio escenario.

El máximo galardón de la edición 35 del Festival del Creador Musical Joseíto Fernández, volvió a recaer en manos de Roberto de la Cruz, cuya balada El concierto de las penas, convenció al jurado sin concesiones. De la Cruz es autor e intérprete, lo que en un certamen de esta naturaleza, no es un detalle menor: ganar el Gran Premio defendiendo tu propia composición con tu propia voz, dice algo sobre la integridad artística de la obra. Su currículo como músico es amplio y merece todo nuestro respeto.

Por detrás, el Primer Lugar, recayó en Luis Enrique Zamora con En un cerrar de ojos, pieza que Julio Ariel Miranda llevó a escena con tan buena factura que se llevó también el Premio de Interpretación. Eduardo Suárez quedó en segundo escaño con Mi bendición, y Alicia Río Pérez cerró el podio con Mi manto, interpretada por Yaimara Domínguez Quesada. El estímulo a la obra que más reivindicó la cubanía fue compartido por el autor Leonides Rosendo Rodríguez, también multipremiado en otros festivales y el intérprete Dayron Cañizares, nombre conocido en estos predios.

El teatro Victoria, de Primero de Enero fue la sede, como lo ha sido tantas otras veces. Tres espectáculos de buena factura pusieron a prueba al público, y este  respondió. Los violeteños llevan años esperando este festival como el evento del año, una tradición que ha sobrevivido pandemias y restricciones de todo tipo, incluida una edición en formato digital que nadie quiere repetir. La sala se llenó, las consignas contra el bloqueo inundaron el ambiente, y la música hizo lo que sabe hacer: ocupar los rincones que la política no puede alcanzar.

Que el festival llegue a su edición 35 no es poca cosa para un municipio que nació en 1918 bajo el nombre de Violeta, como central azucarero, y que hoy tiene poco más de 23 mil habitantes. Primero de Enero no es La Habana, no tiene la infraestructura cultural de Ciego de Ávila capital, pero tiene esto: un festival que año tras año convoca a compositores e intérpretes de toda la región, les da un escenario digno y les exige lo mejor. Eso, en el contexto cultural cubano actual, no es poco.

El nombre del certamen rinde tributo a José Fernández Díaz (1908-1979), el habanero del barrio de Los Sitios que popularizó la Guajira Guantanamera y que rubricó más de 40 composiciones entre guajiras-son, boleros, guarachas y guaguancós. Joseíto: el Rey de la Melodía, es de esos músicos que trascendieron su época sin proponérselo, y cuyo legado justifica perfectamente, que un municipio del centro de Cuba lleve su nombre en el cartel de su festival más importante. El objetivo del certamen ha sido siempre el reconocimiento a composiciones de excelencia, y también mantener viva la tradición de que organismos e instituciones del territorio elijan los temas más cercanos a sus líneas de trabajo, un mecanismo que democratiza la premiación y le da arraigo comunitario.

Lo que ocurrió en el teatro Victoria en esta edición 35 fue, por lo que se sabe, un espectáculo logrado. Tres galas bien armadas, un jurado que premió la calidad, un Gran Premio que nadie discute. Pero hay algo que el aplauso no debe tapar. La representación de autores e intérpretes del propio municipio fue escasa, casi simbólica, en un concurso que lleva el nombre de una casa de cultura local y que se anuncia como el principal estímulo a la creación artística del territorio. Que en la edición 35, después de más de tres décadas de festival, el talento de Primero de Enero tenga que disputarle espacio a participantes foráneos en su propio escenario no es mala suerte: es una falla de gestión. Los departamentos de música y literatura de la Casa de Cultura Joseíto Fernández tienen trabajo que hacer, y lo saben.

Tienen un año. Treinta y cinco ediciones son más que suficientes para saber que los festivales no se ganan solo en la gala final. Se ganan en el trabajo silencioso de todo el resto del año, en los talleres, en los ensayos, en las conversaciones que convencen a un compositor local de que vale la pena competir. La edición 36 dirá si alguien tomó nota.