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Benedicto XVI y su regalo a Cuba PDF Imprimir E-mail
Por Zuzel Santana Echemendía| Martes, 27 de Marzo de 2012 14:51
Cuando hace 14 años Juan Pablo Segundo pisó por primera vez suelo cubano era apenas una niña. Solo recuerdo la algarabía de una ciudad empapelada de carteles de bienvenida que el tiempo se encargó de desvanecer, como si la gente no se atreviera a borrar las señas que del viejo mundo llegaron para bendecir esta tierra joven.

En aquel entonces fue difícil para mi edad comprender la magnitud de esa visita que, como fenómeno cultural, dejó su huella en nuestra Patria, sobre todo por el reencuentro con la Navidad, celebración desplazada de a poco, quizás en el afán de construir, primero, la vida terrenal a la que aspiramos todos.

Más de una década después de aquel suceso, Benedicto XVI está en Cuba. Al igual que Juan Pablo, se postró a los pies de la Virgen de la Caridad del Cobre y frente a una multitudinaria congregación pidió por la familia cubana, la "paz y la reconciliación", como el mismo anunciara a solo unos minutos de su llegada en el Aeropuerto Internacional de Santiago de Cuba.

En esta ocasión, es otro el Sumo Pontífice que llega a la Isla, como también es diferente, me atrevo a asegurar, el pueblo que lo recibe, tal vez por esa especie de conciliación con lo espiritual, lo intrínseco de nuestras raíces.

El Peregrino de la Caridad encontró una respetuosa y diversa multitud que lo acompañó en su prédica y que le concedió, además, la más auténtica muestra de cariño, razón por la cual no temió el Santo Padre cuando ya en su partida decidió bajar los cristales de la ventanilla del papamóvil, gesto que quizá miren con asombro los ajenos, pero que para nada sorprende a quienes conocen a Cuba por dentro.

Así fue como, de igual forma, a cientos de kilómetros de distancia de la histórica plaza de la Ciudad Héroe, en la sala de mi hogar y frente al televisor, una familia que, lo confieso, nunca ha ido a misa, encontró cierta sensación de paz, confianza en el futuro.

"Miren, lluvia bendita, el Papa trajo la lluvia que le hace falta al campo", dijo alguien, medio en broma, medio en serio, cuando el agua llegó a refrescar el fuego del Oriente cubano.

Puede ser, pero, más que eso, al igual que Juan Pablo, lo que nos regaló Benedicto XVI en la misa de Santiago de Cuba y lo que nos ofrecerá este miércoles en la tarde, con la mirada de José Martí bien de cerca, en La Habana, es la oportunidad de mostrar, de saber, y, más aún, de sentir una vez más que Patria y fe, aunadas, también hacen Revolución.

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