|
Ser padre es un oficio y no una profesión. Uno nunca se gradúa. No es asunto de leer varios libros y sacar sobresaliente en las asignaturas. Es la paciencia y la constancia las que forjan golpeando, día a día, contra el yunque del amor, la joya en bruto que es un hijo.
No es trazar un plano de exactitudes exquisitas. Ni resolver una ecuación inversamente proporcional a lo que damos. Tampoco es hacer de un niño o una niña su cuenta bancaria o una alcancía que rompamos, mañana, cuando nos fallen las fuerzas y el sustento.
Ser padre es desvelarse, con la misma pasión, sobre la lupa del relojero, cuando hay fiebre o no sale la tarea, para atornillar, con muchísimo cuidado, la experiencia de la vida. No es hallarle la hipotenusa a un triángulo rectángulo. Es transmitir la rectitud y la modestia como quien moja galletas de virtud en el café con leche de cada mañana.
• Padres de oro
Es temblar de dicha y agonía a la vez, en esa mezcla agridulce que no sabe el punto exacto donde termina una y comienza la otra. Es convertirse de maestro en pupilo, deslumbrado ante los azares y las sorpresas. Es ajustar, cada mañana, los relojes que llenan nuestros bolsillos (los que sirven para regañar y los que elogian lo bueno a veces trocados y confundidos), para comenzar a componer, con el mismo entusiasmo el tiempo roto.
Ser padre no es, así de simple, amar al hijo. Es entregarlo todo a cambio de nada, para que él, después, cuando escuche ese glorioso balbuceo que le nombre, sienta que la vida se le pone de cabezas para siempre y ya no habrá más sueño profundo, ni menudo de un billete que, por dulce "maleficio", no se le convierta siempre en caramelos.
No te da poder sobre un niño o una niña. Solo te da esa autoridad que se gana, más allá de una manutención monetaria a principio de mes, con la pasión del ejemplo. Digo que ser padre es algo para vivirlo y no para explicarlo, aprendiendo algo nuevo cada día. Saber que el mundo se te mete dentro y el corazón se te sale fuera, como caballo emocionado y tembloroso que descubre, un día, la inmensidad de la pradera.
|