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Por Roberto Pérez Betancourt (AIN)|
Jueves, 17 de Septiembre de 2009 13:19
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Ante el inminente arribo de Fidel Castro a Nueva York, el 19 de septiembre de 1960, cientos de periodistas se lanzaron a buscar la exclusiva, pero ninguno previó que los cintillos anunciarían poco después la decisión del líder de la Revolución cubana de acampar en los jardines del edificio de la Organización de Naciones Unidas.
Quienes vivieron aquellas horas aún recuerdan detalles del "flash" que repicaría en los teletipos de todo el mundo, y pondría a correr, incluso, a editores de "la gran prensa".
Mochila al hombro, Fidel encabezaba la delegación cubana que asistiría al XV período de sesiones de la Asamblea General de la ONU, cuando en su oficina refrigerada el secretario general de esa organización, Dag Hammarskjold, quedaba estupefacto al enterarse de la decisión del guerrillero de la Sierra Maestra.
¿Qué había ocurrido?, si los caribeños tenían reservaciones en el hotel Shelbourne. La Casa Blanca se había movido en silencio. La gerencia del hospedaje exigía extraordinarios pagos adelantados y decidía rechazar a los huéspedes, alegando mala propaganda para su negocio, así como también anunciaba que no devolvería fondos ya abonados hasta que el Departamento de Estado decidiera.
Quizá creyeron que con el trato grosero intimidarían a los barbudos. No contaban con el temple de quienes habían sido capaces de derrocar a una tiranía sangrienta y servil a los intereses hegemónicos norteamericanos.
Surgió entonces la propuesta del modesto hotel Theresa, ubicado en el barrio negro de Harlem, para ofrecer alojamiento a los isleños.
No pasó inadvertido el agravio que se pretendió contra los representantes cubanos. Medios de prensa objetivos recordaron entonces que por albergar al edificio de la ONU, las autoridades norteamericanas están obligadas a acoger a las delegaciones y brindarles un tratamiento acorde con las normas estipuladas.
La aceptación del Theresa fue otro mazazo noticioso. ¿Allí, en el ghetto negro? No podía ser, de ninguna manera, argumentaban nerviosos los funcionarios de la Casa Blanca y aparecieron nuevas ofertas de hospedaje, "acorde con la investidura de los diplomáticos".
Pero la decisión estaba tomada: "Nos quedamos en el Theresa", diría Fidel, para estar junto a negros, latinos discriminados, gente humilde, preterida.
La policía metropolitana de Nueva York a caballo tuvo que disolver a la multitud que espontáneamente había acompañado a la delegación de la Isla, para patentizarle simpatías y desagravios.
Apenas comenzaba el período de abierta confrontación iniciado desde el propio primero de enero de 1959 por los poderosos grupos estadounidenses de extrema derecha.
Ensoberbecidos no aceptaban la realidad de que un pequeño país fuera capaz de sacudirse el yugo neocolonial y alzara la voz contra los dictámenes de Washington.
Esa voz resonaría en la ONU el 26 del propio mes de septiembre mediante el verbo vibrante de Fidel Castro, que volvería a asaltar los teletipos.
Tampoco esta vez la prensa podría obviar la noticia. Contra lo usual, a nombre de los humildes del planeta, un guerrillero bajado de las montañas caribeñas decía verdades como templos para desafiar al monstruo en sus propias entrañas.
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