¿Domesticados por el libro? PDF Imprimir E-mail
Por José Aurelio Paz, con fotos del autor| Jueves, 11 de Marzo de 2010 09:19
Feria del LibroLa Feria no es el camino; es el vehículo para transitar el mundo de la lectura. No voy a entrar en disquisiciones hartamente repetidas sobre las trastiendas organizativas y estratégicas de uno de los eventos más nobles del país, porque sería repetir lo de otros años.

El libro, también, puede ser ese nexo de amor que nos puede unir a alguien para toda la vida

Somos muy dados a lanzar acciones culturales que, muchas veces, redundan los mismos vicios en cada edición, porque, luego de concluidas, a nadie interesa un ejercicio evaluador de alcance y quienes nos atrevemos somos tildados de hipercriticismo, con la naturalidad de quien habla de una apendicitis.

Quiero ir a algo más raigal, a la raíz nutricia de ese acontecimiento cultural: el hábito por la lectura. Y no se asusten que no voy a dar normas como aquella fallida campaña oficial, de años atrás, que zozobró y quedó aislada, cual Robinson Crusoe en su desierta y pequeñita isla, por cierto pragmatismo administrativo que pretendió propagar la conducta de leer (que no viene en los genes hasta donde sé, sino ha de fomentarse desde la misma cabecera de la cuna), como en una tarea más "de choque".

No es un secreto que, ahora, los padres vivimos obsesionados buscando la manera de conseguirle al muchacho un play-station de última generación o ese grupo de "misteriosas" cartas, con supuestos poderes mágicos, que hoy invaden nuestras secundarias y tienen embobecidos a los adolescentes; signo de desarraigo cultural que se suma a los ya presentes y que debería ponernos en alerta, no para prohibirlo, sino para buscar alternativas que compensen esas zonas vacías del espacio espiritual de nuestros juveniles, a veces llenados de pura porquería.

Feria del Libro¡Uyyy, he encontrado un tesoro!

Recuerdo a una señora muy humilde de mi barrio que, allá por los '70, cuando las ediciones Huracán eran un torbellino de hojas que se desprendían solas como las de un almanaque al terminar de leerlas, me decía que ella reforzaba la "dieta" obligada de aquellos duros años con un pomo de vitaminas para su niña, venido del "más allá", y un libro que no podía faltar y, todavía, es un best-seller: "Había una vez..."

No creo que solo las libreras y libreros, que dieron un gran esfuerzo en esta aventura literaria, se sintieran satisfechos por la avidez de padres y muchachos de llevarse a casa un libro. Había tanta o más colas en los espacios de venta que en el propio Coppelia. Bolsillos virados, prácticamente al revés y vaciados, se convertían en montañas de hojas ilustradas y agradecidas sonrisas infantiles. Cuentas bancarias que fueron "asaltadas", por sus propios dueños, como estrechísimos bancos personales para comprar el pan al que no le falta harina, ni manteca, ni se quema en el horno; ese que sacia la otra hambre, la del espíritu, como la definiera nuestro cuentero mayor, Don Onelio.

Mas, aquí están las preguntas que se imponen entonces: ¿Qué hacer con los libros luego que lleguen a casa? ¿Tendremos tiempo, los adultos, de dedicarnos a leerlos junto a nuestros muchachos? ¿Acaso no será volver a vivir otra infancia diferente desde la perspectiva de padres? Ahí está el meollo. Si no logramos ahora que nuestros niños —pasada la primera aventura de la colorida carátula y esa "picazón" mercantil de comprar algo que la gente compra—, aquilaten, realmente, el valor del libro y la importancia de leer, de nada valen 50 ferias más y millones de títulos.

Un libro, en manos de un niño, tiene que ser un pasaje directo a la aventura. Pasar hojas con el dedo, mientras escuchamos nuestra propia voz imitando voces y ruidos, como retablo sonoro e interpretativo de lo que se narra, será transformar el encuentro con el texto en un verdadero torbellino de sensaciones, en tanto la lectura puede ser, también, una gran herramienta para el juego desde la misma cuna.

Feria del LibroUn gesto tan humilde como el de enseñarlos a leer, desde sus primeros años, puede multiplicarse, luego, en actitudes ricas y creativas ante la vida; ese reservorio humano que nos prepara el espíritu para enfrentar los momentos más difíciles y disfrutar, en toda su dimensión, aquellas alegrías que nos propicia la existencia.

"Había una vez una princesa que buscaba a su principito, cuando, de pronto, se lo encontró escondido en un libro..."

Decía Stanislaw Lem que "Las ideas, como las pulgas, saltan de una persona a otra, pero no pican a todo el mundo." Con los libros sucede lo mismo. Príncipes y princesas pueden convertirse, mañana, en reyes y reinas si somos capaces de enseñarles a enriquecer esos ocultos caminos de lo humano, que nos conducen al oculto reino de lo divino. Aquí, en este punto, todos somos responsables de nuestra "rosa", tenemos que establecer entre el ser y la lectura esa misma dependencia amorosa de El Principito con la zorra. Libros que, por esenciales, no pueden ser invisibles a los ojos, porque el alma los necesita.
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