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Ya está el café... Y me falta el tiempo |
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Por José Aurelio Paz|
Viernes, 06 de Julio de 2012 09:30
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No creo que, a estas alturas de mi vida, me dé tiempo a tomarme un cafecito en el café vienés Central de París, a donde el poeta y escritor Peter Alternberg se hacía enviar su correspondencia, o el lugar en el que Karl Kraus redactara su famoso diario Die Fackel.
Tampoco podré llegar al Templo Escocés de Buenos Aires y pedir un "negro con biscochos", para percibir, desde el humeante aroma, la presencia otra vez de la Storni, de Juana de Ibarbourou, de Ortega y Gasset, de Jorge Luis Borges, del propio Carlos Gardel o Lorca, o Einstein, charlando, animadamente, a pesar del tiempo y las épocas, mientras comparten poemas, sueños e ideas políticas.
Pero sí tengo a mano un libro que, por sencillo y hermoso a la vez (siempre la belleza va de la mano de lo que pareciera insignificante), se encuentra ahora en las librerías, el cual me ha permitido un acercamiento espiritual a tan delicado aroma (y por eso lo recomiendo), que por oscuro pone luz en el pensamiento y en las almas, que por tan buscado casi está perdido de nuestros hogares, pero del cual no podremos prescindir los cubanos, ni en la otra vida si acaso existe.
Ya está el café es un exquisito texto de su autor, el matancero Esteban Llorach Ramos (Matanzas, 1950), editado por Gente Nueva (2011), el cual ahora pasa, como muchos libros, casi de incógnito por nuestras librerías y que usted no puede dejar de "beberse".
Delicado como el aroma mismo del "negrito de la casa", el investigador y escritor de textos importantes en cuanto a desentrañar figuras y temas, Llorach Ramos, nos pone en contacto con el origen de la "cafeomanía" o lectura del café que "se pierde en la historia de turcos, libaneses, gitanos, armenios, árabes y europeos que se disputaban su procedencia."
De ahí que afirme, con toda la porcelana de la razón, que "la lectura del café se basa en la energía que una persona traspasa a la taza de café donde bebe al sostenerla y tomarlo lentamente.
"Pasado, presente y futuro son leídos mediante las figuras que forman los restos del polvo del café en su interior, según el lugar donde aparezca en la taza o el plato", expresa su autor y pienso que, no por gusto, la cultura asiática acostumbraba a dejar plasmados dibujos en el fondo de la porcelana, para que el bebedor los descubriera al inclinar el recipiente contra la luz, con el último buchito.
Pero el lector no solo descubre un viaje sin moverse de donde está alrededor del grano más famoso del mundo. También recibe la fragancia leve de un buen compendio de fragmentos poéticos, en los cuales ha quedado atrapado el café; pinturas famosas que han perpetuado el momento mágico en el degusto de la bebida, además de sumar, entre tantas buenas esencias de diseño, la manera en que usted, desde su misma casa y, por supuesto, si tiene los ingredientes (que casi nunca tenemos), prepararse un café Moka, un Carajillo, un Bombón, un Canelado o un Tropical, de una larga lista de maneras de disfrutarlo.
Ahora en el verano, en medio de esta canícula asfixiante, mientras en otras latitudes la gente lo toma helado o al frapé, los cubanos nos quemamos la garganta siempre que podemos, nos la ingeniamos para que no falte el buchito mañanero a pesar de andar perdido, seguimos tomándolo en esa vocación criolla del ágape que nos permite discutir de pelota o de política, o de "lo mala que anda la cosa" con los precios de los productos y lo poco del salario. Pero una verdad de Perogrullo es que no podemos prescindir de tan esencial líquido que hizo al "Bola" convocar, desde su piano y su sonrisa, a la gran Mamá Inés.
Por eso digo que, para quienes no tienen "plata" para las vacaciones y optan por refugiarse en un buen libro y viajar, al menos de forma espiritual, Ya está el café es una manera ideal de hacerlo, cuando esa manida frase, dicha y repetida tantas veces en nuestras vidas, siempre nos pone la piel negra y retinta, sea del color que sea, coloca la cafetera debajo del corazón y espera a que, con el primer chorrito, se cuele también algo que es parte indisoluble de nuestra cubanidad, que nos marca el reloj del día a día, que nos hace reírnos y discutir en cada mesa, mientras algunos lo acompañan de otros humos y los que no fumamos, a veces, profanamos su memoria y fama al tomar agua después de haberlo probado.
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