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Por José Aurelio Paz, con fotos del autor|
Jueves, 05 de Julio de 2012 11:37
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El mismísimo Wolfang Amadeus Mozart, de estar vivo, habría escrito su Sinfonía del Absurdo en Fa Mayor, si llegara a participar de esta III Jornada Provincial de la Música de Concierto, recién concluida, y viera la interrupción, en su noche del sábado por parte de la programación del teatro Principal, para ofrecer un espectáculo de variedades por el comienzo del verano (¿?).
¿Habría reescrito Mozart su Réquiem ante lunetario tan vacío?
Pero, a pesar de todo y de los demonios a los que tuvo que enfrentarse su organizador, el maestro Juan Carlos Corcho, director de la Banda de Conciertos de Ciego de Ávila y del conjunto instrumentista Música Abierta, el evento pudo concluir en la noche del domingo con un saldo positivo desde el punto de vista artístico, pero fatal en el aspecto promocional y de público.
Desinhibida la manera en que los artistas se apoderaron del patrimonio del genio austríaco y su galopante música, expresión máxima del clasicismo, para presentar un programa muy completo que pudo tener mejor destino. Inteligente manera de mixturar a músicos consagrados y profesores de la Escuela Elemental de Arte Ñola Sahig, con algunos bisoños estudiantes de esa misma institución, que se crecieron ante la exigencia, a pesar de algunas lógicas y leves torpezas interpretativas propias de su condición.
Amén del sabor sinfónico que tomó la Banda Municipal de Conciertos en la apertura, bajo las batutas del maestro invitado Enrique Pérez Mesa y del propio Corcho, para demostrar que se puede hacer ese tipo de música con el decoro necesario, la noche del miércoles, en mi opinión, fue especial por la presencia del destacado instrumentista Olexis Ordóñez y su trompa, acompañado de un cuarteto de cuerdas, que logró un desempeño desenfadado.
Al interpretar una pieza de tanta complejidad como Concierto para cuerdas y Mi Bemol K.407. También Carla Martínez Benítez, junto al profesor Pedro Rodríguez, logró transmitir toda la fuerza del romanticismo alemán al estilo de Kart María Von Weber con su Concertino, a pesar de la pesadez sonora y de poco brillo (que nada tiene que ver con la ejecución) que restó el empleo de un piano eléctrico a toda la jornada, cuando permanece "fosco en su rincón", el gran cola del teatro, agonizante y silencioso, testigo de toda una etapa de descuido, cuando el país invirtió una importante suma en tamaño instrumento que, ahora, no pasa de ser un medio básico casi descontinuado y pidiendo a gritos un afinador.
Olexis Ordóñez y su corno, junto al cuarteto de cuerdas, consiguió atrapar el espíritu de Mozart para doblegar el aplauso
Lo mismo sucedió con Scherzo y sus invitados el domingo, día de clausura, a la cual le faltó el toque de gran cierre, cuando debió confluir allí lo mejor de todo el programa de casi una semana, para que ni el escenario ni el evento se sintieran tan desnudos, a pesar del meritorio esfuerzo de los concertistas, en su coda final.
El "platillazo", con que terminan las grandes sinfonías, hubiese sido la presencia, otra vez, de la cátedra de percusión de esa escuela que, también en la noche del miércoles, fue una cascada rítmica acompañada de gracia y frescura, la cual levantó, con calor caribeño, el aplauso del exiguo público.
Pero bien, el propio Mozart, quien llegó a ser el músico más precoz y más rápido de todos los tiempos, con solo sacar números en lugar de notas sobre su partitura, de haber estado aquí, hubiese vuelto a escribir su Réquiem.
No importa que el público ajeno al mundo de la música no asistiera a la jornada para que el teatro hubiese estado, como mecería el esfuerzo, a puro rebose, más allá de las 30 personas que, como promedio, había cada noche, si la asistencia de los funcionarios —que deben orientar la cultura en lugar de administrarla— fuese mayoría y no mínima representación; si los promotores culturales de las instituciones (que promocionan tardíamente y luego no chequean la repercusión de su pálido esfuerzo en el mayor de los casos) no hicieran mutis; si el lunetario, casi huérfano, se colmara con la suma de alumnos y profesores de todas las escuelas artísticas del territorio, más los jóvenes músicos de la Asociación Hermanos Saíz y de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC).
El peor mal de nuestra cultura local, más allá de la carencia de recursos y de estrategias inteligentes, está, a mi manera de ver, en el cáncer interior que le corroe; el devastador desinterés y el sentido de parcela que padece, cuando los propios participantes de la jornada, en su mayoría, iban y actuaban la noche que les correspondía, pero luego no hacían acto de presencia, siquiera para acompañar y respaldar a sus propios compañeros de faena.
Los alumnos de la cátedra de percusión, sumaron dramatismo y vis cómica, como búsqueda dentro de las nuevas tendencias de la música de concierto
¿Acaso había algo más importante, este fin de semana, que el afán de convertir a Ciego de Ávila en un magno concierto de la música como alternativa a tanta vulgaridad expresa en muchas de las nuevas tendencias musicales? ¿Era tan trabajoso, como estaba planificado, que los bisoños instrumentistas se presentaran a través de todo el bulevar avileño para llamar la atención sobre el evento y no se hizo? ¿Qué pasó con la mayoría de las figuras invitadas de otras provincias? Y la pregunta más importante: ¿No es el mágico sonido de un violín o "el canto" de una flauta las expresiones más delicadas y cercanas a las maneras con que se puede fortalecer la fragilidad del espíritu humano?
Dejo mis preguntas en el aire para que las repitamos todos, como una tarea pendiente, cuando carecemos muchas veces del asombro y, sobre todo, de la curiosidad en cómo solucionar nuestras carencias culturales.
Tendremos que pensar, a partir de ahora, con la misma ingeniosidad que Mozart, bromista como era, hizo a otro grande como Haynd darse por vencido frente a una partitura que parecía imposible de interpretar, porque requería de tres manos para cubrir toda su extensión. Fue el momento exacto en que Amadeus, burlón, inclinó la cabeza y con su enorme nariz tocó el tercer acorde.
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