Telegrama tardío para el Dequi (más conocido por Julio García Luis) PDF Imprimir E-mail
Por Sayli Sosa Barceló| Viernes, 13 de Enero de 2012 09:55
Julio García LuisSe me fue, Dequi, y no le dije que su clase de Deontología no era de las más queridas, pero a la postre resultó imprescindible. Asegurar que las esperábamos ansiosos sería mentir, porque, en honor a la verdad, esa materia era un poco cansona, aparentemente sin utilidad. Claro, solo aparentemente...

Usted, como pocos, sabía poner a la Ética en su lugar, sacarla del lodazal donde a veces se pierde, y devolverla, no sé cómo, pero inmaculada. Y nosotros, en ocasiones, malgastando su tiempo, conversando bajito de cualquier cosa, escribiendo pequeños mensajes en trocitos de papel, entre aquellas cuatro paredes que parecían hervidero, de tantas ganas de hacer y de tanto calor.

Me faltó decirle que fue, tal vez, el único profesor que no pretendió enseñarnos contando la historia de su vida. ¡Era el decano!, y parecía no importarle que el libro de texto llevara su nombre allí, justo debajo del título, en el espacio reservado para los mejores. Hablaba de otros como quien no acaba de aprender, como si fuera un novato, seducido por el talento ajeno.

No pude compartirle mi impresión aquel día en que nos dio botella en su diminuto Fiat rojo, de camino a la beca, tan pequeñito y que, sin embargo, podía cargar a toda la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Ese día, que ahora no recuerdo si fue jueves o lunes, porque da igual, porque no fue una sola vez, ese día, profe, usted creció, creció mucho, aunque nunca pasara de 1,60 metro de altura.

¿Sabía que uno de los mejores momentos de la Facu lo protagonizaba usted?, cuando, con su cara de gravedad y sonrisa socarrona, mientras esperábamos un discurso enardecido que abriera las puertas de los Interaños, saboreaba aquellas cuatro únicas, escasas, suficientes palabras: "Quedan inaugurados los juegos". Y se le veía entusiasmado en las gradas, claro que no tanto como para gritar o algo así, pero con una alegría sincera.

Ahora me acuerdo que nunca le pregunté por qué entre cientos de aprendices memorizó mi nombre, yo que nunca fui de las mejores en nada, ni de las peores en todo. ¿Cómo está Ciego de Ávila?, indagaba con un rostro amable y yo entonces no tenía qué decir. Ahora sí podría contarle, dequi, ¿cómo se le ocurrió morirse?, justo con Galeano en La Habana, después de tantos años, y con América tratando de cerrar sus venas, y Cuba ajustando sus coordenadas, y nosotros empeñados en acercarnos a la gente que nos lee...

¡Coño!, es que todavía no era tiempo, nos hace falta aún, porque el periodismo cubano no se parece a lo que usted defendió con tanta vehemencia y hay que romperlo, recomponerlo, cambiarlo, y no se me ocurre hacerlo sin que esté mirándonos, con los espejuelos en la punta de su redonda nariz, invitándonos a ir por más, a correr los límites, a andar.

Han dicho que fue un infarto y solo atino a mirar fijamente al conductor de la televisión, mientras el agua corre en el fregadero a perderse por los vericuetos de su ciclo, y entonces recuerdo su cara roja algunas tardes de pesar, pero no alcanzo a escuchar una frase colérica, hiriente. Será porque no las pronunció nunca delante de sus muchachos. Pienso que debió desahogarse alguna vez, dequi, aunque fuera allá atrás, en el almacén de Jorge y Juan Carlos, para que no le subiera la presión y así los libros se impregnarían de las agallas y el coraje que, todos lo sabíamos, usted tenía.

Pero ya la Facu no está en la casona vieja del Vedado, porque también a ella se le ha detenido el corazón. Y será mejor así, que la lleven a otro sitio, con los nuevos que vendrán, porque, aunque lo quisiera, ya nunca sería la misma. A partir de ahora, faltará usted. Nos vemos.


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Comentarios
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Angela González Estrada  - Coincidencias de la Vida   |172.29.11.xxx |2012-01-13 12:54:55
Realmente no fui su alumna y no pude sentarme en una silla en la facu como tu Sayli pero tuve el
privilegio de conocerlo y era y seguirá siendo un hombre admirable de esos como el profe
Guillermo Cabrera que se quedan en nuestros corazones para siempre y fuiste tu precisamente en el
2007 cuando el D-40 nos fuimos a buscar los libros de periodismo que nos regalaste para nuestra
preparación, él te saludó y nos presentaste y después nos comentaste como el Dequi no hay dos.
El profe, el dequi se multiplicará en alumnos, en reporteros como tu que saben hacer y quieren un
periodismo como requieren estos tiempos.
Anónimo   |172.29.11.xxx |2012-01-13 07:40:14
Impresionante crónica que toca las fibras más intimas de quien lo lee e interioriza.
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