|
Por Mario Martín Martín|
Jueves, 31 de Diciembre de 2009 07:48
|
Cuando Fidel, 50 años atrás, entró en la Habana, yo era un niño. Parece que fue ayer. Al menos para mí, uno más de los tantos de aquella generación que en la década del '60 se subió al carro de la Revolución, y que a estas alturas, a pesar de los tropiezos en tan difícil camino, no deja de repetir: "hemos hecho una Revolución más grande que nosotros mismos".
Esos obstáculos no minimizan las victorias del transitar por la historia de medio siglo, aunque, a estas alturas de la travesía, la vida dice que es preferible detenerse en lo que se pudo hacer y no se hizo, que enarbolar la gloria de lo hecho.
Mucho daño nos haríamos si en la evaluación de las últimas décadas, esa fracción de tiempo que conocemos como período especial, solo tuviéramos en cuenta lo que originó la caída del campo socialista y el fortalecimiento del bloqueo, y no extrajéramos experiencias de los errores e insuficiencias que aún persisten en la sociedad y la economía.
Me resisto a mirar el 2010 con el prisma de las consignas, esas que, en su justo momento, pueden ser banderas que defender, pero que no pocas veces son disfraces de incompetencias, indisciplinas, negligencias o desvío de la principal intención del propósito humano: ser cada vez mejores.
Hemos de tener ojos para ver, labios para denunciar y brazos y talento para cambiar lo que pueda afectar al país. No podemos casarnos, definitivamente, con las cifras de cumplimientos que luego no se ven en la mesa y bolsillos de todos.
Seamos sinceros con la Patria: en arengas e informes acumulamos en estos años un dineral, que de haber sido tangible, otra sería la realidad de Cuba.
Si queremos cambiar lo que deba ser cambiado, no podemos permitir, por ejemplo, la frecuencia de los desajustes en la comercialización de productos agrícolas. No basta reconocer que algo falló, sino garantizar que ese error no se repita.
Mi presencia por estos días en Costa Rica, nación centroamericana, que es de las más desarrolladas en materia de economía y sociedad, me permite comprobar la gran ventaja que acumulamos con respecto a la mayoría de los países del continente. No obstante, en una cuestión tan vital como lo es producir alimentos, pudiéramos estar más adelantados.
Con una geografía abrupta, que deja poco margen para la siembra, los agricultores ticos se las agencian para aprovechar cada pedazo de tierra cultivable, lo que se demuestra en mercados repletos de viandas, hortalizas, frutas y granos. En Cuba, -lo escribo sin necesidad de buscar argumentos para demostrarlo- estamos en condiciones de producir más de lo que lo hacemos.
¿A qué esperamos?
Una familia tica, que ha viajado a nuestro país en varias ocasiones, no se cansa de recordarme, a manera de piropo que Cuba es una tacita de oro. Me explican que en Costa Rica sus hijos corren el peligro de las drogas, existe mucha inseguridad en las calles, la violencia satura los medios de comunicación y lo que cuestan los servicios de salud y educación.
Pero los elogios no se nos deben "subir a la cabeza". Ahora que se avecina el 2010 deberíamos prestar más atención
—y ocupación— a las insuficiencias. Solo así la taza podrá seguir siendo de oro. Y brillar como soberano propósito.
|