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Por Héctor E. Paz Alomar|
Jueves, 26 de Noviembre de 2009 09:18
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Las palabras llegaron diáfanas. "Estamos vivos de milagro". Su autora, una persona ya entrada en años, las disparó casi a quemarropa, como colofón del diálogo que sostenía con una amiga.
Tras comentar algo más sobre salarios, carencias y precios, se despidieron.
Hice un breve alto. La miré sin que se diera cuenta. Pelo canoso, piel morena, mirada lánguida, manos fuertes, acostumbradas a las rudas faenas hogareñas... Pausadamente prosiguió prestando atención a su función social.
Mi pensamiento se trasladó de inmediato a los duros años de las décadas de los '40, '50... La imaginé joven, entonces sin esperanza de ningún empleo, a no ser el de lavandera de ropa ajena, o de criada de una de aquellas damas representantes de la "alta sociedad" avileña. De estudios, ni hablar. Y enfermarse, ni pensar en eso.
Recordé en aquel instante, la marginalidad a que eran sometidos los negros, por el simple hecho de nacer con un color diferente. No puedo dejar de pensar en que ese segmento del pueblo, para tener vida social tuvo que crear, incluso, sus propios lugares de recreo y esparcimiento, porque los que existían, les estaban vedados.
Muchos son los ejemplos de los desmanes que cometían los propietarios de negocios. Nunca se estaba seguro en una plaza.
Sin más acá ni más allá, un buen día el dueño de la tienda donde trabajaba mi padre le dijo a cajas destempladas: "Ñico, pase por la caja para liquidarle los días que tiene laborados. Ya usted no es empleado de la casa."
Aquel abuso pudo haberse convertido en una tragedia, pues mi papá, al verse sin empleo en la justa mitad del año 58, con una familia que mantener, llegó a la casa y anunció, desesperado, la intención de ajustar cuentas con el patrón. Por suerte, el viejo escuchó los consejos. Pero con testimonios como ese, o parecidos, podría haberse completado un libro.
Sin embargo, para la señora en cuestión y para otras y otros como ella, o como Ñico, aquella penuria acabó hace medio siglo, de la mano de los barbudos que en Cuba se encargaron de desterrar los males, de descorrer el velo de la ignominia para que entrara a la generalidad de los hogares cubanos la luz de una nueva vida.
Atrás quedó el tiempo —felizmente— en que los politiqueros y sargentos políticos canjeaban, a despecho del sufrimiento de sus semejantes, turnos médicos, camas de hospital y becas para cursar estudios, por cédulas electorales que iban a parar a las urnas de candidatos a alcaldes, consejales, representantes a la Cámara o a senadores de una república cuyos destinos siempre eran supeditados a los intereses del águila imperial.
Ya no hay patrones que exploten, latifundistas que desalojen ni zonas de tolerancia donde féminas maltratadas por la vida se refugiaban en el afán de buscar, aún a ese alto precio, el sustento para su familia. Hoy trabajo, educación, salud, soberanía e independencia, entre otros preciados bienes, son patrimonio del pueblo.
La mañana transcurre cálida. Las calles se pueblan de esperanzas. Los más pequeños van a sus escuelas, al igual que los adolescentes; los mayores entran a sus centros laborales, asistenciales o militares. Prepararse para afrontar el futuro; producir alimentos, aportar a la sociedad, defender la Patria son sus ocupaciones.
Quizá la señora que pronunció la frase de marras no sepa nunca que motivó este comentario. Si lo llega a leer tal vez cambie de opinión o le abunden criterios para la polémica. Ojalá que así sea.
Lo cierto es que todo no es color de rosa. Los salarios aún no satisfacen las expectativas, los precios de algunos productos exceden las posibilidades de muchos bolsillos; también es real que en el agro y la industria quedan potencialidades por explotar; que persisten dificultades con la vivienda y el transporte; como es real la existencia de especuladores y vagos que viven al margen de los esfuerzos de la sociedad cubana por salir adelante.
No obstante esas imperfecciones, pues queda claro que no vivimos en una sociedad perfecta, pero sí mucho más justa que las anteriores al triunfo de enero, todas son solubles en menor o mayor medida, y cuando profundizo y comparo entre aquel y este tiempo, la balanza refleja una diferencia abismal en todos los aspectos de la vida.
Por eso es que me atrevo a cambiar el matiz y la intención de la frase que provocó este análisis. De ninguna manera los cubanos estamos vivos de milagro. Sino todo lo contrario: nos mantenemos firmes en la defensa de nuestro proyecto social a pesar de bloqueo, amenazas, y leyes asesinas. Y ello es posible, por el milagro que significa la Revolución cubana.
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