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Por Sayli Sosa Barceló|
Jueves, 16 de Agosto de 2012 10:43
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Era tan, pero tan ingenua que no conocía las maldades de la vida. O no digamos de la vida, sino del mercado, que es una parte de ella. Por eso a la sorpresa no la sucedió la cólera, como hubiera sido lo esperado, normal, incluso recomendable. Le estaban diciendo que la habían multado y parecía no inmutarse. La verdad es que no entendía nada. "¿Cómo una multa?, si no he cometido ninguna violación", repetía, mientras su interlocutora se deshacía en argumentos con una ira tan genuina como si lo sufriera en carne propia.
En definitiva, los hechos ocurrieron así:
Con la divisa que ganaba, luego de un riguroso ejercicio de racionalidad y ahorro, al cabo de cinco meses logró reunir la cifra necesaria para el par de zapatos, el cual llevaba igual tiempo goloseando en la vitrina de la tienda. Después se daría cuenta, ese dinero no le garantizaría un calzado duradero, mas ya sería tarde, como casi siempre, gracias a esa falta de picardía rayana en el despiste.
Solo cuando llegó a su casa, y mostró la compra, supo que la multaron, es decir, le cobraron más de lo debido. La hermana trató de explicarle sobre esa práctica bastante común, sofisticada al punto de no existir forma de darse cuenta si una no tiene los cinco sentidos enfocados y el título de graduado en la escuela de la calle.
"Unas veces son centavos, otras un poco más. Suma al final del día y verás", decía airada, "le zumba el mango que la cojan a una de boba, como si el dinero cayera del cielo".
Y ella casi justifica el exabrupto, fue entonces cuando la hermana la dejó por incorregible y se marchó rezongando una jerigonza de la que solo se entendió una frase lapidaria: "por eso estamos como estamos".
Después de todo, y apegándose a la letra de uno de los tantos refranes nacidos de la gracia criolla, no hay mal que por bien no venga, algo aprendió. Se propuso en lo adelante no caer más en esa trampa y, acto seguido (se veía venir), la invadió la incertidumbre del cómo lo lograría.
La única luz en ese túnel le llegó vía Internet. En el portal digital Cubadebate encontró una información valiosísima, amplia, precisa, sin embargo, en el semanario Trabajadores fue publicada una nota poco ilustrativa del asunto. Por esas ironías de la vida, la explicación apareció en el medio de más difícil acceso para el público nacional.
En fin, a lo que íbamos: por resolución ministerial se unificaron los precios de varios productos de factura nacional, algunos muy demandados como el aceite vegetal, y otros considerados casi un lujo (me voy a reservar el derecho de no ser explícita). La medida significa en "cubano" que ahora el detergente As, por ejemplo, costará lo mismo, ya sea en Mantua o en Maisí.
Cualquiera podría preguntarse, haciendo un alarde de pensamiento lógico, si las cosas no debían ser así desde el principio, desde aquellos días en los que a la doble moneda la escoltaron otras dobleces, como la de la moral. A lo que podríamos responder que (abusando otra vez de la lógica) obviamente, en materia de precios había muchos maestros y libritos.
En el propio sitio digital aparecían opiniones al respecto, en esa suerte de participación fragmentada y atemporal en el foro de discusión, más parecido a un muro de lamentaciones que a un proceso de retroalimentación funcional. Casi todos los comentarios coincidían en esta es una medida que pondrá algunos asuntos en orden, como ese de las multas, al menos en su letra y espíritu, aunque siempre haya "analfabetos" que no quieren aprender a leer.
Ahora la amiga de la historia anda con el listado de los precios únicos en la cartera. El arrugado papelito impreso en su oficina viaja del monedero a las manos para verificar in situ que el refresco nacional cueste 0,50 CUC y la pechuga de pollo (¡oh la pechuga!) se mantenga inamovible en los 4,50 aunque en realidad parece no percibirla, pasa por su lado y ni siquiera la mira, es como si no existiera.
Definitivamente, esta chica ha crecido, cree que ya no le timarán su divisa y que ya no es taaaan ingenua. De hecho se ha empezado a preguntar si es posible unificar otros precios, o lo que es mejor, bajarlos.
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